


| Escritor: | avesolitaria |
| Públicado: | 04/09/2008 |
Un relato de ayer que hoy rescato del baúl de los recuerdos.
La estancia es atravesada diagonalmente por un
haz de luz que entra con el potente y lateral rayo solar proveniente de
la calle, a esa hora en que la canícula restringe el número de
paseantes, a través de las finas rendijas, separadas, de una persiana
que cubre totalmente la apertura espaciosa de una gran ventana cuyas
hojas de cristal se abren a ambos lados como alas de mariposa.
El resto de la estancia está en penumbra, una penumbra suave,
refrescante, relajante, tranquilizadora, reparadora. La podemos
observar a través del turbio y fino telón cargado de partículas
atmosféricas en continuo bailoteo que desde la ventana atraviesa la
estancia hasta chocar con el suelo donde se dispersan y desaparecen
esas finas motas de infinito.
De entre la penumbra se adivina
una pared cubierta en su totalidad por una librería, repleta hasta los
topes de esos preciados artilugios formados por hojas de papel. Unas,
blancas, lisas, resplandecientes como sábanas recién planchadas; otras,
mates, en color vainilla, y otras, de un amarillo pajizo más subido,
envejecidas por el paso del tiempo; arrugadas, algunas; con los bordes
engrosados, otras, y otras, picadas e incluso agujereadas. Todas ellas
manchadas en su interior por líneas paralelas formadas a su vez por
letras y que juntas forman un rectángulo de tinta negra. Esos folios
están bien resguardados por unas tapas más o menos flexibles; de
cartulina brillante unas, otras de cartón mate, y otras de piel; color
marrón, unas; verde esmeralda, otras; otras también en azul marino y
también otras en burdeos; éstas lucen algún detalle dorado, como el que
podemos ver, a veces, bordeando el filo de la lámina. También podríamos
adivinar, de entre las hojas de alguno de ellos, salir corriendo al
abrirlo o permanecer inmóvil por el aplastamiento, alguno de esos
pececillos plateados, esos bichitos ancestrales que gustan de crear sus
hogares entre los pliegos del papel. Artilugios que contienen, cada uno
de ellos, en ese reducido y mágico espacio entre hoja y hoja, miles de
historias de la humanidad; trágicas unas, divertidas otras, otras
mezquinas, otras brillantes, vidas completas, guías del saber,
profundos pensamientos, líricas poesías, libidinosas narraciones,
enternecedores relatos, ocultos misterios...
Junto a otro de
los muros, una antigua mesa escritorio en recia madera, imposible de
averiguar su vegetal origen, debido a esa penumbra que la envuelve,
acompañada por un sillón cualquiera. Unos pocos elementos acompañan,
sobre ella, una moderna computadora, reuniendo así en un mismo bloque
dos momentos de una misma historia. En un rincón, una mesita velador
sostiene una lámpara con pantalla de pergamino en forma de tronco de
cono. Esta lamparita, un poco antigua, suele coquetear con el teléfono
de moderno diseño que la acompaña día a día. ¡Es irremediable, están
hechos el uno para el otro! En la pared, sobre ella, un cuadro de
mediano tamaño vigila la escena. No me pregunten por el tema de este
cuadro, por su colorido, por la técnica con la que está pintado, a esa
media luz, imposible averiguarlo. Más bien parece un óleo, pues una
lámina de acuarela, un grabado, una litografía, irían cubiertos por un
cristal, y eso, pienso que, aun en la tenue penumbra de la estancia, no
pasaría desapercibido.
Un viejo sofá de cuero, un par de
sillas de anea y un cómodo, blando y ancho sillón orejero completan el
mobiliario de la estancia sobre un cálido y, a la vez fresco, suelo de
madera.
El sillón se encuentra colocado en ángulo con la
pared de la ventana, próximo a ella, en su flanco derecho. Tal vez este
sillón tenga dueño, tal vez su dueño tenga por costumbre, cada tarde,
acercarse a la pared de la librería y alcanzar uno de esos misteriosos
libros que esconden en su interior historias insospechadas, tal vez lo
coja y se acomode en su "sillón favorito" para deshojarlo entre sus
dedos y devorarlo con sus ojos, y para ello requiere de esa suave luz
que entra en la estancia a través de las rendijas de la persiana. Ah,
por eso el sillón está colocado en ese ángulo.
El sillón está
recubierto por una fresca colcha de hilo color crudo, adamascada, que
lo aísla de la calurosa tapicería y contiene en su regazo un cómodo y
mullido cojín en color vino.
¡Estamos de suerte!, hoy podemos
ver al dueño sentado en su "sillón favorito". Es un hombre ya algo
maduro, con el pelo entrecano, bastante corpulento, atractivo, de
aspecto saludable y, yo diría que juvenil. Viste ropa actual,
desenfadada, cómoda. Una camiseta de algodón en color azul, un poco
desvaído por el paso del tiempo, algo oscurecida en su parte central
superior, la parte que cubre el pecho, oscurecida por la humedad del
sudor que, inevitablemente, la empapa al pegarse a la piel de este
fornido hombre, atormentado por el calor de la canícula. Unos clásicos
pantalones tejanos, desgastados por el tiempo, y unas frescas zapatillas
veraniegas completan su atuendo. Como imaginaba, tiene entre sus manos
uno de esos libros que descansan en las estanterías de su biblioteca.
Ahora que me doy cuenta, también veo alguno de ellos estratégicamente
dejado caer, sobre un brazo del sofá, uno; otro, más pequeño, sobre la
mesita velador, incordiando la íntima conversación entre la lámpara y
el teléfono; tres, amontonados sobre la mesa escritorio y, debe haber
alguno más por ahí perdido, que ahora se esconde a mi vista. El hombre,
relajado en su sillón, saborea las páginas del libro que sostiene entre
sus manos. A esta distancia y con tan poca luz, imposible leer el
título, pero puede ser cualquiera, creo que le interesa casi todo.
En la estancia aparece una mujer, entra con sigilo, para no molestar.
Es una mujer también madura, también robusta, también atractiva, quizás
mayor que el hombre, pero disimula sus canas bajo un desenfadado corte
"a lo garçon" teñido de rojizos reflejos que acentúan su pecosa piel.
Ella, a pesar de la edad, también conserva un aire juvenil y se le ve
rezumar vitalidad por los poros; vitalidad y también sudor. Lleva
puesto un ligero vestido color naranja, con tenue estampado en blanco,
corto a la rodilla, dejando asomar por debajo un fresco pantalón pirata
en hilo blanco. El vestido, muy escotado, deja los hombros de la mujer
al descubierto y realza sus abundantes senos que, dicho sea de paso, no
cubre en su totalidad, de manera que no esconde en absoluto esos
transparentes y brillosos riachuelos que rezuman desde el cuello y
resbalan por el escote reuniéndose para descansar en esa oscura y
umbría hendidura. Unas chanclas "de dedo" también en naranja,
complementan la veraniega vestimenta.
La mujer se acerca
despacito al hombre, que lee en su sillón. Parece que está adormilado;
tal vez la lectura, el calor y el peso de la jornada hayan podido con
él por unos instantes y lo hayan dejado transpuesto. Ella no dice nada.
Con precaución se arrodilla al lado del sillón apoyándose en uno de los
brazos. Recoge el libro, a punto de caerse de las manos del hombre y lo
deposita con cuidado en el suelo junto a ella. Entonces apoya su cabeza
sobre los brazos y saca una mano para depositarla levemente sobre el
torso del hombre. Este, todavía adormilado, la coge entre las suyas y
la aprieta contra su pecho. Poco a poco recupera la lucidez, la mira a
los ojos y los dos permanecen así un rato, sus miradas clavadas la una
en la otra; brillantes, inquietantes, traspasantes, silenciosas y
habladoras. Después de ese paréntesis en la historia, en el que el
tiempo estuvo detenido y los relojes parados, el hombre recoge a la
mujer por debajo del codo en un ademán de ayudarla a levantar del suelo
al mismo tiempo que la atrae hacia sí. Con más vehemencia la toma por
la cintura fuertemente y la hace caer sobre su regazo. Levanta su
barbilla entre sus dedos y acerca sus encendidos labios a los de ella.
Mientras, la luz del atardecer ha caído; si nadie osa levantar la
persiana o encender la lamparita que tontea con el teléfono, me temo
que no vamos a poder continuar viendo la escena... Entre las sombras y
los tenues claros que aún perduran, parece que se adivina la silueta de
la pareja que abandona la estancia. Traspasan la puerta y desaparecen a
nuestra vista. La estancia queda a oscuras con un libro tirado por el
suelo (perdón, tirado no, depositado); la colcha del sillón, arrugada y
desordenada; el teléfono, jugueteando con la lamparita; el sofá y el
cuadro, impertérritos; el escritorio, firme en su sitio; la pantalla del
monitor, en reposo, y los libros, todos ordenados en su correspondiente
sitio, dejando escapar algún dorado destello y ocultando en su interior
algún pececillo plateado.
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