LA GENEROSIDAD NO TIENE FRONTERAS
Ya había policías en el lugar del accidente, cuando un investigador de nombre Darío Monarez, llegó en un auto sedan sin emblemas y noto la expresión preocupada de sus compañeros. A la luz de los faros, Monarez vio el cuerpo de un hombre tirado en el suelo, por las lesiones graves, había muerto instantáneamente. También vio fragmentos de pintura roja en el pavimento.
Los testigos le dijeron lo que habían visto: mientras esperaban la luz verde del semáforo, vieron a un ciclista que cruzaba la avenida hasta perderse de vista; después, oyeron un golpazo y vieron pasar a toda velocidad a un coche. Ocurrió tan rápido que no pudieron describir al vehículo.
Como el occiso no llevaba identificación, Monarez supuso que era uno de los muchos guatemaltecos indocumentados que trabajaban en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Era joven, como de 32 años, unos cuantos menor que Monarez y éste se preguntaba sí tenia familia.
Parecía un caso simple de atropellamiento y fuga. La obligación de Monarez era notificar a los familiares más cercanos y tratar de localizar al culpable. Se comunico por radio con la jefatura de policía para pedir que se pusiera en el periódico un aviso con teléfono al cual pudieran llamar quien reconociera a la victima o bien, viera un auto rojo con el frente dañado.
Como necesitaba ayuda, fue con un personaje conocido como Guilly, ya que el se dedicaba a pasar a indocumentados de Centro América hacia territorio mexicano. Y juntos a altas horas de la noche, fueron a casas y comercios donde vivían o trabajaban inmigrantes para interrogarlos. Parecía que nadie conocía a la victima. A las 7:00 AM estaban rendidos y Monarez llevo a Guilly a su casa para que durmiera un poco.
Mas tarde, ese mismo día, el caso empezó a resolverse:
Una llamada anónima condujo a Monarez hasta el culpable, un joven de 25 años que confeso haber golpeado algo con el coche la noche anterior, no se había detenido por que sintió miedo, pero estaba arrepentido.
Por otra parte, el encargado de un hotelucho llamó a la policía informando que la noche anterior un huésped guatemalteco no había llegado en toda la noche. La ropa que llevaba puesta, coincidía con la descrita en el periódico: chaqueta café de cuero, pantalón de mezclilla y zapatos tenis. Se llamaba Jerónimo Guzmán Torres. El hotelucho se encontraba en un barrio de trabajadores, estaba ruinoso y con la pintura descascarada. Cuando Monarez entro en el cuarto de Jerónimo, se quedo asombrado al ver lo pequeño que era y lo escaso del mobiliario: una cama, una cómoda con espejo y un armario con unas cuantas prendas colgadas. En las paredes no había ni una foto. Esto no es un hogar, se dijo Monarez.
Dentro de un cajón de la cómoda había un pequeño fajo de cartas con estampillas de Guatemala y la misma dirección de remitente, en Antigua, Guatemala. Monarez se las guardo en el bolsillo y volvió a la jefatura.
Monarez leía una de las cartas: Te extraño mucho papá, escribía una niña. ¡Cómo me gustaría que vinieras a mi fiesta de XV años! Firmaba Gabriela.
Empezó a leer otra carta: Se siente un gran vacío en la casa y yo tengo otro gran vacío en mi corazón, escribía la mujer de Jerónimo, y terminaba: Te quiere, Elisa.
Monarez investigo vía Internet, que la ciudad de Antigua, Guatemala estaba a unos 55 kilómetros de la Capital de ese país. Era una región pobre y no muchos tenían teléfonos particulares, pero en una de las cartas, Monarez recordó haber visto un numero telefónico publico que había en una tienda de la pequeña ciudad.
Monarez, marcó el número y le pidió al tendero que mandara a llamar a Elisa.
- No se encuentra señor, a de ver ido al mercado a sus compras, llame en una hora.- Dijo el tendero.
Al cabo de una hora y media, Elisa y un pariente se encontraban en la tienda a la espera de la llamada del señor de México.
- Lo siento, pero tengo una mala noticia que darle... -le dijo Monarez.
Cuando terminó, Elisa rompió en llanto.
Elisa Ramírez Soez, tenia una sonrisa que iluminaba la cara y le formaban hoyuelos en las mejillas. Cuando Jerónimo Guzmán Torres la vio por primera vez, no podía apartar la mirada de ella.
También Elisa le cobro afecto al apuesto joven de pómulos altos y rasgos afilados, que la hacia reír con su simpatía natural.
Jerónimo trabajaba de albañil en una construcción cercana a donde Elisa vendía aguas frescas. Los jóvenes, ambos de 18 años, se enamoraron. Se casaron y años después nacieron Gabriela y Alicia.
Sin embargo para Elisa, la familia lo era todo y la mayoría de sus familiares vivían en Guatemala, Guatemala, así que se mudaron allí para estar mas cerca.
Su nueva vida no era nada fácil. La casa que Jerónimo alquilo en Antigua, Guatemala, no tenia piso ni agua corriente, y unas piedras mantenían en su sitio al techo de lamina de metal.
Jerónimo seguid trabajando de albañil y ganaba a duras penas el equivalente a 6 dólares al día. Transcurrieron los años y la familia siguió pasando estrechases, sobre todo cuando nacieron otros dos hijos.
A Jerónimo le encantaba jugar a las luchas con su hijo Félix de seis años y lanzar al aire a Montserrat, de dos, que se ponía a gritar de alegría. Anhelaba tener un terreno propio y le decía a Elisa que allí les construiría una casa con piso y paredes de concreto, agua corriente y un enorme baño.
Solo veía una manera de lograrlo: si se iba a los Estados Unidos, ganaría mas en una hora que todo el día en Antigua, Guatemala.
Un hermano de Elisa se encontraba en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y tal vez le ayudaría a encontrar un trabajo en México en lo que juntara para pasarse a los Estados Unidos.
- ¡Por favor, no te vayas!- Le suplico Elisa, que no concebía la vida sin él.
- Son solo dos años- prometió Jerónimo-, y entonces podremos construir una casa bonita y un futuro para nuestros hijos.
Fue así como Jerónimo llego a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Lavaba platos en restaurantes y trabajaba en obras en construcción. Ganaba mucho mejor que en su país y los problemas eran menos. Pero con todo y eso, la nostalgia le invadía su corazón.
Llamo por teléfono a Elisa, advirtiéndole que era la ultima vez que lo hacia, ya que quería ahorrar hasta el ultimo centavo para llegar a Estados Unidos.
- No quiero quedarme mas tiempo aquí y quiero ir lo mas pronto posible a los Estados Unidos.
Elisa lloraba al escucharle decir eso, pero sabia que Jerónimo estaba dispuesto a sacrificarse por el bienestar de su familia.
- Veras que nos las arreglaremos a mi regreso. Lo que importa es estar juntos.
Tres meses después, Jerónimo murió.
Al principio, las palabras de Darío Monarez habían conmocionado a Elisa. Simplemente no podía creer que Jerónimo había muerto.
- ¿Qué va a pasar con mis hijos?- dijo con voz entrecortada, pero enseguida recobro la entereza-. Quiero que lo traigan para decirle el último adiós y que haya una sepultura aquí, no en otro país.
Cuando Monarez colgó el teléfono, se dio cuenta de que Elisa no-tenia dinero. Él sabia perfectamente que sus obligaciones terminaban hasta la notificación a la familia, pero estaba de acuerdo con Elisa, había que llevar el cuerpo de Jerónimo a donde se hallaba su familia. El padre de Monarez, hijo de inmigrantes cubanos, había desempeñado hasta tres trabajos para sacar a flote a sus familia.
Así pues, recordando las historias de su padre, el investigador acudió a la Cruz Roja, a la Asociación para la Defensa de las Victimas de Delitos y al consulado Guatemalteco, sin obtener ningún resultado.
Un funcionario del consulado le dijo que había mas de tres casos como ese a la semana:
- Muere un guatemalteco y no hay dinero para trasladar el cuerpo a su lugar de origen- explicó-.
No disponemos de medios oficiales para eso.
Monarez decidió acudir a medios extraoficiales. Llamó a la Jornada de Tuxtla y contó lo ocurrido, para que el diario publicara una nota e incluyera en ella una solicitud de donativos.
Después visitó al padre Miguel Gómez quien oficiaba en la Iglesia de Santa María. El sacerdote aceptó pedir ayuda a la feligresía al día siguiente.
Los católicos guatemaltecos en Tuxtla Gutiérrez no tienen grandes recursos, en la colecta dominical apenas se conseguía reunir unos $500.00 pesos (50 dólares), pero un domingo llegó la cantidad de $3,600 pesos (360 dólares), buena parte en monedas fraccionarias. El padre Miguel redondeó la cantidad en 500 dólares ($5,000.00 pesos), con dinero de su bolsillo.
Al día siguiente, un poco nerviosos, decenas de trabajadores indocumentados se presentaron en la jefatura de policía y uno a uno fueron entregando al sargento que atendía al publico sobres con billetes de baja denominación.
La comunidad guatemalteca de Tuxtla Gutiérrez siempre había pasado mas o menos inadvertida a los mexicanos de la ciudad, pero lo ocurrido a Jerónimo y su familia conmovió a todos los grupos de la sociedad. A los pocos días la jefatura empezó a recibir un flujo constante de donativos enviados por correo.
Monarez entrego los donativos al padre Miguel, quien creó un fondo especial en memoria de Jerónimo y convenció a la arquidiócesis de donar $40,000.00 pesos (4500 dólares).
Por otra parte, un profesor, Leonardo Benítez de la Universidad Autónoma de Chiapas, en la misma ciudad, pegó recortes de periódico en las carteleras de todo el campus pidiendo donativos y en pocos días envió a Monarez $6,000.00 pesos (600 dólares) entregados por estudiantes y empleados, y se ofrecieron a ayudar en lo que estuviera en sus manos.
El profesor y el policía se conocieron en el funeral de Jerónimo. Monarez, hombre de ojos negros y hablar pausado, ex soldado de la marina, nunca terminó la universidad. El profesor, Benítez, ferviente activista comunitario de espesa cabellera entre cana, enseñaba urbanismo en la Universidad. Entre ellos surgió una amistad inmediata y duradera.
Quince días después, llegó a Antigua, Guatemala un elegante féretro de madera en color negro. Lo llevaron a un cementerio público y lo sepultaron en un lote donado por la ciudad de Guatemala.
Los habitantes de Tuxtla Gutiérrez siguieron abriendo su corazón aun después del sepelio. En el curso de un mes y medio, 2000 donativos más engrosaron el fondo en memoria de Jerónimo a $225,000.00 pesos (2,500 dólares).
Monarez quería enviar el dinero a la viuda por Western Union, pero Leonardo no estaba de acuerdo: - La generosidad de la comunidad deberìa de tener un rostro- Le dijo a Dario.
- Tú debes llevarle el dinero a Elisa, y yo te acompaño.
Vestidos con sus mejores galas, los hijos de Jerónimo Guzmán, se formaron a la orilla del camino de terrecería, frente a su casita, al ver acercarse el auto de Monarez. Otros lugareños se habían acercado ese día caluroso, junto con algunos reporteros de La Jornada de Tuxtla Gutiérrez, así como el cónsul de México, en Guatemala.
Monarez entregó un juguete a cada niño, y después, cuando la gente guardo silencio, se sacó del bolsillo un cheque y se lo entregó a Elisa.
La cantidad la dejó sin habla por unos instantes, después le dio las gracias al detective Many, (Many era el apodo de Monarez). Luego alzó el cheque a la vista de todos y dijo:
- Esto demuestra que no todos los mexicanos son iguales.
Sus palabras hicieron mella en Leonardo Benítez. Muchos guatemaltecos consideran a los mexicanos muy altivos y pedantes, sobre todo a los que se dedican a aplicar la ley. Pero eh ahí un policía que regala pelotas y juguetes a los hijos de un desconocido y ofrece un porvenir a una familia.
Monarez se quedó ocho días en Antigua. Llevo a los hijos de Jerónimo a comprarles ropa a la ciudad e invito a Félix a nadar en la alberca del hotel. Cuando llego la hora de despedirse, los niños se habían acostumbrado a decirle tío Many y le pidieron que regresara algún día.
En vida, Jerónimo Guzmán Torres fue un hombre sencillo de ambiciones modestas, pero al morir dejo una buena herencia.
En Antigua, Guatemala, Elisa al fin vive en a casa que soñaba con su marido. Tiene piso de concreto, cocina, agua corriente y dos dormitorios y al frente un local donde vende frutas y verduras. El resto del dinero lo deposito en el banco, para costear los estudios de sus hijos.
En Tuxtla Gutiérrez, ahora hay voluntarios que ayudan a los emigrantes guatemaltecos, centroamericanos y suramericanos, en cuestiones de primeros auxilios y en la prevención de enfermedades. Gracias a la IBM, los niños de hijos inmigrantes se comunican por correo electrónico a la comunidad de Antigua, Guatemala.
Cuando el tío Many volvió a Guatemala, a los 3 años de su primera visita, acompañó a los hijos de Jerónimo al cementerio. Después de depositar unas flores en la tumba, todos rezaron un padrenuestro.
Mixtli