


| Escritor: | palabraimagen |
| Públicado: | 29/07/2007 |
Personajes de la literatura como el caballero andante y su escudero evocan trasfondos de tragedias horribles entre quienes les rodeaban en su geografía patria, sumidos en su realidad, sin ser capaces de renunciar a ella o sin planteárselo siquiera, como personajes del teatro ineludiblemente ceñidos a un libreto absorto en el espíritu de su momento histórico, hallándose en los vericuetos de sus vidas nombres que de pronto aparecieron en una edad remota, como reza en libros antiguos. Es de observarse asimismo en el origen de este expansionismo que en la península ibérica era considerada esta lengua tosca para hacer poesía, hasta cuando apareció este personaje a caballo como suficiente razón, para que en la historia se señalen los inicios de Hispanoamérica. Obra escrita por uno de los súbditos más notables que tuvieron los reyes católicos, obediente del mandato divino y sobre todas las cosas- de las leyes para la causa imperial en lugares nunca soñados antes en Castilla ni en Roma; plasmados en pasajes literarios con la glorificación de la figura decaída de este caballero, quien al final de su vida no preconiza ya el combate contra los simbólicos molinos de viento ni pregona batallas motivadas por sus admirados predecesores en los libros que tanto había leído, sino que, desde su cama de enfermo hace apología del rezo con fe absoluta y del arrepentimiento de sus locuras.
Así, observando desde esta perspectiva generacional es bueno tener presente la enorme distancia en el tiempo y a la vez, la latencia de ese espíritu arcaico en la arquitectura actual de las ciudades colombianas excepto pocas-, en la estructura social del campo y en el lenguaje común de la gente de cualquier región latinoamericana, al valerse de palabras que parecen salidas del tiempo presente, arraigadas en el alma con las mismas formas de apreciar hechos de la vida y de evocar a Dios, muchas veces en los mismos tonos de los ancestrales colonos con su pensamiento rígido; permitiendo demostrar que cada obra en cualquier campo de la cultura revela trasfondos del autor y sus contemporáneos con sus esperanzas e ideales, tal como lo hace este cuento español que, al bajarlo del andamiaje en que se le ha catalogado por efecto de circunstancias concretas, revela los escenarios donde fue configurada y cada uno de los personajes que componen las imágenes contextualizantes de su realidad, cuando Cervantes sería apodado por siempre: Manco de Lepanto, después de participar en esa famosa guerra; haciéndole un honor a su lesión irreversible con el nombre de armadura que bautizó a su protagonista: quijote(21-22), y a la vez creándole una memoria a la caballería conquistadora que se lanzó al ristre por el expansionismo de coronas y bancos europeos, porque seguramente- ya habían pasado los tiempos de otros cruzados que creyeron en recuperar la sangre azul de los dioses que precedieron a la especie humana(l8).
23- Diccionario Encarta de Internet.
Doradito
Así se vuelve de particular la ventana donde llegan estos seres de vuelo y canto, cada uno en su momento, como haciendo fila para el turno correspondiente, de a uno y en grupos de tres o cuatro y hasta cinco; primero unos, luego otros; unos días estos y otros aquellos. Cuando esperan los azulejos, entonan su canto triunfal alternadamente -pudiendo admirarse su porte de elegantes artistas que siempre terminan con una venia ante su público-, pegados con sus paticas de la malla o de la mata que adorna la ventana, o de los novios rosados y blancos que hay en el pequeño patio estéril del primer piso, donde logran resguardar el tono azul de su plumaje perfecto, para no ser vistos desde las alturas por algún rapaz hambriento.
DON ALFONSO
Él es fuerte, alto y robusto como un árbol, su semblante cálido y su sonrisa le dan un aire de adolescente tierno, porque la blancura de sus dientes evoca la frescura de la juventud, pero al compaginar con la claridad de su pelo encanecido, delata esa edad que corrientemente se toma como de la melancolía, al resaltar sobre su piel oscura como el ébano o mipingo, éste árbol africano cuya finura determina la calidad de instrumentos musicales para orquestas sobresalientes, haciéndose muy codiciado por esas industrias, que con su explotación le han puesto al borde de la extinción, propiciando con ello el avance de la desertización en el continente de los ancestros de su raza africana, porque la cualidad natural de este vegetal es la resistencia al fuego, haciéndole protagonista en el equilibrio de esos ecosistemas, al llegar la temporada del verano con la devastación causada por los incendios forestales.
Ni siquiera su voz profundamente grave, parece insinuar la proximidad de ese final que a todos algún día nos sorprenderá, porque las palabras afloran con soltura de sus labios carnosos y añaden a su rostro el gesto de satisfacción desacostumbrado entre nuestra gente, al tiempo que sus brazos musculosos y manos grandes se abren en una expresión de amor, que compagina con su porte altivo y su estatura de palmera, frente al océano que unas décadas atrás le llevó sobre la cresta de sus olas, en el pequeńo velero construido con sus propias manos de pescador enamorado que confiaba en la buenaventura de cada día, bajo soles abrasadores o entre tormentas que algunas veces, casi hacen zozobrar su inquebrantable empeńo. Yendo al ritmo del oleaje por parajes recónditos de espumas, vapores y atmósfera salobre, o al paso del canalete entre manglares del pie de cordillera andina que desde sus cúspides paramunas, precipita como por encanto, los ríos de inmensos caudales que arrastran en sus lechos cantidades insospechadas de oro entre las arenas fangosas; yendo y viniendo él, entre la humedad de mar y selva, en una de las regiónes más lluviosas de la Tierra.
Él, ahí sentado en su enorme butaca de troncos y tablas, da la impresión de encontrarse cómodamente en un mullido sofá; dejando notar el característico semblante de nobleza que se insufla en el espíritu por la contemplación de la hermosura, al henchirse con la admiración por lo magnificiente que encierra el misterio de todas las existencias en la tierra, el agua y los aires; desbordándose por eso su sinceridad al narrar las aventuras de navegante o las historias sobre el origen de sus gentes, llevándole a adoptar un tono enfático en la voz y una expresión intensa en sus ojos negros y profundos, cuando afirma que llegaron a esta región, huyendo de la mala vida.
-Ahí nacieron mis padres y abuelos, y también nací yo. Dice con orgullo, al tiempo que seńala una casita cercana, en la que puede apreciarse el paso del tiempo en los troncos y tablas con que fue levantada, antes de los bosques frondosos caer como objeto de codicia para madereros y otros industriales que hoy construyen aserríos por doquier, pues esta materia prima es muy noble y sirve para fabricar muebles, papel y decorados en edificaciones, presentándose una elevada demanda por parte de ciudades y países llamados ricos; pudiendo observarse además el continuo desfile de cargas enormes que bajan de las montañas a la velocidad de las anchurosas corrientes turbulentas que desembocan en el Atlántico y el Pacífico.
Ahí sentado, con su expresión apacible, parece no darse por aludido con los forasteros y extranjeros, blancos, paisas o latinos, que casi siempre andan por los alrededores en busca de tierras y playas para apropiarse, lo más fácilmente que se pueda, amparados en el miserable precepto de moda: dél que dé papaya. Aunque, no ignora, que desde la remota historia de la esclavitud, el abuso de la buena fe de otros ha sido el meollo de la cruel explotación, camuflada por sus ejecutores con apariencias de amabilidad y simpatía que ocultan su verdadero carácter individualista y cruel, cuyo único horizonte es el de desbordar sus arcas de poderío, y actualmente, los bolsillos y las cuentas bancarias de dólares, porque, el espíritu se encuentra lejos de la hermosura propia de lo viviente y envanecido con razones fundadas en el orgullo de moda: ser ganador, sobre todas las cosas, de billetes y de la manera más fácil. Demostrándose ésto con los barcos pesqueros de gran calado que barren las especies del lecho marino con enormes redes mecánicas y dejan las cocinas de vecinos y amigos sin frutos del mar, relegándoles al servicio del turismo de clases medias urbanas durante las temporadas vacacionales.
Este hombre lleno de sabiduría de mar y selva, tampoco puede intentar algo contra los desechos que sin consideración se tiran en las playas y los montes, y menos, oponerse a las bisuterías traídas de Oriente y Occidente con su falacia de bienestar o calidad de vida, similar a la ofrecida por la comida chatarra, con las consecuencias que sólo pueden verse a largo plazo, cuando la desnutrición ataque el cuerpo o la contaminación de aguas y tierras extermine especies de fauna y flora, mostrándose indiferentes sus causantes a la desgracia que ocasionan, porque cínicamente puede echarse todo al olvido, tal como ocurre en nuestras ciudades desordenadas, sin espacios para animales que no sean mascotas o para vegetación que no sea ornamental.
Él, con su porte de poeta, frente al vaivén de las aguas y a la sombra de árboles y cocotales, luce alegre con la vida contemplativa que lleva, por el sencillo hecho de encontrarse todavía sobre la tierra, pese a que sus huesos, a veces le flaqueen al dar el paso, y ya no cuente con alientos para templar la vela en el mástil de la querida embarcación que tanto le dio en su lucha cotidiana; conservando intacto el orgullo de ser uno de los primeros en haber nacido por estos lares, pese a que hoy, se pasean tantos otros a su antojo por trochas, caminos y carreteras que se han abierto, y hasta se ha construido una base militar con aeropuerto para combatir el narcotráfico y la subversión -de acuerdo con informes noticiosos-, provista de centinelas que van y vienen el día y la noche tras altas mallas de acero, semejante a una gran fortaleza, dado el contraste que presenta con el pequeńo caserío donde se alojan los turistas menos adinerados del país.
El conjunto habitacional palafítico consiste en una serie de casitas enfiladas una tras otra, siguiendo la curvatura de la playa, comunicadas entre sí por medio de tablas extendidas sobre andamios de troncos robustos empotrados en la arena oscura, que les sostienen sobre el agua cuando llega la pleamar o puja; observándose a los lugareños ir y venir por los largos corredores de madera, como si flotaran, ya que la playa desaparece hasta el pie de monte y sólo las partes superiores de algunos arbustos, árboles y palmeras se asoman en la sjuperficie que les mece suavemente, a la orilla de su inmensidad. De la misma manera, cuando sube la marea, desaparecen las rocas que unas horas antes sobresalían en el horizonte y eran el deleite de algunos bañistas que desde su cima se clavaban en la profundidad líquida; silenciándose con el rumor del suave oleaje, el canto de las aves y el soplar del viento. Entre tanto, a lo lejos, pueden observarse cual diminutos juguetes de niños, buques enormes que anclan en la gran bahía del puerto, que en las noches reflejan sus luces sobre la oscura, inmensa y ondulante obsidiana líquida.
las historias de este hombre tienen tal importancia y poder, que hacen rebosar de alegría e ímpetus de juventud cada poro de su cuerpo. A lo mejor, porque lleva sus recuerdos hasta los días en que sus abuelos construyeron los primeros refugios de libertad, donde no pudieran encontrarles los perros feroces de sus amos, entre los vericuetos de bosques milenarios que hasta hace sólo unos años se llenaban con coros de aves, monos y rugidos de jaguares; permitiéndoles sobrevivir entre su exuberancia y compartirla con quienes iban llegando al paso de los años, décadas y generaciones, hasta hace poco tiempo, antes de ubicarse junto a la costa los barcos pesqueros de gran calado que sólo les dejan la esperanza del mar adentro. Allá, donde se pierden de vista las playas y los tiburones parecen acechar, y los pescadores se ven obligados a aprender el valor de las aves buceadoras que acostumbraron sus alas a nadar y su cuerpo de plumas a empaparse de la salobre humedad. Sin embargo, la mayoría de los hijos y nietos de aquellos libertarios llamados cimarrones, se han quedado a merced de las propinas que los turistas dan a su antojo con aire de superioridad, a cambio de cargarles los equipajes y de otros servicios, porque hasta los hospedajes en sus hogares se han vuelto un mal negocio, debido a la competencia impuesta por los hoteles que vienen construyéndose.
Pescar en alta mar es peligroso, no sólo por los tiburones y el batir del inmenso oleaje que no permiten bajar la alerta, sino, porque entre la inmensidad del agua y el cielo destellante,aparecen de un momento a otro los trasatlánticos, como ciudadelas flotantes a toda velocidad, conducidos por pilotos automáticos, llevándose por delante cuanto se encuentre en su ruta, o haciendo voltear y hundir las pequeñas embarcaciones con el agua que desplazan al seguir de largo. Realidades estas que han aumentado la precariedad económica de esta gente de bien, y hace la situación propicia para que muchos jóvenes se involucren en los negocios de la droga que demanda el mercado internacional, y a otros muchachos, impulsa a meterse como polizones en las cargas de los barcos que zarpan con materias primas, alimentos y artesanías hacia el Norte voraz, en busca de una mejor suerte, con la esperanza puesta en el progreso y la superación de la marginalidad en que se les tiene sumidos a lo largo de la historia en estos lados del mundo, arriesgándose a ser lanzados por la borda como alimento para los monstruos marinos en caso de ser descubiertos; convencidos de que yéndose muy lejos de estas y de otras condiciones horrendas, lograrán algún día su felicidad y la de su gente.
Jaime Restrepo Ch.
Un hombre indio muy sabio que curaba los enfermos y aconsejaba a los aburridos, a los tristes y los locos, era el Jaibaná. Para lograr tan buenas obras, se valía de unas danzas muy extrañas alrededor de una hoguera, de plantas especiales desconocidas y de unos objetos igual de raros. Pero, al llegar los españoles a estas tierras, todo comenzó a cambiar en la vida de esta gente de selva y territorio del tigre mariposa, venados, micos y cuanto animal pudiera imaginarse entre el río Cauca y sus afluentes, el gran valle y el nevado Cumanday.
Los conquistadores no entendieron el comportamiento del Jaibaná, resolviendo decirle un día, que no estaba bien su forma de hacer las cosas, y encerrándole en una celda oscura, le condenaron a morir quemado en una hoguera, tras acusarle de ser un brujo muy malo, aunque su gente no le consideraba tal. Pero, por cosas del destino, se benefició con la fortuna de concedérsele el último deseo de todos los condenados a muerte. Entonces, agradeciendo su suerte, pidió que se le permitiera hablar por unos instantes con su único hijo, y astutamente le propuso el siguiente plan:
-Debes conseguir doce docenas de huevos de aves, y depositar de a dos en cada hueco de los doce que abrirás alrededor del pueblo. Luego, dejarás los restantes en otros doce hoyos que harás alrededor del árbol sagrado. El muchacho, salió inmediatamente de la prisión, con el afán de llevar a cabo el plan que libraría del tormento a su padre, en el menor tiempo posible, antes del amanecer.
Al haberse cumplido al pie de la letra el propósito del sabio, a la mañana siguiente, cuando salía la aurora con sus arreboles, tiñendo las pequeñas nubosidades blancas de aquellos días veraniegos, de un momento a otro, se llenó el cielo azul de oscuridades que enfriaban el aire, destellaban con relámpagos y retumbaban con truenos escalofriántes, desatándose un aguacero torrencial, al tiempo que de cada hueco con huevos comenzó a brotar agua, inundándose el valle en toda su extensión. Entonces, la gente se puso a pedir clemencia al todopoderoso, antes que los tejados de barro y la torre de la iglesia desaparecieran, creyendo que se trataba de un castigo por la injusticia que estaban cometiendo con el Jaibaná, dejándole en libertad. Él, rápidamente se puso a salvo de la catástrofe, regresando donde los suyos a seguir impartiendo su magia y saberes.
Doradito
Así se vuelve de particular la ventana donde llegan estos seres de vuelo y canto, cada uno en su momento, como haciendo fila para el turno correspondiente, de a uno y en grupos de tres o cuatro y hasta cinco; primero unos, luego otros; unos días estos y otros aquellos. Cuando esperan los azulejos, entonan su canto triunfal alternadamente -pudiendo admirarse su porte de elegantes artistas que siempre terminan con una venia ante su público-, pegados con sus paticas de la malla o de la mata que adorna la ventana, o de los novios rosados y blancos que hay en el pequeño patio estéril del primer piso, donde logran resguardar el tono azul de su plumaje perfecto, para no ser vistos desde las alturas por algún rapaz hambriento.
HEREDAD
En la casa de una tradicional finca ganadera, cuya extensión se acercaba al medio millar de hectáreas, jugaban varios niños en su algarabía característica, con mucha familiaridad entre sí por tratarse de primos, ya que este parentesco tenía para ellos un hondo significado, al ser inculcado por sus mayores con sentimiento de superioridad respecto a los demás, ya fueran vecinos, amigos o compañeros en la institución privada o pública donde se desempeñaran de alguna manera, así entre tíos y abuelos existieran diferencias y contradicciones profundas. Se sentían orgullosos de tener ascendencia europea de alto linaje y por eso acostumbraban poner los apellidos como tema de conversación, con el fin de descubrir el grado de alcurnia de los demás; creyéndose asimismo poseedores del atributo de la belleza física que la naturaleza no concede a todos por igual, del mismo modo que la inteligencia; jactándose del principio de sólo importarse a sí mismos y de saber llevar a los demás con la ayuda de Dios.
Eran hermanitos de a dos y tres, hijos de las hermanas y un hermano de la dueña de esas tierras y de una hija suya que viajaba mucho entre Norteamérica y Europa, dejándolos a su libre albedrío con la mayor de sus retoños que sólo estaba por los doce años y era de admirar su tierna hermosura, tomada de la familia vascuence, judía y otras posibilidades de mezcla racial y cultural traídas a este continente americano por las migraciones mediterráneas que le consideraron su Tierra Prometida, en lo que tocaba a sus madre; y, en lo que heredaba de su padre, inmigrante del siglo veinte, tomó del catalán ojos rasgados, pelo lacio y oscuro que a ella le iba muy bien sobre hombros y espalda, dados los ancestros árabes y posiblemente mongoles de estos pueblos, aunque los otros tres hermanitos de tan bella niña parecían visigodos o celtas por su pelo rubio y ojos azules.
Este señor había tenido que huir de la persecución franquista y se encontraba trabajando como docente en una de las más afamadas universidades jesuitas del país, quien, a parte de las circunstancias afanosas de su vida, poco se entendía con su esposa, voluntariosa niña de clase alta que para nada compaginaba con la formación y expectativas de un revolucionario fugitivo de la dictadura en su país, así adorara a esa jovencita desde que la conoció a los dieciséis y le demostrara sus capacidades intelectuales y estéticas por medio de bellos manuales de didáctica musical para sus alumnos y público en general, porque esa muchacha aparte de ser mimada, en el norte había aprendido el comportamiento de las adolescentes de los años sesenta, con el gusto por fármacos como el valium, por el alcohol y la marihuana; sumándole una revoltura de ideas jipis (hippies), cristianas y, su tan arraigado egoísmo del dinero que le llevaba a disfrutar lo que ella llamaba: liberación femenina, sin percatarse de que sólo era el producto de una holgura familiar, respaldada en la venta de leche y vacas que llenaba sus cuentas bancarias.
Una típica familia de origen paisa, descendiente de esclavistas y otras formas de dominación que prevalecieron hasta mucho después de fundada la república; de señoras acostumbradas a conseguir muchachas para el servicio doméstico en Supía, Riosucio, Mistrató, Popayán o Pasto, porque según afirmaban, las ñapangas eran obedientes y dispuestas a servir en todo momento, desde siglos pretéritos de conquistas y colonizaciones; sumándole a la lista de empleados, la procedencia de choferes para sus automóviles, guardaespaldas, mayordomos y otros, que podían ser del sur de Bogotá o de barrios semimarginales de Medellín o Pereira, o cualquier lugar rural o urbano donde hubiera gente dispuesta a trabajar, bien recomendada por amistades, que presentara serios problemas de subsistencia, sin importar para nada si su raza era india, blanca, negra o mestiza corriente, cual la mayoría de la población.
La circunstancia de intimidad de las mujeres para el servicio doméstico, hacía que las señoras de acuerdo con su criterio, las prefirieran feítas, tratando de evitarse problemas pasionales con sus maridos e hijos, puesto que debían vivir el día y la noche en la parte de atrás de sus casas, limpiando, preparando alimentos o poniendo orden en todos los objetos; permitiéndoseles salir sólo los domingos o cuando las llevaban a cualquier lugar en que requirieran de sus servicios, o a veces, a visitar sus propios familiares para ayudarles con los sueldos precarios que devengaban, más algún revueltico que se les diera de las fincas, tal vez, para que notaran en ellos algún rasgo de generosidad o simplemente, por el espíritu caritativo de dar lo que sobra o lo que no sirve por viejo, acabado o feo. Pero eso sí, requerían estar siempre dispuestas a cumplir las sagradas órdenes de los señores y sus hijos, para lograr conservar sus ingresos mensuales.
Presentando estas condiciones de trabajo una considerable similitud con el esclavismo, salvo el no acostumbrarse grilletes ni latigazos, inquisidores ni reyes déspotas, pues la vida cotidiana de estas mujeres era entre el aseo desde muy jóvenes por fuerza de su pobreza extrema; obligándoles a soportar estas circunstancias nada gratas, de acuerdo con las razones que daba una de ellas, al afirmar que gracias a Dios había tenido al menos a doña fulana y a don perencejo, porque de lo contrario, no sabría qué hubiera sido de ella. Sin percatarse siquiera de sus circunstancias, por los vejámenes de los más jóvenes a veces, cuando se sentían sus dueños, al hacerlas víctimas de burlas por las facciones de su rostro, que a su parecer eran poco delicadas y agradables; llamándoles fueras en alta voz y lanzando risotadas desconsideradas, con una grosería tal que daba horror, cuantas veces se les antojara en el día o la semana, por la mañana o en la noche, de distintas maneras y con diferentes sobrenombres. Porque además, bien sabían ellos que sus papás no se enterarían jamás de lo que estaba sucediendo durante sus ausencias, ya que ellas callaban resignadamente, ante la amenaza del hambre, por temor a perder su empleo de responsabilidades mayúsculas con sus hijos. Desconociendo estas mujeres como les llamaban sus patronas- que lograrían defenderse de estos atropellos si comentaran su problema, pero lo más seguro- sería que se alarmarían los señores, por ser muy difícil conseguir a alguien honrado y barato para hacer los menesteres del hogar. Pero ellas, estaban aturdidas con tantas presiones e ignorancias.
Los niños no alcanzaban a comprender porqué estas mujeres en casi todas las casas sufrían en su absoluta subordinación a condiciones sin autonomía más que para acomodar objetos o cuidar la alimentación de la familia a cargo; habiendo llegado algunos señores a excederse de distintas maneras, por causa de los prejuicios que les permitían con su venia, aprovechar la oportunidad de sentirse superiores en sus predios con ultrajes y abusos. Tal como el nombrado caso de un nene, fuerte y ya mayor, una noche de tantas que llegó borracho con sus amigos, apostando al que primero se le metiera en la pequeña camita que corrientemente se tenía para la llamada manteca; pasando inmediatamente a despreciarla, como si se tratara de un desliz que ella hubiera cometido; esa misma culpa que sentían él y sus amigos después de abusar de su inocencia venida de una apartada región cercana a la selva, donde existe mayor confianza entre los parroquianos. Quedándose sin entender esta pandilla de muchachitos qué era lo que impulsaba a cometer semejante iniquidad en esos estados de irracionalidad y torpeza del licor; sospechando apenas que la exigencia familiar había sido demasiado alta para su condición de ser varones, por pretender estar de acuerdo con la tradición de negaciones e hipocresías, y mantener en silencio la opinión general.
Esta pandilla juvenil no estaba en capacidad de comprender actitudes de esta naturaleza por parte de quienes más creían conocer de cerca, porque nunca se les había inculcado sentimientos tan innobles entre padres ni parientes; a no ser que, semejantes comportamientos fueran el resultado de una cimentación lenta desde la cuna, cuando sentían presencialmente la forma como sus madres, más que ninguno en la casa, se dirigían a estas personas contratadas para servirles por un salario, muchas veces paupérrimo, porque consideraban que comían y gastaban mucho mercado; entretejiéndose a su alrededor un drama con dobleces pasmosos de elocuente cinismo y mezquindad. Pero, estas señoras sabían aparecer alegres y simpáticas ante los chiquillos, hasta que las sorprendían en algo que no les gustaba, como la vez que escucharon decir a la mamá del osado nene borracho con los amigos que perpetraron tamaño acto, cuando daba como única objeción para defenderlo, que cuanto había sucedido con esa muchacha de la cocina y su hijo, había sido porque se trataba de un hombre, porque como decía el dicho: el hombre propone y la mujer dispone. Ufanándose además de estar muy bien casada y de no tener hijos fuera del matrimonio, ni reparo alguno en aceptar sus apellidos en segundo lugar, después del de, de su esposo.
Los muy traviesos niños ignoraban que entre los adultos se tejen entramados complicadísimos, donde se ponen de manifiesto complejos y otros embarazos personales que se forjan lentamente en el alma a medida que crece cada quien y cada cual, acordes con las condiciones de vida en que se halla nacido, determinadas no sólo por el cariño y el respeto existentes, sino, por factores de infraestructura en las ciudades, siendo ejemplo por excelencia la famosa pieza para la muchacha, que brinda la posibilidad a sus dueños de hacerse empleadores, listos para captar mano de obra barata, que en casos de tanta miseria entre la población, se acostumbra tomar por generación de empleo. Por lo general, contratándose madres desesperadas o jovencitas llenas de candor e inocencia que en la soledad y el frío de esa pequeña alcoba, hecha a la medida de los diseños habitacionales para su ubicación en el hogar, que muchas veces, con el paso del tiempo, terminaban por aceptar cualquier compañía; entregando sus sentimientos repletos de sueños juveniles a riesgo de ser sorprendidas por alguien y avergonzadas ante todos, o expulsadas de la casa con indiferencia, a su suerte, fuera de ese pequeño territorio donde habían entregado días y noches por la platica que tanta falta les hacía para lograr subsistir; apenas dándose cuenta de la forma como se iba su tiempo en ese estar continuo entre utensilios de aseo y alimentos, hora tras hora y semana tras semana; llegando las más afortunadas a obtener prestaciones sociales durante meses e incluso años, o para toda la vida, como el mayor galardón.
Al abrigo de esta crianza, el ego de cada uno permanecía tan henchido que podía estallar a la menor provocación, pues ante todas las cosas, el orgullo inculcado era lo más importante a salvaguardar en todo momento, aprendiendo que si alguien se alteraba había que calmarlo, así fuera en igual tono, porque estaban siendo educados para controlar a otros, sacándole provecho a su tiempo con el objeto de acumular ganancias, cuantas más mejor, apoyados en adagios que a fuer de tanto repetir en cada rincón de ciudades y campos, modelaron paulatinamente su carácter:
Poniéndose de manifiesto que no sólo en la familia particular de cada uno se cultivaba esta personalidad, sino, que por tradición, se apoyaban en las instituciones académicas que se les matriculaba casi desde que abrían los ojos por vez primera, donde se formaba a estos muchachos con tanto esmero, que ya a su edad, de vez en cuando convertían en tremendos bochinches insignificancias, que no trascendían a mayores, gracias al ambiente pleno de placer, contemplación y satisfacción de sentirse vivos; prevaleciendo por ello la alegría durante las largas vacaciones que pasaban juntos, raras veces en compañía de sus mayores, excepto a las horas de comida, y eso, si no se encontraban muy alejados de la casa. Por eso al llegar febrero, invadía el ámbito una marcada tristeza por las obligaciones escolares, al igual que en julio, así se encontraran de nuevo en la navidad o en la semana mayor que muy jocosamente llamaban Parranda Santa, o cuantas veces más pudieran viajar para reunirse unos días, ya que en avión todo queda muy cerca.
Durante esas temporadas el entusiasmo de la pandilla era mayúsculo, dado el espíritu gozón que caracteriza esa edad y la amplitud del espacio campestre para disfrutar, sin tiempo para monotonía alguna ante la variedad de lugares en donde ubicarse a jugar cada día, entre la exuberancia de las estribaciones de
Se regocijaban estos muchachos en la extensa planicie rodeada por cerros y declives del terreno que empiezan a conformar la cordillera, hasta elevarse y perderse en la distancia en las altas cúspides de su inmensidad; discurriendo en grupo durante horas y días entre la pletoricidad de sol, aire y tierra con sus verdores y semovientes; haciendo cada uno lo posible por no enredarse en malentendidos con otros, para lograr el disfrute de la vida simplemente, como les recalcaban sus mayores, en ese ambiente que parecía sin igual con su clima cálido, a esa edad de sueños y fantasía desbordada por los descubrimientos que encontraban a cada paso, entre los rincones del relieve. Por esto, partían del refrán: en la variedad está el placer, e iban unas veces a las quebradas y otras al río, a las casitas de los agregados y el mayordomo o, a una enorme maloca desconocida en su género que quedaba al otro lado de una colina, al cruzar el primer arrollo del camino, fascinante por lo revestida de misterio, al no podérsele definir más que como: una choza de indios, construida desde sabría Dios cuánto tiempo atrás, apenas buena para jugar a ser estos personajes de leyenda, disfrazándose cada uno al estilo de los que sentían tan vívidamente en el cine, revistas de aventuras y del oeste norteamericano.
La seguridad brindada por hombres armados que iban y venían montando caballos a lo largo y ancho de los cercos el día y la noche en su oficio de vigilantes, permitía al grupo juvenil estar con la misma tranquilidad en cualquier potrero o en los cerros más altos para divisar los extensos pastizales, cañaduzales y algodonales fumigados por pequeñas avionetas que deleitaban muchísimo su alma aventurera, cuando los pilotos demostraban su maestría en el vuelo, haciendo cabriolas por los aires, talvez, porque les encantaba su asombro infantil al observarles desde sus aeronaves, mirándoles hacia arriba, a la vez que agitándoles sus manos alzadas sobre las cabezas, dando saltos y gritando de júbilo; disfrutando en mutuo regocijo con la expresión de esa primera edad; de pelo castaño unos, otros rojizo o rubio y algunos oscuro; habiendo llegado en sus acrobacias, al extremo de atravesar de lado a lado los cables conductores de la energía eléctrica de alta tensión, extendidos entre elevadas torres de acero que van a lo largo y ancho del paisaje; quedándose atónitos los pandilleros, tapándose con las manos los ojos o la boca ante la intrepidez que demostraban, algo ni siquiera igualable a las revistas presentadas en circos por acróbatas especializados, con la profunda sensación de suspenso que motiva el riesgo y la fatalidad, en ese extraordinario e improvisado escenario de tan alto voltaje.
Para su deleite estaba también el pueblo cercano, con la mayoría de la población descendiente de esclavos traídos de África durante la colonia española, pertenecientes a la familia de los ya legendarios alfereces reales, para quienes todavía trabajaban, por tratarse de herederos de las fértiles extensiones de ingenios azucareros, industrias dulceras, lecheras y de otros órdenes alimentarios, donde también podía entrar la pandilla de niños cuando sus mayores lo permitían, obteniendo autorizaciones de tan poderosos vecinos, aunque pocas veces, porque los muy pilluelos no acataban sugerencias respecto a su comportamiento, así se las recalcaran una serie de veces, pues en cada ocasión que podían, hacían de las suyas, al tener al alcance de su mano enormes barras de chocolate, porque sólo pensaban en saborear durante mucho rato; o las galletas que podían alzar con ambas manos y llevarlas como sombrillas; llenándose los bolsillos y la ropa interior de otras menudencias si se les hubiera permitido, por la pura alegría de sentir suyo el mundo, pues tanto sabor a pedir de boca se les hacía irresistible.
En las calles del pueblito podían verse techos tejidos con hojas de palma, cuya frescura era perfecta para la buena salud de los parroquianos que, para estos inquietos jovencitos eran sencillamente de paja, igual a la de cualquier choza; sintiéndose el grupo tan a gusto en cada esquina, como en las heladerías para tomar la refrescante leche malteada, un rico raspado o el vino para tortas, que por lo barato, se prestaba para beber varias botellas hasta quedar borrachines con su dulce hostigante, ese que encanta a los niños pequeños; haciéndoles ir a parar en bailaderos del lugar, por iniciativa de los más grandecitos, por las puras ganas de compartir un rato con la gente de piel oscura, un tanto mojigata y recatada en el vestir a la usanza de centurias de costumbres inquisitoriales, desde cuando en la región se esperaba a un virrey que nunca llegó y a diario sonaba el látigo, junto al tintineo metálico de grilletes, cadenas, rejas de ergástulas, y crepitaban hogueras en plazas públicas de los pequeños caseríos y las haciendas para calentar las marcas de hierro hasta dejarlas al rojo vivo, listas para ser puestas sobre cuerpos de hombres jóvenes que se estremecían de dolor y lanzaban gritos desgarradores; atándolos por manadas como un ganado más, quemando sus pieles con una señal que les declaraba propiedad de un señor y su familia particular.
Entonces, estos jovencitos departían desprejuiciada y alegremente con la gente del lugar, animados por aires de Brasil y el Caribe puestos de moda que se escuchaban en altoparlantes de cualquier sitio público a volúmenes muy altos; aprendiendo además los aires vallenatos tenidos como lo último en guarachas o música decembrina. Borrándose en esos momentos de aventura, escenas pretéritas de atropellos constantes, a lo mejor en las mismas casitas, en el mismo estado de sus materiales, de techos tejidos con hojas de palma o tejados de barro y zinc; sintiéndose tan contentos estos muchachos en ese ambiente tan distinto a su cultura europeizada, que podían comprender un poco gracias a tener en común la lengua castellana; tomándose con buen humor hasta el apodo de los viringos del manzanillo que les habían puesto, debido a la ropa ligera que usaban por los intensos calores de este valle andino, y también, porque en la finca crecía este vegetal por cantidades; y también por saberse ganadores de su estimación con esta forma tosca de expresar su simpatía, desde la primera vez que entablaron esas relaciones de rumba desaprobadas por sus mayores.
En el pueblo quedaban también graneros y tiendas para hacer la remesa de cada semana, en la que no podía faltar una considerable cantidad de licor, ese compañero que llevaban los muchachos mayores a todas partes en donde se pudiera conocer algo, y donde los más pequeños o chinches, como solían llamarles con cariño, estuvieran a salvo de peligros, como los espaciosos potreros del ganado caballar sin amaestrar que en estampida huía de su presencia a todo galope, escapando de su proximidad al sentirles llegar; permitiéndoles contemplar tan sólo su gracia y majestad al avanzar con sus crines largas dadas al viento; poniéndoles distancias de por medio en instantes a su máxima velocidad, marcando el ritmo de su paso, el retumbar de sus cascos contra el suelo que llegaba más allá de las altas alambradas erizadas de púas, en el amplio espacio para su libertad de carrera.
Hasta que de repente, sus ojos infantiles se cansaban de contemplar y comenzaban a sentirse invadidos por esa sensación de embriaguez que da el sol al aire libre y la hermosura viviente alrededor, o, a algunos se les subía a la cabeza el ron mezclado con bebidas dulces para la sed; disponiéndose de a uno, de a dos o de a tres, a dejar el espacio de las formas elegantes y fuertes de yeguas, potros y caballos enteros rebosantes de salud y brillo en su pelaje, no sin antes dar prolongados bostezos contorsionándose; yéndose despacito y entre risas hacia otra parte, a continuar viendo el espectáculo de encantadoras maravillas naturales, tal cual los peces del río, las lagartijas entre los matorrales y las aves en los árboles y el cielo.
A pasar vacaciones, llegaban unos de la capital del país, otros de ciudades más pequeñas de la región coronada por nevados y volcanes, del antiguo Antioquia y algunos de Norteamérica y Europa; posibilitándoseles en sus conversaciones una considerable cantidad de temas para intercambiar, entre los que estaba presente el cine para adultos, que podían ver, pagándole a los porteros de unas salas, quienes se dejaban sobornar por las entradas de cada uno, pudiendo verse obras sobre temas tan mitificados como el ser masculino en la famosa película: Teorema, de Passolini; u otras de la talla de Candy, Sabriski Point o If, igual de admirables por revolucionar la pantalla grande con sus profundos reparos en las pedagogías y valores tradicionales, causantes de la profunda crisis existente en la naturaleza y el hombre carente de libertad. Refiriéndose también con la misma desenvoltura al idioma español que les parecía más bien hablado en América que en esa España conformada por cuatro territorialidades con sus respectivas lenguas. O, podían escucharse comentarios como:
Largos y continuos diálogos llenos de candor y asombro, incluían personajes de la familia mucho mayores que ellos, como la prima que vivía en una ciudad norteamericana sede de los más importantes bancos del mundo, desde cuando se casó con un bailarín de clubes privados llamado El rey del tango, quien desde entonces se había entregado al yoga; enseñándoles ejercicios y posiciones corporales de meditación. También, acerca de aquel otro que no soportó los climas tropicales, impidiéndole su estado de salud regresar, pese a que anhelaba la compañía de esos primos alegres que tan buena impresión le habían dejado sobre el país de origen de sus padres, de familias cafeteras, ganaderas y del oro, que por codicia y por seguridad, no querían volver a su país; extrañando mucho a los pandilleros de ese espacio natural pletórico de sitios diferentes para pasar el tiempo, compartiendo risas, pese a que se dieran altercados por culpa de quienes se dejaban presionar por sus padres, para que les contaran cuanto hacían gran parte del día y de la noche solos y alejados de la casa y sus mayores.
Las quebradas secas por causa de la tala de árboles durante siglos, les parecían a estos niños encantadoras, porque el lecho de sus antiguos cauces semejan caminos misteriosos de rocas con yerbas crecidas por doquier entre la arena, con sus meandros serpenteantes bajo el nivel del suelo, cruzando las extensiones de los sembradíos de producción a gran escala para las procesadoras de alimentos, penetrando su huella de agua fluyente del pasado, en los terrenos transformados por tractores y arados; haciendo desaparecer ya, hasta sus márgenes sombreadas por arbustos que se resisten a morir calcinados bajo el sol de treinta y cinco grados; asemejándose más a unas extrañas vías, construidas por la largueza de unas manos colosales. Pero, lo más divertido para los muchachos en este clima, seguía siendo el caudaloso río cercano de aguas cristalinas para nadar a sus anchas en charcos admirables, sombreados por árboles frondosos que reflejan en su espejo de movimientos ligeros las gruesas ramas, buenas para subir a clavarse desde su altura en la líquida delicia refrescante.
El sombrío de los árboles junto a una fuente de agua, ha sido siempre un lugar ideal para cualquier ser vivo y a estos muchachitos les parecía tan grato ese estar, que no importaban las distancias a recorrer con los implementos necesarios a cuestas para hacer un almuerzo, para poderse pasar allí todo el día, y en el trayecto se turnaban las cargas; haciéndose bromas, contándose chistes; cantando o declarándose las pasiones más dulces con el candor y la inocencia de su edad, más la tácita promesa de guardarse los secretos unos a otros, al tiempo que los mayorcitos bebían licores fuertes a pico de botella y a grandes sorbos, hasta hartarse; aprovechándose de su ebriedad uno que otro mocoso que quiso probar -la misma onda- sin que lo notaran los demás, ya que las niñeras eran sólo un tris mayores e igual de fiesteras, sin capacidad para resistirse a las invitaciones que se les h