La Fábrica

Categoría(s): Suspenso

-     Buenas noches. Dije con vos cansada.

-         Buenas.

Saqué de mi bolso el pase para poder entrar.En la fábrica se utilizaba un sistema de marcado de hora como las que utiliza el banco, del tipo magnético. Esto había cambiado en el año 1985 ya que con el sistema anterior y al ser tantos trabajadores no se podía llevar un control absoluto del personal, lo que permitía a los más audaces escapar y llegar a casa más temprano sin ser detectados.

Marqué las 21:35Hs. y emprendí camino hacia el vestuario donde me esperaba impaciente el electricista del turno tarde.

Los turnos se dividían en mañana: de 6 a 14Hs, tarde: de 14 a 22Hs y noche: de 22 a 6Hs.

Ésta era mi primera semana de noche, y estaba muy ansioso por ver como era. Tiempo atrás había averiguando por como era la noche, a lo que los mas veteranos me aseguraban que era muy tranquilo y que de los tres turnos era el mejor.

-         Ya era hora de que vengas. Dijo Enrique con vos graciosa.

-         ¿Cómo te va Quique?. Respondí sonriendo.

La relación que mantenía con Enrique Correa era una de las mejores que tenía, me llevaba casi 28 años de edad, pero aún así, era el que mas me hacia reír.

-         ¡Bien che!. Acá está todo tranquilo, así que no vas a tener ningún tipo de problema, te dejo todo en orden, ¡así que no te mandes ninguna de las tuyas!

-         Bueno… ¡gracias!

-         ¡Chau nene!

-         ¡Chau!

Quique cerró la puerta del vestuario, de ese pequeñísimo vestuario que nos habían dado para cambiarnos. Con tanto espacio en la fábrica, y nos dieron ese lugar. En la época invernal no se sentía tanto, pero en verano era muy encerrado, y cualquier olorcito, se convertía en nauseabundo.

Abrí mis cofres y saqué la ropa de trabajo. Me vestí lo mas rápido que pude, para no amontonarme con los que llegaban a relevar a los demás y salí. Bajé las viejas pero resistentes escaleras de aquel edificio de cuatro pisos, de los cuales los dos últimos, tenían una temperatura ambiente de aproximadamente 50°C. Al llegar al taller de mantenimiento, conecté el equipo de música que habíamos comprado junto con Oscar Gómez unos meses atrás. Me senté en la silla mas cómoda del taller, (uno de los privilegios que tiene el de turno noche, es que puede usar todo lo de los demás. Ésta silla era una de esas cosas que estando de día uno no se puede dar el lujo de probar), y me dispuse a cebar unos mates calentitos.

Sentía ganas de encender el televisor marca “Groundig” que teníamos escondido dentro de unos de los armarios, pero algo me hizo reflexionar y decidí que sería mejor no mirar esos programas sin sentido que habían copado la transmisión televisiva como por arte de magia.

En la sala contigua al taller teníamos tres computadoras a disposición de los empleados, las cuales se utilizaban para ver los correos electrónicos internos y demás, pero yo las utilizaba para jugar ajedrez en mis tiempos libres.

Intenté dormir un poco sobre aquella silla, pero no era mi estilo, no soy de aquellos que tienen la facilidad de dormir donde sea y como sea. No, yo soy un poco más exquisito, si no tengo una almohada por lo menos…

Miré el reloj al tiempo que sonaba el celular de emergencias. Eran la 1:17Hs.

-         ¡Hola!

-         ¿Hola Gastón?

-         ¡Si!. Dije exaltado.

-         Che… ¿no podés venir a ver la máquina número dos que no enciende?

-         Si, enseguida voy para allá.

En ese momento recordé las palabras de Quique “Acá está todo tranquilo”, e hice un pequeño recordatorio en forma cómica de todos sus familiares.

En el segundo piso se alojaban tres grandes máquinas, las cuales producían la materia prima para el plástico. El ruido en ese sector era muy dañino, de manera que había que entrar allí con protectores auditivos.

Estuve un rato revisando la máquina, y al final me di cuenta de que lo que había pasado era que se había quemado un fusible en un tablero aledaño al principal. Repuse el mismo por otro de iguales características y la máquina con un ruido a engranajes friccionando, anunciaba la correcta reparación de la misma.

Sonreí por haber solucionado el problema y emprendí viaje otra vez hacia el taller de mantenimiento en planta baja.

Camino para allí, se me cruzó por la mente aquel viejo tanque neutralizador de efluentes. El mismo era utilizado para regular el pH de los fluidos para así poder arrojar los residuos correctamente al río. El tanque se encontraba en la parte exterior de la fábrica, un lugar oscuro y poco transitado. Varios caminos de pavimento atravesaban aquel lugar, los cuales distribuían a los camiones cargueros hacia que lugar debían ir para descargar sus contenidos tal como lo hace un autopista en una ciudad.

Me acerqué al tanque para ver si estaba funcionando el control, ya que últimamente no lo estaba haciendo bien. Miré a mi alrededor y lo que de día era un mundo de gente, camiones, guinches, etc., ahora estaba convertido en un verdadero desierto. El viento soplaba cada vez más fuerte y el frío era muy intenso. Metí las manos en la campera para evitar que se me congelaran. Revisé el equipo y no noté ninguna anomalía.

Ya convencido del correcto funcionamiento del tanque, estaba a punto de dirigirme hacia el taller. Al levantar la cabeza y mirar hacia donde están los depósitos de los productos terminados, esos inmensos galpones criadores de ratas, me pareció ver a dos sombras de personas correr dentro de uno de estos depósitos.

No sentí miedo, lo que sentí fue algo raro, una sensación extraña, difícil de explicar. Inmediatamente descarté la posibilidad de que sean mal vivientes, ya que todo el perímetro de la fábrica estaba controlado con un sistema de alarma y cámaras de seguridad, lo que hacía casi imposible el acceso desde afuera por un lugar que no sea la entrada principal al establecimiento.

¿Alguien haciendo una broma?. Era probable, pero aquel era un lugar peligroso para andar haciendo chiquilinadas, ya que no había luz de ningún tipo.

¡Creo que es mejor ir para el taller!. Me dije. Pero en realidad estaba queriendo ir a investigar que estaban haciendo aquellas personas o lo que fueren.

Antes de caminar hacia allí, saque del bolsillo de la camisa el teléfono celular y miré la hora. Eran las 2:03Hs. Guardé el teléfono y comencé a caminar muy lentamente hacía aquel lejano y oscuro lugar. El frío lo sentía cada vez más punzante sobre mis piernas y ahora sentía un poco de miedo, el cual aumentaba de manera proporcional a lo que me iba acercando al galpón.

Antes de cruzar la puerta, miré a mi alrededor y no vi nada anormal. Crucé.

El lugar era de las dimensiones de una cancha de jockey por aproximadamente unos ocho metros de altura. Las ventanas eran de vidrio, muchas de éstas rotas y otras emparchadas con cartón. La luz de la luna se colaba casi vergonzosa dentro del lugar. Se escuchaba el abrir y cerrar de una  puerta con bisagras oxidadas, pero no alcanzaba a verla, ya que estaba todo lleno de bolsones de 500Kg de producto que interrumpían el paso.

Caminé unos pasos por el pasillo formado por los bolsones hasta que algo me detuvo.

-         ¡No, por favor… NO!. Se escuchó el alarido de una mujer.

Las mujeres que trabajaban en fábrica eran o doctoras de turno o servicio de limpieza, ya que las tareas a realizar son muy pesadas para ser hechas por mujeres.

-         ¡No, NOOO!. Escuché otra vez.

Sentí como todo mi cuerpo desaparecía de allí, dejando la piel apoyada sobre unos cuantos huesos. La adrenalina era tanta que hizo que me tiemble el cuerpo. Los pelos del brazo se erizaron al tiempo que me corría una brisa por todo el cuerpo, sobre todo en la nuca. Me quedé estático. Quería correr pero no podía.

De entre unos bolsones veo que se asoma algo. Estaba muy oscuro, pero llegué a divisar unos enormes ojos rojos que miraban fijamente donde estaba yo. Al lado de éste, aparece otra cosa de esas haciendo un ruido raro, como un gemido.

Empecé a correr hacia el taller principal, tan rápido como pude. Sentía pasos tras de mí, así que supuse que me estaban siguiendo, pero no quise mirar.

Ya casi dentro del complejo observo que a mi derecha se acercaban tres cosas de esas más. Abrí la puerta como pude y entré al lugar donde se encuentran las computadoras, una sala con puertas en dos lados, una da al exterior y la otra apunta hacia el taller principal.

Cerré ambas puertas con todo lo que tenía, utilicé mesas vacías para trabarlas, apoyé las computadoras en el piso y usé los escritorios para asegurarlas.

Me calmé un poco y me dediqué a escuchar a través de una de las puertas. El silencio era espantoso, no se escuchaba nada… absolutamente nada.

Tomé el teléfono de emergencia, el cual estaba contratado para que se pueda utilizar en fábrica y no con salida al exterior, y llamé al segundo piso, donde estaban los muchachos trabajando.

El teléfono sonó y sonó, pero nunca lo atendieron. Llamé a la sala de control en el cuarto piso para ver si tenía respuesta de alguien, pero tampoco tuve suerte.

En ese momento supuse lo peor. Todos en la fábrica habían sido atacados por estas criaturas, todos excepto yo.

Encendí una de las computadoras y sentí un golpe muy fuerte sobre la puerta que da al exterior. Traté de no hacer ruido, pero otro golpe con igual fuerza azotó otra vez esta vieja puerta de madera. 

Bueno, este es el fin… no sé cuanto pueda resistir esta puerta, lo único que sé, es que si esos bichos entran en este cuarto…

No tengo más opción que escribir esto en la computadora y tratar de enviarlo a mis amigos y parientes, así que si te llega, no lo borres, pasalo para que sepan que fue lo que sucedió en la fábrica.

Registrarte y comentar la historia

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Preguntas frecuentes    -     Anunciar    -     Publicar poemas
Nuestra red: Dietista online