La Guerra Personal

Categoría(s): Carceles, drama
FUE grande la paliza que me dieron. Se nota que se esmeraron mucho. Me tardaron trece años para recuperarme. En cierto modo, todavía no estoy del todo recuperado.
Es 30 de enero de 1948, fecha muy recordada por todo el mundo, pero aun más por mí. Fue el día que deje de vivir, deje de ser Mijaíl Nehru para convertirme en un parásito, en nada. Asesinato, dijeron, treinta años. Nunca escuche nada tan terrible. Nunca escuche nada tan falso, ni tan bien preparado. Ahora me llevan a Karamchand, una cárcel solitaria de Nepal. ¿Qué se puede decir? Es necesario describir la cárcel, el aspecto de los guardias, el olor de las celdas, el comportamiento de los presos, ante la llegada de uno nuevo. Ya sabemos lo que es una cárcel.
Me llevan en un coche celular, junto con otro preso. Pobre, que habrá hecho él. Me rapan y nos interrogan.
- Nombre: - Mijaíl Nehru
- Nacionalidad: - Indio.
- Oh, un extranjero. Una sonrisa se le asomo. ¿Qué iba a hacer? Tenia 25 años, estaba en otro país y preso en una cárcel de prisioneros violadores y policías corruptos y violentos. Mi viejo siempre me decía que me cuide, que no haga cosas estúpidas. ¿Por qué no te hice caso viejo? Cuanto te extraño.


ME despierto. Nos e hace cuanto que duermo. Solo me acuerdo de la sesión de fotos con los policías y que me pusieron en esta celda mugrosa y que apesta a cosas innombrables. Estoy solo por lo menos una ayuda. Prefiero estar solo, antes que con los demás. Un rato después entran al otro que viajaba conmigo. Es petiso, flaco y le faltan algunos dientes. No tiene pelo. Se llama Schoklender, o algo así. Es polaco. Pero todos le dice Mártin. Homicidio, me dice. Estamos iguales, querido Mártin.
Salimos al patio. Todavía no comí nada y me muero de hambre. En la cárcel hay 700 presos y solo diez son extranjeros. Todos al mismo tiempo se dan vuelta y nos miran, hacen un paneo por todo el cuerpo. ¿Por qué deje las clases de karate? Se me acerca un grandote, también pelado, enorme. Mahmud. Es el líder del pabellón. O me uno a él o la voy a pasar mal. Me invita a ir a su celda a la noche. No me queda más que aceptar.
Me estaban esperando. Él y otros cuatro. Todos enormes. Entro, nos ponemos a hablar. Una hora después, el guardia cierra la puerta con llave. Ni siquiera escucha mis gritos. Nadie los escucha. De a poco se me acercan los cinco. Le pego al primero. Los otros cuatro me agarran, e tiran al suelo y me ponen boca abajo…
Despierto en mi celda, no se ni que día es. No me puedo sentar, rengueo, tengo marcas en todo el cuerpo. ¿Así va a ser siempre?


EL saludo en Nepal es “que pase pronto”. Entonces es común escuchar todo el tiempo esa frase como signo de esperanza o anhelo.
Muchas cosas se consideran ayip, o impuras, como los extranjeros. Otra cosa ayip es el juego o la homosexualidad, aunque las dos cosas ocurren acá adentro. Todo ocurre acá adentro.

1948 se ha convertido en 1949 y todo sigue igual. Acá puedes desvanecerte sin saber que te has ido. Hablas, pero no dices nada, caminas pero no te mueves, masticas pero no comes. Un guardia busca de hablarme sobre la India y mi ciudad y le respondo pero no es lo mismo. Porque para un preso, el carcelero no es un hombre, es una puerta viviente que se une a la puerta de acero, es un cerrojo de carne que se junta al cerrojo de hierro.


¡VISITA! Voy hacia la sala y veo al único que me podía sacar de acá. No quiero abogados, ni jueces, ni plata. El me iba a sacar. - ¡Viejo! Que abrazo, uno o dos minutos duró. Ni una palabra ¿Qué le podía decir? Después de una eternidad lo único que me salio fue:- Perdón. El lloraba, yo ya no tenía lágrimas. Pobre, nunca lo vi así. Estaba ojeroso, pálido, flaco ¿Cómo debo estar yo? Me trajo cigarrillos, caramelos, dentífrico. Hablamos de cosas sin importancia, de la ciudad, el barrio durante quince minutos. Hasta que se abrió la puerta y me buscaron. Esperar un año para verlo quince minutos. Ni un poco de humanidad tienen acá. Ni un poco de piedad. Cuando me despido, me dice algo salvador. Fue una flecha al corazón. Me dijo:- Hijo, te juro que si pudiera estar en tu lugar, estaría. Todo el tiempo hablo de vos como un luchador de la vida, no me defraudes ahora. Vos sos el único que te puede sacar. No te abandones. Seguí peleando. Tu viejo te apoya. ¿Cómo se puede seguir? Como seguir sabiendo que me faltan treinta años para volverlo a ver, si lo veo. Como seguir viviendo si la ultima imagen de él es así de pálido y sin vida. Pero no, no tengo que pensar así. Pensando estas cosas solamente es arruinarse más. Pensando así puedo querer matarme y no quiero. El destino me daría la razón.
Que decir de los otros ocho años preso. ¿Qué se puede agregar? A Mártin lo agarraron traficando cocaína y le pegaron tan fuerte que paso mas de seis meses en el hospital de la ciudad.
No se puede decir que vivo. Soy una nube de polvo flotando en la cárcel, como los demás. Me estoy portando bien, ahora sí le hago caso a mi viejo. Me escribo con él. Consiguió un nuevo trabajo  compro una casa. Nada más me paso a mí, como ese día con Mahmud. Sigo esperando los veintidós años que faltan, sin esperanza ni desesperación, solo esperando.


QUE sorpresa se iba a dar mi viejo cuando le golpee la puerta. Cuando me vea libre y revivido. Que abrazo que la voy a dar. Pero antes, les cuento. Hacia nueve años y tres meses que me agarraron. Ya no daba más. Nueve años. Entre a los veinticinco y ya tengo treinta y cuatro. Que desesperación me entró al pensar que saldría a los 55 años. No comía, me peleaba con todos, no me bañaba. Hasta que un día dije basta, me cansé. Con mucha fuerza destrabé la pata de hierro de la cama y cuando estiro la mano para clavarlo, viene a mi cabeza las palabras del viejo. Las palabras que mi viejo me había dicho: No te abandones. Tu viejo te apoya. Me quede helado repitiendo una y otra ves esas palabras hasta que tire el hierro y me senté en el suelo, y lloré. Lloré como nunca antes, porque ahora era un llanto de soledad. Lloraba porque extrañaba.
Estuve unas horas sentado con la cabeza entre las rodillas, cuando me di cuenta de algo. Tenía que salir. No podía seguir acá. Me levanto, agarro el hierro y empiezo a limar los barrotes de mi ventana, que daba la calle. Que inconciente. Ahora me pongo a pensar, que estupidez. Realmente la cárcel te vuelve loco. Como voy a limar barrotes de hierro, a las cuatro de la tarde y con todos los policías. Pero el destino me ayudó. Me tendió una mano y se acordó el pobre Mijaíl, abandonado en Nepal. Varios días después, me entere que justo ese día, el 4 de abril de 1957, el líder espiritual nepales, el Dalai Lama, llamó a una reunión de la población, especialmente de policías para pedirles más suavidad en el trato con los presos, quedando en la cárcel solamente el viejo Savir, que sufría de sordera.
Parece mentira. Parece que estoy en mi casa escribiendo un cuento más de ficción. Parece que nunca existió Karamchand ni Mijaíl Nehru.
Pero sí. Ese día, después de mucho esfuerzo, salí por la ventana, ya sin barrotes y corrí. Corrí como si me persiguieran animales salvajes. A las ocho de la noche crucé la frontera con la India y tomé un avión a casa.
Esta es la historia de una victima más del sistema carcelario. Pero también la historia de un milagro del destino, porque justo el día en que me decido a escapar, no había policías. Y también es la historia de un hijo que le debe todo a su viejo, que si no hubiera sido por su inmensa ayuda, yo estaría todavía preso o con un hierro clavado en la panza. Ojalá esto lo lean todos aquellos que en algún momento están o estuvieron como yo. Llenos de desesperación y soledad. Cuando ven hacia todos lados y solo ven oscuridad y ni una gota de esperanza. A ellos les digo: no se abandonen. Sigan peleando.

Mijaíl Nehru.

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Comentarios:

Escrito por: maidu       08/04/08 20:34
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Que tragedia! noches oscuras, tiempo de rota alegria, de roto silencio
y de dolida depresión!!! nefasto con final feliz. Gran lección...
Te felicito.
Páginas: 1

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