Que
le vamos a hacer. Ya estoy en
Me
decido salir. Irme, irme lejos. Es que nadie vale la pena. Yo no soy nadie y
ella lo es todo. Nunca fui nadie y en calidad de poca cosa imaginé tener para
mí a la hija del dinero. Admito que me compró, pero yo lo di todo, el negocio
está saldado ¿no?.
Camino
rápido por el corredor. Un antifaz de leopardo me dice Ya es tarde.
Confirmado: Están todos confabulados. Aparece la máscara veneciana desde el
tocador. Me mira y sonríe. Sale en dirección al salón de juegos. La sigo al
tiempo de abandonar la idea de salir de ese lugar. Está cerca de la mesa del
blakc jac. El couprier revisa las cartas. La casa gana, como no.
Ha
subido a la terraza y se ha retirado la carlanca de brillantes, me incita al
asesinato presentándome su cuello desnudo e inmaculado. Las manos me transpiran
nuevamente. Sale rápido. La sigo con desesperación, en el camino arrojo el
carro con helados que lleva el mozo con máscara de duende. Veo su vestido, su rojo
vestido campanear por los pasillos, baja la escalera.
Mira
hacia todos lados pero no me ve. El juego ha cambiado, ahora soy yo quien determina
las reglas. Camina por el corredor mirando en todas direcciones. La sigo desde
muy atrás. Ella se desespera y rápidamente se dirige al salón de baile. Un
hombre con un antifaz de corsario me extiende una copa. Lo rechazo. Camino y la
espío detrás de un biombo. Su desesperación la ubica en medio de la pista y
sola. Todos borrachos, nadie da cuenta de su situación. El momento es propicio.
Da
vueltas sobre su eje y no me ve. Algo la calma, ¿Una intuición tal vez?. Aquieta
un poco la respiración, aunque mantiene algo separado sus húmedos labios. Se da
cuenta que todo es una locura y que nada le puedo hacer. Se siente desprolija y
saca su espejo de retoque para mirarse. Los ojos se le agrandan notablemente
cuando ve, de un modo retrovisor, mis dos manos al borde de su cuello. Aprieto
con las fuerzas que sólo el odio puede dar. Intenta zafarse pero es imposible.
La música suena cada vez más fuerte y todo, borrachos y erotizados, bailan en
ritmos dionisiacos. Aplico más y más fuerza. Creo que, incluso, puedo oír su
tráquea quebrándose. Adiós. Ha muerto por fin, ha muerto la insana como ella ha
dado muerte. La he asesinado del mismo modo que ella hizo con nuestro hijo
recién nacido sobre la loza del baño: estrangulada.
Me
incorporo para partir. Todavía sigue éxtasis demencial y nadie ha percibido
nada aun. Salgo de la pista. Tomo el corredor y camino hacia la puerta de doble
hoja. Y ella está ahí, con otro traje, otra máscara y la carlanca de brillantes
sobre su cuello. La siniestra mujer había intercambiado vestidos con la que
ahora yace muerta sobre la pista de baile.
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