-¡Mira Ricardo! ¡Es una estrella fugaz! gritaba Laura con entusiasmo. Pero Ricardo estaba entretenido leyendo libros de matemática, por lo que no prestaba atención a la emocionada voz de la pequeña. Laura era una niña muy despierta e inteligente, pero nunca podría acercarse ni de lejos al intelecto de su hermano. Ricardo, con diez años de edad nunca jugaba, sólo leía, murmuraba palabras ininteligibles en voz baja y miraba todo con ojos de adulto. Sí, Ricardo era verdaderamente un adulto encerrado en el cuerpo de un niño. A veces, el muchacho tenía pequeños detalles con su hermana Laura, como aquella vez en que le construyó un alumbrado para su casa de muñecas, o esa otra en la que puso un mecanismo a la lavadora de juguete para que lavara de verdad. Pero la pequeña Laura se sentía muy sola. Nadie le hacía caso, pues sus padres prestaban tanta atención a Ricardo, que ella parecía insignificante para ellos y su hermano, tan ausente, no parecía percatarse de la gran admiración que la inocente y curiosa niña tenía por él. Y así crecieron, Laura con una gran sensación de vacío, pero convirtiéndose en una preciosa joven de 23 años, con una carrera de publicidad, y Ricardo, a sus 25, con tres carreras de física, varias lingüísticas con especialidades en lenguas muertas y un futuro tan prometedor, que todos los mortales envidiaban su suerte. Pero el destino quiso que Laura se pusiera enferma. La dolencia que la joven padecía era incierta, pues por más pruebas que le realizaban, los médicos no atinaban a acertar qué extraño virus la debilitaba. Los padres se volcaron entonces con su hija, cuidándola como nunca antes lo habían hecho, llevándola ante los doctores más caros y prestigiosos, pero todo era en vano. Ricardo, por su parte, también estaba investigando en la dolencia de su hermana, pero tampoco encontraba una solución. Laura se moría, se desvanecía poco a poco, como una flor que, arrancada, se marchita y nadie podía hacer nada por ayudarla. Pasaron unos meses, en los cuales nada pudo hacerse, hasta que, por fin, el médico dijo que a Laura le quedaban escasas horas de vida. El padre dio un puñetazo a la puerta del salón, la madre echó a llorar desconsoladamente y Ricardo hizo lo único que podía hacer en un momento así: pasar las últimas horas de su hermana con ella. -¿Qué necesitas hermanita? Preguntó con la voz menos triste que pudo poner. -La verdad es que no necesito nada. Me hubiera gustado tener más tiempo para saber cómo es la vida, pero a parte de eso, no necesito nada más. -Algo tiene que haber que te interese hacer antes Ricardo cortó en seco sus palabras, pues no quería mencionar la muerte. -Mira Ricardo, tú siempre has estado inmerso en tus libros, en tus estudios, pero yo he visto el mundo. He vivido admirando todo lo que me rodeaba, he disfrutado de mis amigos, he viajado a algunos sitios, creo que he vivido poco, pero bien; y si me ha llegado la hora, pues tendré que irme con la cabeza alta, sabiendo que hecho todo lo que he podido con mi corta vida. -Pero yo, con todo lo que sé, debería haberte salvado. Tendría que haber encontrado una solución a tu enfermedad, tendría que demostrar que soy tan listo como soy. -Ja, ja, ja, - rió divertida Laura. -¿Qué? ¿Qué he dicho? Preguntaba asombrado Ricardo, creyendo que su hermana estaba comenzando a delirar. -Pues es que ese es tu problema. Crees que la inteligencia está en la mente, pero la mayor inteligencia se demuestra con el corazón. Solo los que quieren de verdad, los que se esfuerzan con valentía, consiguen ser grandes genios. Y no les hace falta ser tan listos, solo tienen que querer, solo tienen que aprender de corazón. Pero a veces, la mayor lección que debemos llevarnos es que no lo podemos todo. No somos dioses. Sólo humanos. Y si de verdad quieres darme lo que necesito, recuérdame. No te olvides de que un día tuviste una hermana pequeña que te admiraba, que te quería y que deseaba que fueras feliz. ¿Recuerdas cómo miraba de pequeña las estrellas fugaces? Pues así quiero que me recuerdes, como una de esas estrellas, que pasan por tu vida un segundo y se quedan en tu corazón el resto de ella, haciéndote saber que, vayas donde vayas, no estás solo, porque en algún lugar del universo, esa luz está luciendo por ti. Laura murió aquella misma tarde, cogida de la mano de Ricardo. Pasaron muchos años. Ricardo, convertido ahora en un viejo sabio, se hacía rodear de su familia y amigos. Sentado en la terraza de su casita de campo, en una calurosa tarde de agosto, charlaba animadamente con Alfonso, el más inteligente de sus nietos: -Abuelo, ¿crees en los milagros? -Pues, verás, Alfonsito, antes no creía más que en la ciencia, pero ocurrió un hecho en mi vida, algo tan asombroso, que me hizo cambiar de opinión. -¿Y qué fue, abuelo? Cuéntame, ¿cómo te volviste creyente? -Fue el día que, por mi vida, pasó una estrella fugaz, la más grande e inmensa que jamás observé. Esa estrella, querido nieto, se llamó Laurita y su luz, brilló tanto y tan dentro de mi corazón, que cambió mi vida. Es por ella que podemos mantener esta conversación, pues si Laurita no hubiera existido, jamás hubiese entendido el sentido de la vida. Eso son, querido nieto, los milagros. Pequeños hechos extraordinarios que cambian tu vida, haciéndola mejor, mas llena, recordándote que, estés donde estés, siempre habrá estrellas en el cielo, observándote, cuidándote, vigilando que no se te escape contemplar el maravilloso espectáculo del paso por tu vida, de una verdadera estrella fugaz.