La gran tragedia

Categoría(s): Suspenso
En una época remota, existía un reino que se localizaba en las actuales islas Lofoten, que se sitúan en Noruega. Este reino era gobernado por tres hermanos, los príncipes Harald, Olav y Haakon, de la familia Clausen de Greiff. Un día, recibieron una carta de la Duquesa Märtha de Greiff, prima de los hermanos, que decía que buscaba refugio porque el pueblo donde vivía, fue azotado por una plaga que estaba matando a todos. Los hermanos le regresaron la epístola diciendo que sí le darían un asilo temporal, hasta que pueda encontrar un lugar para vivir. Cuando Märtha arribó por barco, fue recibida con una bienvenida organizada por los hermanos. Al llegar al castillo se sentaron en una gran sala, en donde Märtha les contó que el viaje fue terrible porque en medio del camino se había formado el vértice del Maelström, y el regalo que les llevaba como agradecimiento casi se caía al mar. Después de contar su historia, los siervos de Märtha entraron al cuarto con un barril de gran tamaño; cuando los príncipes vieron el contenido de la barrica, más de 100 litros de puro amontillado, se acontentaron, pero Olav recordó que Märtha tenía el hábito de hacer bromas a la familia, y por seguridad llamó a Karl, el reconocido conocedor de vinos de la Corte Real, un hombre algo nervioso; después de meter una copa en el casco y beber, cayó en el piso, paralizado como un cadáver. Los hermanos, después de ver lo ocurrido, inmediatamente enjuiciaron a Märtha, que juraba que el amontillado no contenía veneno, pero no la escucharon. La Corte Real la declaró culpable, y fue sentenciada a ‘La pena del asesino’, la más horrible y grotesca de las sentencias. Empezaban por arrancar los dientes a la fuerza, luego cortaban la lengua,  y tras encerrar al enjuiciado en un féretro, lo arrojaban en un gran pozo circular que se situaba en frente de los calabozos. Después del juicio, se hizo el funeral de Karl, al que asistió todo el reino; todos se encontraban tristes, en especial los hermanos. Al pasar la semana, a Märtha, que mantuvieron encadenada en las mazmorras, le aplicaron su sentencia; antes que nada, le quitaron los dientes, amputaron su lengua y después de sellarla con vida en un ataúd, arrojaron el cajón en el pozo, y después de 30 segundos, se escucha el eco de maderas rompiéndose.
A la semana, los hermanos organizaron una mascarada en su castillo a la que invitaron a todo el reino. Todos se la estaban pasando de maravilla, bebiendo vino y bailando, pero algo que llamo la atención fue la aparición de una figura envuelta en una capa negra, y por mascara un cráneo manchado de sangre. Los hermanos se sintieron tan ofendidos, que Haakon se dirigió hacia aquel tétrico personaje, arrancó su mascara, y para su sorpresa, y la de todos, era Karl, cuyo rostro parecía el de un muerto viviente. La gran sala se envolvió en un silencio tenebroso. Saliendo de su asombro, los hermanos se aproximaron a Karl, y Harald le preguntó aterrorizado:
―¿Pero cómo puedes estar vivo, si te vimos morir al probar ese amontillado emponzoñado?― y Karl respondió con una voz que podía atemorizar al más valiente:
―Vuestras majestades, han cometido el más grande y terrible de los errores. Como recordarán, padezco de epilepsia, por haber masticado hojas de coca; entre los síntomas de esa enfermedad está el de la catalepsia, que hace que permanezca en un estado de suspensión vital, o que presente los rasgos de un muerto, aun estando con vida. En pocas palabras, yo nunca morí, solo me dio un ataque cataléptico, causado por el amontillado que probé, ya que estaba muy concentrado. Al despertar en esa urna, un temor tan horrible llenó mi ser, que sentí que iba a morir, pero por suerte pude salir, y cuando supe del injusto juicio y muerte de la Duquesa Märtha, sentí gran peso y dolor en mi corazón, que decidí causar mi muerte y a la de todos aquellos en esta festival, por haberme enterrado vivo, ¡aun sabiendo que padezco de epilepsia! Y por venganza, he contaminado el vino que todos han bebido con una toxina del cianuro, y en poco tiempo todos moriremos. Lo siento mucho vuestras majestades.― Al terminar la oración cae al piso.
Después de cinco minutos, la vida del colorido salón desapareció, y se volvió en un lugar lúgubre, donde el silencio reinó por toda la eternidad.
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Comentarios:

Escrito por: salvino       02/01/08 20:41
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Un cuento precioso que ahora mismo copiaré y leeré a mis nietos en cuanto pueda...bebiendo vino, naturalmente. Te felicito. Un gran abrazo uruguayo
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