La Estancia

Categoría(s): Historias, ficción, sueños, vida

Un relato de ayer que hoy rescato del baúl de los recuerdos. 

 

 

La estancia es atravesada diagonalmente por un haz de luz que entra con el potente y lateral rayo solar proveniente de la calle, a esa hora en que la canícula restringe el número de paseantes, a través de las finas rendijas, separadas, de una persiana que cubre totalmente la apertura espaciosa de una gran ventana cuyas hojas de cristal se abren a ambos lados como alas de mariposa.

El resto de la estancia está en penumbra, una penumbra suave, refrescante, relajante, tranquilizadora, reparadora. La podemos observar a través del turbio y fino telón cargado de partículas atmosféricas en continuo bailoteo que desde la ventana atraviesa la estancia hasta chocar con el suelo donde se dispersan y desaparecen esas finas motas de infinito.

De entre la penumbra se adivina una pared cubierta en su totalidad por una librería, repleta hasta los topes de esos preciados artilugios formados por hojas de papel. Unas, blancas, lisas, resplandecientes como sábanas recién planchadas; otras, mates, en color vainilla, y otras, de un amarillo pajizo más subido, envejecidas por el paso del tiempo; arrugadas, algunas; con los bordes engrosados, otras, y otras, picadas e incluso agujereadas. Todas ellas manchadas en su interior por líneas paralelas formadas a su vez por letras y que juntas forman un rectángulo de tinta negra. Esos folios están bien resguardados por unas tapas más o menos flexibles; de cartulina brillante unas, otras de cartón mate, y otras de piel; color marrón, unas; verde esmeralda, otras; otras también en azul marino y también otras en burdeos; éstas lucen algún detalle dorado, como el que podemos ver, a veces, bordeando el filo de la lámina. También podríamos adivinar, de entre las hojas de alguno de ellos, salir corriendo al abrirlo o permanecer inmóvil por el aplastamiento, alguno de esos pececillos plateados, esos bichitos ancestrales que gustan de crear sus hogares entre los pliegos del papel. Artilugios que contienen, cada uno de ellos, en ese reducido y mágico espacio entre hoja y hoja, miles de historias de la humanidad; trágicas unas, divertidas otras, otras mezquinas, otras brillantes, vidas completas, guías del saber, profundos pensamientos, líricas poesías, libidinosas narraciones, enternecedores relatos, ocultos misterios...

Junto a otro de los muros, una antigua mesa escritorio en recia madera, imposible de averiguar su vegetal origen, debido a esa penumbra que la envuelve, acompañada por un sillón cualquiera. Unos pocos elementos acompañan, sobre ella, una moderna computadora, reuniendo así en un mismo bloque dos momentos de una misma historia. En un rincón, una mesita velador sostiene una lámpara con pantalla de pergamino en forma de tronco de cono. Esta lamparita, un poco antigua, suele coquetear con el teléfono de moderno diseño que la acompaña día a día. ¡Es irremediable, están hechos el uno para el otro! En la pared, sobre ella, un cuadro de mediano tamaño vigila la escena. No me pregunten por el tema de este cuadro, por su colorido, por la técnica con la que está pintado, a esa media luz, imposible averiguarlo. Más bien parece un óleo, pues una lámina de acuarela, un grabado, una litografía, irían cubiertos por un cristal, y eso, pienso que, aun en la tenue penumbra de la estancia, no pasaría desapercibido.

Un viejo sofá de cuero, un par de sillas de anea y un cómodo, blando y ancho sillón orejero completan el mobiliario de la estancia sobre un cálido y, a la vez fresco, suelo de madera.

El sillón se encuentra colocado en ángulo con la pared de la ventana, próximo a ella, en su flanco derecho. Tal vez este sillón tenga dueño, tal vez su dueño tenga por costumbre, cada tarde, acercarse a la pared de la librería y alcanzar uno de esos misteriosos libros que esconden en su interior historias insospechadas, tal vez lo coja y se acomode en su "sillón favorito" para deshojarlo entre sus dedos y devorarlo con sus ojos, y para ello requiere de esa suave luz que entra en la estancia a través de las rendijas de la persiana. Ah, por eso el sillón está colocado en ese ángulo.

El sillón está recubierto por una fresca colcha de hilo color crudo, adamascada, que lo aísla de la calurosa tapicería y contiene en su regazo un cómodo y mullido cojín en color vino.

¡Estamos de suerte!, hoy podemos ver al dueño sentado en su "sillón favorito". Es un hombre ya algo maduro, con el pelo entrecano, bastante corpulento, atractivo, de aspecto saludable y, yo diría que juvenil. Viste ropa actual, desenfadada, cómoda. Una camiseta de algodón en color azul, un poco desvaído por el paso del tiempo, algo oscurecida en su parte central superior, la parte que cubre el pecho, oscurecida por la humedad del sudor que, inevitablemente, la empapa al pegarse a la piel de este fornido hombre, atormentado por el calor de la canícula. Unos clásicos pantalones tejanos, desgastados por el tiempo, y unas frescas zapatillas veraniegas completan su atuendo. Como imaginaba, tiene entre sus manos uno de esos libros que descansan en las estanterías de su biblioteca. Ahora que me doy cuenta, también veo alguno de ellos estratégicamente dejado caer, sobre un brazo del sofá, uno; otro, más pequeño, sobre la mesita velador, incordiando la íntima conversación entre la lámpara y el teléfono; tres, amontonados sobre la mesa escritorio y, debe haber alguno más por ahí perdido, que ahora se esconde a mi vista. El hombre, relajado en su sillón, saborea las páginas del libro que sostiene entre sus manos. A esta distancia y con tan poca luz, imposible leer el título, pero puede ser cualquiera, creo que le interesa casi todo.

En la estancia aparece una mujer, entra con sigilo, para no molestar. Es una mujer también madura, también robusta, también atractiva, quizás mayor que el hombre, pero disimula sus canas bajo un desenfadado corte "a lo garçon" teñido de rojizos reflejos que acentúan su pecosa piel. Ella, a pesar de la edad, también conserva un aire juvenil y se le ve rezumar vitalidad por los poros; vitalidad y también sudor. Lleva puesto un ligero vestido color naranja, con tenue estampado en blanco, corto a la rodilla, dejando asomar por debajo un fresco pantalón pirata en hilo blanco. El vestido, muy escotado, deja los hombros de la mujer al descubierto y realza sus abundantes senos que, dicho sea de paso, no cubre en su totalidad, de manera que no esconde en absoluto esos transparentes y brillosos riachuelos que rezuman desde el cuello y resbalan por el escote reuniéndose para descansar en esa oscura y umbría hendidura. Unas chanclas "de dedo" también en naranja, complementan la veraniega vestimenta.

La mujer se acerca despacito al hombre, que lee en su sillón. Parece que está adormilado; tal vez la lectura, el calor y el peso de la jornada hayan podido con él por unos instantes y lo hayan dejado transpuesto. Ella no dice nada. Con precaución se arrodilla al lado del sillón apoyándose en uno de los brazos. Recoge el libro, a punto de caerse de las manos del hombre y lo deposita con cuidado en el suelo junto a ella. Entonces apoya su cabeza sobre los brazos y saca una mano para depositarla levemente sobre el torso del hombre. Este, todavía adormilado, la coge entre las suyas y la aprieta contra su pecho. Poco a poco recupera la lucidez, la mira a los ojos y los dos permanecen así un rato, sus miradas clavadas la una en la otra; brillantes, inquietantes, traspasantes, silenciosas y habladoras. Después de ese paréntesis en la historia, en el que el tiempo estuvo detenido y los relojes parados, el hombre recoge a la mujer por debajo del codo en un ademán de ayudarla a levantar del suelo al mismo tiempo que la atrae hacia sí. Con más vehemencia la toma por la cintura fuertemente y la hace caer sobre su regazo. Levanta su barbilla entre sus dedos y acerca sus encendidos labios a los de ella.

Mientras, la luz del atardecer ha caído; si nadie osa levantar la persiana o encender la lamparita que tontea con el teléfono, me temo que no vamos a poder continuar viendo la escena... Entre las sombras y los tenues claros que aún perduran, parece que se adivina la silueta de la pareja que abandona la estancia. Traspasan la puerta y desaparecen a nuestra vista. La estancia queda a oscuras con un libro tirado por el suelo (perdón, tirado no, depositado); la colcha del sillón, arrugada y desordenada; el teléfono, jugueteando con la lamparita; el sofá y el cuadro, impertérritos; el escritorio, firme en su sitio; la pantalla del monitor, en reposo, y los libros, todos ordenados en su correspondiente sitio, dejando escapar algún dorado destello y ocultando en su interior algún pececillo plateado.

 

 

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Comentarios:

Escrito por: SDM_utopia       08/09/08 02:40
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Hola^^ hace tiempo ke no nos hemos contactado...
BUen trabajo. Impecable, bueno y no tengo mas palabras... esta FABULOSO!!
sigue asi^^
bye
xD
Escrito por: sumysel       05/09/08 21:04
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Impecable forma de hacerme formar parte de toda esa "escenografía" preparada sutilmente...sentirme protagonista de la escena romántica, vislumbrar el "después" de los besos y la ternura al abandonar la estancia y desaparecer de la escena.
Desde mi modesta opinión, si el escritor logra que el lector forme parte de su texto o se "vea" reflejado en su texto...opino que se trata de un trabajo muy bien logrado.
Simplemente fantástico lo tuyo y muy bien logrado. Cumplió su cometido.!!
Un abrazo, Sol.
Escrito por: rosanavera       05/09/08 03:12
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Muy entretenido tu relato, me parecía estar como expetador viendo todo con tanto detalle, muy sutil, te felicito, cariñoos...
Escrito por: Azulejos       05/09/08 01:11
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Bellisimo relato, imágenes que parecen pasar por la mente como una película, y la delicadeza de cada detalle. Felicitaciones avecita, cariños y besos, tibi
Escrito por: Renanalvarez       04/09/08 20:23
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Impresionante, recreas momentos lúcidos de un amor que rejuvenece en su tiempo.
saludos
Martín
Escrito por: omenia       04/09/08 17:24
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Excelente, lo he disfrutado mucho, casi me he sentido esa mujer que completa la escena tan bien relatada y pintada por tí.
Páginas: 1

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