Ayer antes de acostarme me vino a visitar una estrella. Se había escapado de la luna. La vi muy agitada. Su semblante pintaba tristeza. Cerré la ventana de mi habitación para evitar que la luna la descubriera, y me senté en la cama dispuesta a entablar una conversación con ella. Esperé a que atinara a decir algo. Pero permaneció muda con la mirada fija en el techo un par de minutos. No me atreví a distraerla, sólo esperé a que reaccionara. Cuando lo hizo se abalanzó sobre mi y me abrazó ¡Que sensación tan extraña! Nunca había abrazado a una estrella. Su llanto bañó de lágrimas mis hombros. Preocupada le pregunté que le estaba pasando. Ella me dijo que no podía brillar. Pensé una solución. Le dije que tal vez su angustia se lo impedía. Ella con voz temblorosa me dijo que no era feliz; y que sólo las estrellas que eran felices brillaban. Le prometí ayudarla. Ella, volvió a abrazarme. Comencé a decirle todo lo bueno que veía en ella, y la gran admiración que le tenía al verla lucir su brillo en el cielo. Pasamos hablando toda la noche. La luna se fue escondiendo y, el sol con un gran bostezo asomo sus rayos. La estrella me advirtió que debía irse. La alenté a brillar. Le dije que esa misma noche abriría mi ventana para ver su brillo reflejado en mis ojos. Me abrazó una vez más y se marchó. Al llegar la noche, abrí mi ventana y la busqué con la mirada. Esperé varios minutos, hasta que de golpe apareció. Me guiñó el ojo y me saludó afectuosamente; su brillo era mayor que el de las demás estrellas. Sonreí y permanecí en mi ventana observándola, hasta que el sueño me venció. Y me dormí; convencida de que ella era feliz. Agustina.