Dentro de los numerosos usos que Pierre Deleherbe halló para su nueva creación, la rueda dentada, estarían los pequeños y delicados elementos que formarían la maquinaria interior de un reloj especialmente encargado por el rey de Francia en aquel verano de 1787. Si bien Deleherbe era un espíritu libre, poco cercano a los comidillos de palacio, aceptó el encargo pues resultaba una oferta económica tentadora y además por que no podría desairar, como planteo públicamente, los deseos de su majestad. El encargo fue realizado y el primer abono fue entregado excepcionalmente por el mismísimo hijo del rey, evento que no sorprendió en los pasillos de la corte, acostumbrados a las ya conocidas excentricidades del joven heredero. Estas, se comentaba, de forma soterrada y siempre a puerta cerrada, podrían llegar a convertirse en una verdadera traba para sus aspiraciones, naturales, al trono. Según se cuenta la conversación entre el príncipe y Deleherbe fue extensa y matizada al parecer por un pequeño conato de discusión o una interrupción inapropiada de parte de Deleherbe mientras el heredero se explayaba sobre las especiales características que debería tener este reloj en particular, diseñado para el cumpleaños de su padre. Al despedirse el joven y el inventor no cruzaron palabra.
Deleherbe se encerró por dos semanas a terminar el encargo y solo se le vio salir algunas tardes en busca de algún suministro. Nadie lo visitó. Tras este periodo un enviado especial del príncipe fue el encargado de retirar el reloj y entregar el resto de la suma pendiente. Tras esto Pierre Deleherbe desapareció. Solo se le volvió a ver seis meses después para la ejecución de una mujer que habria entrado a su casa y robado todos sus planos y proyectos. Entre ellos el del reloj encargado para el cumpleaños del rey. Por algún motivo el rey no llego abrir la hermosa caja decorada que contenía el preciado objeto. Una cortesana celosa por su falta de atención lo habria hurtado durante la noche y regalado a un sirviente quien al colgarlo alrededor de su cuello aquella noche y mientras lo observaba completamente fascinado no tuvo el tiempo de notar que del mecanismo de forma muy sutil comenzaba a surgir unas afiladas hojas que en segundos le cortaron la cabeza ante el estupor de sus hijos y su mujer que cocinaba en ese momento una gallina. Fue así entonces que el rey salvaría su cabeza por única vez y ni siquiera se llego a enterar.|
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