La Gasolinera

Categoría(s): Misterio, locura

 

Conducía mi automóvil dando vueltas en falso por la ciudad, agotado sin entender muy bien por qué, con el depósito de la gasolina a punto de vaciarse, hasta que encontré un surtidor donde un empleado maleducado y grosero me atendió fatal y me despidió con cajas destempladas sin atender a mi petición de ayuda en mi búsqueda de una dirección apuntada en un papel arrugado.

 

 

Me mantuve por días dando vueltas alrededor de una ciudad, sin rumbo fijo. Mi automóvil se quedaba sin gasolina, apenas marcaba ya la reserva. Casi milagrosamente encontré un surtidor justo a tiempo. El empleado de la gasolinera era un hombre sumamente antipático. Le interrogué por una dirección que llevaba apuntada en un papelito dentro de un bolsillo, me miró con aire displicente y no llegó a contestarme nada.

 

 

Me encontraba dando vueltas alrededor de una ciudad desconocida. Mi automóvil marcaba ya unos pocos litros en la reserva de la gasolina. Afortunadamente divisé a tiempo una estación de servicio y me dirigí a ella. Un empleado salió a atenderme. Si tuviera que recomendar esa gasolinera a un amigo, desde luego no lo haría. No se puede decir que aquel empleado derrochara amabilidad y simpatía. Con desgana conseguí sacarle una breve y mala orientación sobre una dirección que llevaba apuntada en un papelito que encontré en mi bolsillo.

 

 

Conducía mi automóvil dando vueltas en falso alrededor de una ciudad desconocida a la que no sabía como había llegado a parar. Mi automóvil estaba en reserva de gasolina, me agobié un poco, pero, a no mucho tardar, encontré una gasolinera donde poder llenar el depósito y, de paso, pregunté al empleado que me atendió cómo llegar a una dirección que llevaba escrita en un papelito que encontré en uno de mis bolsillos. Aunque no se podría decir que aquel hombre derrochara simpatía, sí que supo atenderme bien y sacarme de mi aprieto, pues me explicó con bastante claridad y precisión el camino que debía seguir para dar con aquella dirección.

 

 

Había salido aquel día con ilusión de mi casa. Con la misma ilusión con que cogí mi automóvil para aprovechar aquel puente que se había presentado y durante el cual quedaba libre de trabajo. Aprovechando esa circunstancia decidí ir a visitar a un amigo que vivía en otra ciudad y me había dado su dirección un día que hablamos por teléfono. Dando vueltas sin parar conseguí llegar a aquella ciudad, desconocida para mí. Pero fui encapaz de dar con la dirección de mi amigo. Giré y giré alrededor de la urbe sin encontrar ni una pista. Me sentía agobiado porque la gasolina de mi coche empezaba a escasear, pero tuve suerte porque antes de que eso sucediera, encontré una estación de servicio donde poder rellenar el depósito y de paso pedir que me indicaran cómo llegar a la dirección que llevaba apuntada en un papelito doblado dentro de mi bolsillo derecho. El empleado del surtidor, un hombre sumamente amable que me atendió de maravilla, con simpatía y agrado me explicó a la perfección cómo podía llegar a la mansión de mi amigo.

 

 

Aquel día me levanté con una sensación extraña. Recordaba haber tenido una cita con mi médico, el Dr. Andrade, pero no recordaba el motivo de mi visita, ni lo que en su despacho intercambiamos, ni si había llegado a diagnosticarme alguna enfermedad. Desconcertado me dirigí al teléfono y, entonces fue cuando, en la mesita encontré un papelito con una dirección. En ella se encontraba escrito de mi puño y letra el nombre de una ciudad, que se hallaba a pocos kilómetros de donde yo vivo y una dirección de la mansión donde residía un amigo mío que ejerce de psiquiatra. Comprendí, aunque no lo recordaba, mi intención de ir a visitarlo. Me vestí, me aseé, cogí el papelito, lo doblé  por la mitad, lo introduje en mi bolsillo derecho, entré en el garage y salí con mi automóvil rumbo a la casa de mi amigo el psiquiatra. Me lié un poco por el camino, como solía pasarme. Me costó bastante dar con aquella ciudad, pero conseguí llegar. Como la mansión se encontraba en las afueras, tomé una carretera secundaria que, supuestamente era la que se indicaba en el papelito donde llevaba escrita la dirección. Pero fue inútil. Comencé a dar vueltas y más vueltas hasta que perdí la orientación por completo y, a punto estuve también de quedarme sin gasolina. Por suerte esto no llegó a suceder, encontré a tiempo una estación de servicio donde me llenaron el depósito y me atendieron con amabilidad. Aprovechando la simpatía del empleado que me atendió, le pregunté si podía explicarme cómo debía llegar a la casa de mi amigo. Saqué el papelito que llevaba doblado dentro de mi bolsillo derecho y lo mostré al empleado de la gasolinera. Muy simpático y servicial el hombre me orientó de maravilla con unas indicaciones claras y precisas sobre cómo llegar al paradero de la mansión de mi amigo. Con tanto detalle y claridad era imposible que me perdiera. Después de unos minutos logré divisar la verja del frondoso jardín. Me dirigí hacia ella y llegué con mi coche. Bajé para comprobar si la puerta podía abrirse o había algún timbre y, curiosamente, sólo con empujar un poco logé abrirla dejando el paso expedito para poder entrar con mi automóvil. A unos metros de la entrada se hallaba la fachada principal del caserón. Aparqué mi automóvil y, después de subir cinco escalones llegué a la puerta, donde, visiblemente, lucía una brillante placa de bronce donde se podía leer "Dr. Claudio Andrade Martínez, médico psiquiatra". Me extrañó encontrar la puerta entreabierta. Avancé hacia el interior de la vivienda, localicé un despacho y allí, sentado detrás de su enorme escritorio, con el cuello doblado y la cabeza totalmente reposando sobre un hombro, con un chorretón de sangre seca que partía de entre su cabello y le recorría la cara, el cuello y el torso y..., quizás llegaba hasta el suelo por detrás del escritorio, estaba el hipotético Dr. Andrade. Sorprendido y atemorizado me acerqué a él para comprobar si aún vivía. Nada más rozarlo, el cuerpo se desplomó, inerte, frío, rígido y ausente de vida. Con la piel de gallina, horrorizado, sumamente nervioso y alterado intenté localizar el teléfono, que se hallaba sobre la mesa, pero que, debido a mi aturdimiento no logré ver, yendo a posar mi mirada, por casualidad, sobre un documento médico en el que se hablaba sobre un experimento realizado por él y unos colegas suyos en la persona de un tal Julio Rovira Bonet, a consecuencia del cual, este paciente sufriría una pérdida de memoria progresiva y radical que tendría lugar en horas sucesivas y, en pocos días le dejaría imposibilitado para seguir una vida normal y productiva. Despavorido salí de allí como alma que lleva el diablo preguntándome con curiosidad, asombro y compasión quién sería aquel sujeto llamado Julio Rovira Bonet.

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Aiculk       28/06/08 16:06
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jajaja


muy buen final


creo que lo he pillado
Escrito por: carontex       04/04/08 20:20
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¿ bucle temporal o enfermedad? yo sigo dudando.

felicidades muy buena historia.
Escrito por: agastin59       04/04/08 19:59
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ufffffff! que final.jajjaaj! menos mal que encontraste la casa si no te dejas todo el mes solo en gasolina.... tienes que informar donde están las gasolineras para no ir, jajjaja!
besos trabajadora no paras....
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