He vuelto a enfermar, con la misma fuerza que siempre. He pasado todos los días solo. Desde anoche no he cerrado la ventana y todavía conservo el libro. Entra lentamente por la puerta diciéndome que me haría compañía. Toma el libro y mira desde la ventana, afuera, mi vida. Deja caer el libro, habla unas cosas y yo entiendo otras. Cierra la boca. Sigue moviéndose por la habitación y todo me duele y sudo.Miro el libro y quisiera que lo recogiera, pero por mi vida no lo hace. Sigue tirado en el suelo y no puedo hablar, habla. Sigo convencido de mi soledad; sobre el piso en el que yace el libro me persuado de ello. Tan sólo figuras andróginas desde la ventana y afuera. Me falta un poco del aire que retiene pero no lo suelta; la cama se agranda y el cuerpo enfermo pierde el suelo de papel y cartón. Parece detenerse, lo observo un rato y se mueve como un fantasma, más rápido, y tan rápido como las letras de una página. Desplazamiento loco sobre un universo de tinta enfermo. Siento el ambiente de celulosa del cuarto. Ya no puedo ni siquiera pensar; cuando quiero abrir los ojos, vida se detiene y siento miedo, sigue moviéndose, pero el mal de espíritu termina venciendo al cuerpo en incertidumbre. Transparentándose en la ventana, negando el exterior; repentinamente se detiene, ha olido el hedor de mi alma. El libro le importa poco. Se acerca. Pregunta cosas. Qué eres acartonado. Mira mis ojos, ¿haces bien? Examíname y luego mira la ventana ¿podremos algún día estar seguros de que es estar realmente enfermo? Ha transcurrido el tiempo. Esto ya no sirve, sobre el libro hay un nombre que no ha leído, al que no ha prestado importancia. Con el libro entre las manos se desliza por debajo de mi cama. No comprendo y eso me aterra. Me comprende y se marcha con el libro, cierra la puerta. Ahora no existe. Ahora estoy realmente solo.