La guaca.

Categoría(s): Relato

 

 

 

El día que teníamos todo listo para sacar la guaca, Santos se accidentó y como diría mi abuela, por la ambición de ser ricos y vivir como tales, nos cayó la maldición. Hace tres años, en Carmen de Apicalá (Tolima) donde teníamos la finca, Santos, el cuidandero de confianza,  y otras personas de la región, comenzaron a hablar con más frecuencia acerca de historias como las de la Sombrerona, una mujer de sombrero de alas anchas que se le aparecía a los hombres sinvergüenzas y el Mohán, quien robaba la tranquilidad de las jóvenes y las atraía hacia él para vivir acompañado en el bosque.

La finca era de mi padre y desde que veníamos a pasar vacaciones y algunos fines de semana con mi esposa y mi hija, ya era una costumbre que por las noches los vecinos se dedicaran a narrar estas historias que tomábamos como parte su  imaginación y  tradiciones, y que por tanto, nos resistíamos a creer. Ahora puedo decir que no confío en las versiones populares de este tipo de creencias sino en las versiones que tenemos mis amigos, mi esposa y yo; son evidencia de ello las experiencias que hemos tenido en estas tierras.

La noche en que invitamos a Santos a tomarse unos traguitos, Claudia, mi mujer, empezó a hablar acerca de las obras sociales que le gustaría hacer en la región si tuviera los recursos suficientes… Nos contó de su idea de construir una escuelita y un parque para los niños del campo o un centro donde les enseñaran algún arte. Santos complementó diciendo que sería muy bueno para que los jóvenes fueran más felices y se olvidaran un poco de tanta pobreza, que se capacitaran para salir adelante. Por molestar y porque tal vez algo había oído yo sobre las guacas, les dije que no nos haría nada mal poder sacar una para poder cumplir nuestros sueños. Recuerdo que Santos me respondió que por ahí se rumoraba que había una, pero el todo era atreverse a sacarla.

Aunque la gente que vive por estos lados sabe dónde están ubicadas las guacas, nadie es capaz de acercarse a los “entierros” o sitios donde reposan los baúles bajo tierra; dicen que unos son sagrados y hacen milagros, mientras otros embrujan a aquel que se atreva a moverlas. En medio de mi fascinación por lo que tenía en mente, lo de proponerle a Santos que nos volviéramos socios, que yo ponía el equipo y él se encargara de ayudar a buscar la información, pensé que por fin, como un buscador de tesoros loco y fanático que siempre he sido, encontraríamos algo. Ya había estado buscando cosas en otros pueblos, sobretodo en Boyacá, pero únicamente había encontrado dos ollitas pequeñas de barro con una pasada de oro puro en el fondo…

En medio de la charla y a eso como de las diez de la noche, le dije a Santos que estaba decidido a organizar lo necesario para salir en la búsqueda que como creía, nos cambiaría la vida. No mucho me podía pasar si íbamos a ir juntos; Santos había aprendido desde los cinco años sobre caza, pesca y los peligros del monte. Además no estaba dispuesto a perder esta oportunidad…Entre más aguardiente ingeríamos, se acrecentaban nuestros planes algo salidos de la realidad. Pero bueno, así siguió nuestra apresurada conversación para adentrarnos con detalle en los pasos a seguir. Él me dijo que había  que entrevistar o más bien ir a hacerle una visitica a Don Domingo, un anciano como de 85 años, que por efectos de la artritis había quedado inválido y es quien sabe dónde están las guacas de esta vereda o los sepulcros indígenas con objetos de mayor valor. (Lo intrigante es que tendiendo los datos de la ubicación, nunca se hubiera motivado a sacar alguna.)

Efectivamente, como esa semana era la semana santa de 1995 y no había que trabajar, fuimos a verlo para que nos corroborara con su testimonio, la noción que teníamos sobre las guacas.  Por cortesía, Claudia le llevó un mercadito. Comenzó por decirnos que allá (y señaló con el dedo un cerrito), detrás de las palmas, había una. Debo confesar que en ese instante se me agrandaron los ojos de la emoción por lo que fuéramos a encontrar o más bien, como todavía me costaba considerar cierto lo que hacíamos, por entrar al bosque bien tarde en la noche y de cualquier modo, conocer mis límites, mis más profundos miedos.

Domingo, que hablaba pausado y con gran sabiduría, nos aclaró que quizá las guacas eran pertenecientes a los indígenas Panches o Muiscas no civilizados que ante la amenaza de los conquistadores, habían escondido a sus muertos de más elevada jerarquía para seguir bajo su mando en el más allá; lugar extraño en el que sus riquezas materiales y objetos que les habían sido útiles en vida, continuarían siendo dignos de veneración. De igual modo nos contó que desde hace unos 160 años, la época en que vivió su abuelo, se advertía que sólo podían ir los hombres a tomar posesión de los entierros porque creían que la mujer era más pretenciosa y no los podía conservar con el cuidado que requerían…

Un compadre que estaba cerca tomándose una cerveza helada para matar el calor, nos oyó hablar sobre guacas y arrastró un butaco de madera vieja para sentarse cerca. Dijo con una voz como de misterio,  que tocaba ir al sitio y aguardar hasta la medianoche con el propósito de que se viera la llama o luz que en días especiales caía desde el cielo sobre un punto fijo en lo alto de esa montañita. Luego sería preciso botar la camisa, la ruana o el sombrero, para que como dicen los campesinos, quedara identificado el terreno para volver a cavar en cuanto se hiciese de día.

Esa tarde, seguimos averiguando con la gente del pueblo para confirmar si había algo más que hacer. Yo no era supersticioso, pero sí había oído que era necesario darle un trato especial a las guacas, así que preferí continuar oyendo y anotar todo hecho que al asunto se refería.  Decían y pueden repetir con firmeza, que las guacas son para alguien determinado, y que quienes van a acompañar al que ha sido designado o al “heredero”, tienen que ser personas de verdadera lealtad. Así mismo, fueron específicos con respecto a que había que ir en jueves santo. Por qué, no tengo idea, nadie responde eso… No le veía importancia a lo del día, pero por si acaso, iríamos el Jueves y como desde las 6:00 p.m.

Acerca de la guaca que intentaríamos sacar, nos aseguraron que sus objetos se desplazaban por entre la tierra cuando los que venían a reclamarla no eran los indicados. Prestamos atención a la historia de dos jóvenes que  hace dos años se le habían medido a tal aventura y nos enteramos de que uno de ellos intentó matar al otro a punta de machete para quedarse con todo el oro y que según eso, la guaca se movió sola o energías sutiles la cambiaron de escondite. ¿Que cómo se mueve o por qué sucede esto? Explican que seres de otra realidad, como fantasmas, la trasladan cuando no les agrada la presencia de quienes vienen a sacarla, y es que uno ya ni sabe…Comentan que quienes la han enterrado, después de la muerte quedan como un ejército de espíritus pendiente de que nadie que no sea de su clan se le acerque. Algo así como que las almas afligidas por no haberse ido con total satisfacción al otro mundo,  acompañan estos tesoros y andan por ahí flotando y buscando comprensión o algo que los lleve a su eterno descanso. Concluyo que en el campo ya se habla demasiado de apariciones…

Igualmente, especifican que hay guacas que están conjuradas, lo cual quiere decir que hay que saber una frase o clave para poderlas desenterrar. Pero a estas alturas de la vida, qué me iba a poner yo a creer en tanta bobada. Sin embargo, estos asuntos me llamaban muchísimo la atención. Ese día que nos dio por averiguar, caminamos como por seis horas y ya de vuelta a la finca, nos topamos con Don Domingo que se asoleaba frente a su ranchito y nos recordó mientras pasábamos, que no olvidáramos la ley que allí se regía; que si lográbamos sacar la guaca debíamos emplearla para fines comunitarios primero. Ahora que me doy cuenta, es probable que Don Domingo escondiera un montón de secretos sobre la naturaleza compleja a la que habríamos de enfrentarnos.
        
Por su parte, mi esposa comenzó a leer de varias fuentes acerca del tema, a preguntarle a los empleados y vecinos acerca de la guaca…Poco a poco fue encontrando varias coincidencias o pruebas de su existencia. Sin embargo, a mi hija de 21 años los que hacíamos le era algo indiferente, más bien decía que sus padres estaban perdiendo la razón; se mantenía alejada, oyendo música o viendo televisión en su cuarto. En un tiempo breve, Claudia ya sabía que unas niñas habían encontrado oro en polvo entre unas ollitas cuando lavaban su ropa en la quebrada; que el papá de Olga, la cocinera de la finca, mientras labraba la tierra había encontrado un mollito con unos aretes de oro que ella aún conserva. Además, que el abuelo de Santos enterraba unas morrocotas o monedas grandes de oro dentro de una mochila, en alguno de los árboles cerca de la casa donde él habita, pero que como era tan pequeño, no se acuerda bajo cuál de todos están estas reliquias.

Y para completar, que hace unos tres meses un hombre que había sido contratado para hacer una excavación para una casa que estaban construyendo, desapareció. Quienes lo conocían dicen que tuvo un hallazgo fácil de alguna fortuna de oro y que se fue del pueblo para hacer una nueva vida. Muchos habitantes de la zona, aguardan por años y años a que se les haga el milagrito, pero por iniciativa no van a buscar las guacas porque tienen bastante temor de meterse con cosas desconocidas. Los que no se acuestan a las siete después de tomar aguadepanela con pan y queso, se reúnen entorno a una fogata con sus parientes a cantar y contar cuentos, pero eso sí, salen para sus casas 15 minutos antes de las doce, pues esa hora no los puede coger en cualquier camino.

Habiendo oído tantas cosas, el miércoles temprano nos pusimos las botas negras de caucho, la macheta al cinto y el sombrero para subir al famoso cerrito. También llevamos agua. Lo que íbamos a hacer era explorar para ver cómo podía ser de noche… Desde la piscina de la finca, el lugar se ve cercano y fácil de subir, pero estar allá es muy distinto. A la mitad del trayecto yo ya estaba cansado, pero aún así seguí pa´que valiera la pena el esfuerzo. Era un trecho rodeado de monte y se oían con fuerza los ruidos de los animales (ranas, culebras, pájaros e insectos). Con Santos no hablé hasta que vi por entre las hierbas unas piedras talladas con formas particulares: El sol y símbolos de fertilidad como ranas y peces con alas que reconocía porque los había visto en un museo o en un libro, quizás.

Al llegar a la cima con estas pruebas entre los bolsillos, nos asombramos no sólo por la belleza e inmensidad del paisaje sino por la peculiaridad de la energía que se sentía segundos después de haber pisado el terreno. No sabría describirlo bien, pero allí había una niebla rojiza que me envolvía el cuerpo y me hacía liviano. Así fue como dije para mí mismo, que definitivamente ese lugar había sido habitado por indígenas, cuyas tradiciones me producían insaciables inquietudes. Después de agacharnos a buscar algún indicio de la guaca y no encontrar nada, amarramos unos lazos al árbol más robusto y dimos la vuelta a la montaña, corriendo el riesgo de caer al abismo si el árbol no sostenía nuestro peso. Santos parecía saber lo que estábamos haciendo.

En un paso tranquilo ya descendiendo, vimos un búho café oscuro que rozó nuestras cabezas y continuó volando. Santos dijo que era una señal de la naturaleza que debíamos interpretar, porque era inesperado que los búhos anduvieran por ahí mostrándose de día, como si nada… No sé si por el agotamiento  o por el hecho de ver al búho rondando, sentí que iba a desmayarme, a quedarme privado. Luego abrí los ojos, me fui recuperando y bajamos con el cuidado de no tropezar. Volvimos por la tarde y la idea era recoger las linternas y lo que pudiéramos necesitar allá arriba para poder marcar el terreno esa misma noche.

Como a las 8:00 p.m luego de haber comido y muertos del susto porque no sabíamos en realidad  lo que iba a pasar, salimos a buscar la guaca. Por cierto, recuerdo que nos acompañaban Ricardo José, el hijo mayor de Santos, y el compadre Díaz, por si algo malo pasaba… Cuando ya habíamos avanzado, me sentía mal y no tenía la actitud para darle la cara a un evento peligroso. No saben cómo es estar en el monte, de noche, cuando todo esta oscuro y cualquier sonido es centro de sospecha. Caminamos como por dos horas y media sin hallar la subida al cerro, como si hubiéramos ido en círculos todo el tiempo. Cuando se nos acabó el agua y ya no podíamos caminar más, no sé cómo, pero nos devolvimos y antesitos de las doce logramos estar dentro de la casa. Subimos a la terraza y ninguna luz se veía en el cerro. De todos modos, nos preguntamos  por qué si en el día habíamos logrado llegar al lugar, de noche había sido imposible. Teníamos mucha rabia y terminamos yéndonos a dormir desilusionados.

Llegó el Jueves santo y dábamos todo por perdido. A la hora del almuerzo discutimos sobre si el infortunio de perdernos había sucedido porque todavía no era el momento de sacarla, porque no estábamos preparados…En fin, porque no era para nosotros. Terminamos de pasar esas vacaciones sin lamentarnos y más bien fuimos a pasear a Girardot. Al día siguiente, mi esposa que siempre daba un paseo a caballo a eso de las 7:00 en la noche, me dijo que cuando iba con Wilson, el empleado que ensilla las bestias, vio un rayo verde esmeralda que caía del cielo con mucha fuerza hacia la cima de la montaña. Menos mal que iba acompañada y que Wilson vio lo mismo, porque tal vez nadie le hubiera creído. Llegó a la casa maravillada y a la vez con pánico. Nos sentamos a hablar un rato, le serví un brandy para que se tranquilizara y llegamos a la conclusión de que podía ser cierto lo del tesoro. Nos regresamos a Bogotá el domingo, con muchas ideas en la cabeza, ideas que tocaba dejar atrás porque se acercaba el Lunes y la rutina de ir a la oficina.

Los meses pasaron y volvimos a la finca en Julio y luego en Diciembre del mismo año. Para esa época, ya no sólo mi mujer sino Adriana, mi hija, que era escéptica, y el resto de la familia, veían que por las noches bajaba el rayo de luz sobre el mismo sitio. Este hecho se convirtió en una atracción para todos, pero ninguno se atrevió a volver por allá. No obstante, planeamos con mis tres hermanos, y por supuesto con Santos, que intentaríamos de nuevo en la semana santa del 1996. En consecuencia, cumplimos lo que habíamos prometido y fuimos a la finca en  Abril.

El miércoles que pensábamos ir de noche, quién sabe si por razones del destino o por una causa sobrenatural, como dirían en el pueblo, Santos se accidentó y casi pierde la pierna izquierda. Como de costumbre, él estaba limpiando la finca con su motosierra cuando perdió el control de la máquina y el árbol que cortó, le cayó sobre la pierna. El pie le había quedado colgando de un tendón, era impresionante ver como caían los pedazos de piel y escurría con fuerza la sangre. Con urgencia lo llevamos al hospital de Girardot y durante ese año, con cuatro o cinco cirugías que le hicieron, ya más o menos se ha recuperado.  

Quizá  no haya aprendido la lección y la próxima vez me toque a mí el accidente, pero aún siento un llamado de la guaca y quiero ver qué hay dentro de esa tierra que pueda ser tan poderoso como para evitar que se le acerquen. No pierdo la esperanza de ir el jueves santo del año que viene, así tenga que contratar un experto en exorcismo o no sé qué acontecimientos salidos de lo común para lograr sacarla.

 

- Cómo son los recuerdos Claudia, ya no tiene sentido mi obsesión por la guaca ni lo que estoy diciendo, si estamos en el 2008 según la tumba del recién llegado, y por codicioso te tengo a ti en este lugar, obligada a escucharme por un lapso indefinido… Perdóname, y cuando el Mayor te dé permiso para salir de aquí, 

llévale flores frecas a nuestra hija (presiento que hoy es su cumpleaños) y una botellita de ron a Santos para que sea agradecido y se anime a rezar por la tranquilidad de sus patrones en esta inmensa negrura.

 


 
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Comentarios:

Escrito por: Rina       06/02/08 21:55
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Sorprendete historia, rico de mitos y secretos...esa guaca si que llamo mucho la atencion...es increible como vas hilvanando la histoira...tambien es fascinante como los del pueblo siguen manteniendo su historia y su respeto por lo antiguo...al parecer los personajes tambien quedaron atrapados...
Genial amiga
Nos estamos leyendo
Besos
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