LA EJEMPLARIDAD DE DON QUIJOTE

Categoría(s): ENSAYO
LA EJEMPLARIDAD DE DON QUIJOTE Y TEMAS RELACIONADOS


En la infancia al ir creciendo se tropiezan los primeros pasos con la figura delgada que monta un caballo flaco, junto a su amigo gordo que va en burro, en casi todo lugar adonde lleven los pequeños pasos su curiosidad innata. Por siempre presentes estos dos personajes en cuadros de algún admirador de pintores, en esculturas, vaciados de yeso, tallas, artículos de revistas y periódicos, en tareas del colegio o en ovaciones de algún profesor encargado de transmitir dimensiones del idioma, junto a símbolos representativos de la patria, el orden, la justicia y el valor en uno de los actos públicos más importantes del año e inclusive los encontramos en avisos publicitarios de negocios variados en las urbes.

Personajes representativos de la crema social en la literatura castellana que demarcan inicios de la cultura hispanoamericana y el desarrollo, enriquecimiento y expansión de su leyenda medieval de caballero  y siervo, la misma que ayudó a implantar el credo de la lengua que comenzaba a conjugarse en los territorios conquistados, siendo desde entonces ensalzados por padres y educadores casi en tono de veneración; imponiéndose en la familia y el colegio sobre el desgano juvenil para asimilar estas aventuras con molinos de viento poco existentes en los paisajes del entorno americano, escritas con ese peculiar estilo y esa musicalidad extraña y graciosa para tiernas edades de oídos bogotanos, costeños, paisas, latinoamericanos en general e incluso españoles del siglo veintiuno.

Al intentar un poco la retrospectiva, hay que imaginar aquellos tiempos en que se escribió obra tan notable: de oscuridades lóbregas y turbio conocimiento, despotismos,  persecuciones, saqueos, fundación de ciudades que luego eran incendiadas y enfermedades que extinguieron poblaciones enteras del “nuevo continente” para los europeos que concebían la Tierra como una gran planicie, siendo de observarse también que hasta el revolucionario Copérnico  al ver alguna vez un meteorito afirmaba: “Es imposible que caigan piedras del cielo”. De la misma manera se daban hogueras impresionantes; esclavitud de azotes, marcas de hierros candentes sobre pieles oscuras africanas y las de otros rebaños –como consideraba su fuerza de trabajo igual a los animales esta forma de producción de capital-; sumadas a estas circunstancias las lecturas apocalípticas nocturnas a la luz de antorchas y lámparas con llamas móviles y rojizas de cebo animal que expelen un humo espeso y un hedor característicos, el mismo fenómeno que  encontramos siglos después en los inicios del teatro Colón en Bogotá(16), en su carpa iluminada por una enorme araña central, de la cual caían gotas calientes sobre el pueblo que se encontraba debajo de esta, cuando los enamorados Bolívar y Manuela soñaban y luchaban por la liberación de tanta tiranía.

Es de imaginar en estos ambientes de las ciudades peninsulares que los agentes del orden deberían ser  igual de rigurosos, rudos y efectivos a los que ejercían el llamado santo oficio de la Inquisición -tan parecidos a los que actualmente vigilan a sangre y fuego las fronteras del norte considerado Primer mundo-, en ese “viejo mundo” donde todo cuanto se enviara a sus colonias de ultramar, debía ser sometido a meticulosas pesquisas en las aduanas de los puertos, máxime si contaban con el agravante de ser objetos subversivos como los libros, porque el Renacimiento estaba pisándoles los talones en Florencia, Nápoles y otros epicentros culturales.

Por afinidad, esa misma mirada implacable de las autoridades debió haber caído sobre la obra insigne (El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha), para examinarla párrafo por párrafo en mil seiscientos y pico, cuando fue avalada por la aduana -en cien ejemplares de su primera edición- antes de zarpar hacia Cartagena de Indias, o posiblemente, también hacia  las demás colonias de ultramar como Santa Marta recientemente construida sobre las ruinas de la desaparecida “Tayro”, donde se escuchaba la musicalidad producida por sonajeros de oro en diferentes timbres y  tonalidades acordes con la fuerza del viento, bamboleándose prendidos de los marcos de puertas y ventanas, en esas ciudades  de admirable arquitectura esparcidas por la Sierra Nevada, con senderos de piedra, muros de contención, alcantarillas y otras maravillas del ingenio humano, frente al color y la tibieza embriagantes de aguas y arenas del Caribe. Asimismo, es posible que hubiesen enviado esta publicación hacia la colonia que se establecía en la tierra de los cóndores o altiplano cundiboyacense y en sus alrededores, o hacia las tierras de Nueva España, La Santa Cultura Occidental del Sur de Los Andes, La Española o hacia cuantos territorios más lograron adentrarse con su violencia los súbditos de la corona, el papado y los bancos europeos que compraban gobernaciones y sometían con el cañón, el caballo, la espada y artimañas quebrantadoras de la palabra de honor en las treguas y tratados de paz en nombre de la divinidad.

 

Personajes de la literatura como el “caballero andante y su escudero” evocan trasfondos de tragedias horribles entre quienes les rodeaban en su geografía patria, sumidos en su realidad, sin ser capaces de renunciar a ella o sin planteárselo siquiera, como personajes del teatro ineludiblemente ceñidos a un libreto absorto en el espíritu de su momento histórico, hallándose en los vericuetos de sus vidas nombres que de pronto aparecieron en una edad remota, como reza en libros antiguos. Es de observarse asimismo en el origen de este expansionismo que en la península ibérica era considerada esta lengua “tosca para hacer poesía”, hasta cuando apareció este personaje a caballo como suficiente razón, para que en la historia se señalen los inicios de Hispanoamérica. Obra escrita por uno de los súbditos más notables que tuvieron los reyes católicos, obediente del mandato divino y –sobre todas las cosas- de las leyes para la causa imperial en lugares nunca soñados antes en Castilla ni en Roma; plasmados en pasajes literarios con la glorificación de la figura decaída de este caballero, quien al final de su vida no preconiza ya el combate contra los simbólicos molinos de viento ni pregona  batallas motivadas por sus admirados  predecesores en los libros que tanto había leído, sino que, desde su cama de enfermo hace apología del rezo con fe absoluta y del arrepentimiento de sus locuras.
 
Estos puntos trascendentales parecen haber pasado inadvertidos para las generaciones pasadas y presentes desde hace centurias, talvez por incapacidad o por un desgano total para abarcar la integralidad del ser de este tipo de personajes y su autor, haciendo referencia a los escritos en que basó su creación, etc., además de un aparte minucioso sobre ese caballero andaluz –Gonzalo Jiménez de Quesada- que le inspiró, ése que había estudiado las leyes de  entonces y había muerto en ultramar -Mariquita Tolima-, ése de las historias que fueron conformando paulatinamente el personaje caballeresco en su imaginación –la de Miguel de Cervantes Saavedra-, que debió haber hervido cuando se encontraba prisionero en una cárcel, al recordar el calor transmitido por sus parientes al narrarle a su manera y con suma admiración sus hazañas en el “nuevo mundo”, adonde siempre quisieron ir algún día muchos europeos como él y esperaban hacerlo los demás en sus años juveniles, para buscar mejor vida y escapar de tanta barbarie y corrupción.

De forma parecida este notable escritor había intentado años atrás llevar a cabo similares gestas en las campañas realizadas con los ejércitos de sus reyes en latitudes más próximas a su patria natal -el otrora Al Àndaluz-, hacia el sur oriente, para sacar avante su codicia y la extensión del reino, pero había rodado con otra suerte y por esos días no le quedó más que echar mano de estos relatos, incluso de boca del mismo “adelantado” don Gonzalo, cuando regresó por más de una década a la península lleno de riquezas materiales y oro para gastar en bares y burdeles, y sobre todas las cosas, para tener una entrevista con su rey y entregarle personalmente lo que más valoraba: el poderío territorial anexado a sus dominios.

La transmisión oral saturada de interpretaciones fantasiosas sobre la vida del fundador de la Nueva Granada y su capital Santa Fe, le sirvieron a Cervantes durante ese tiempo difícil y doloroso, para aislarse del encierro y las presiones de ese ambiente, talvez para justificat su soledad con la profunda responsabilidad de escribir algo, o, porque, posiblemente no contaba entre sus haberes otra mejor opción;  entregándose a hacer lo que tanto le gustaba: escribir. O, a lo mejor hizo este esfuerzo por un afán intenso de agradar al rey y su caballería, para ver si por fin le daba un nombramiento en esas tierras extrañas y maravillosas que se apoderaban de su imaginación durante los largos silencios obligados, imprimiéndole las características que hicieron ubicarla como la mejor creación literaria del momento por parte de monarcas y clérigos; dejando en ella impresa su paciencia, dedicación y ambiciones a la altura de ese siglo XV, cuando la reina Juana enloqueció por profundos problemas morales de su espíritu cristiano, mientras su marido y su hijo hicieron de las suyas en nombre del poderío imperial. Además, ya que además, por las dificultades económicas que le presionaban en tiempos de  libertad, nuestro autor insigne había sido capaz –paradójicamente por el sentido que se le ha dado al personaje caballeresco- de ofrecerse en el castillo de los reyes como contador en las galeras de Cartagena de Indias, con todo lo que connotaba el ambiente de ese compromiso.

 

Así, observando desde esta perspectiva generacional es bueno tener presente la enorme distancia en el tiempo y a la vez, la latencia de ese espíritu arcaico en la arquitectura actual de las ciudades colombianas –excepto pocas-, en la estructura social del campo y en el lenguaje común de la gente de cualquier región latinoamericana, al valerse de palabras que parecen salidas del tiempo presente, arraigadas en el alma con las mismas formas de apreciar hechos de la vida y de evocar a Dios, muchas veces en los mismos tonos de los ancestrales colonos con su pensamiento rígido; permitiendo demostrar que cada obra en cualquier campo de la cultura revela trasfondos del autor y sus contemporáneos con sus esperanzas e ideales, tal como lo hace este cuento español que, al bajarlo del andamiaje en que se le ha catalogado por efecto de circunstancias concretas, revela los escenarios donde fue configurada y cada uno de los personajes que componen las imágenes contextualizantes de su realidad, cuando Cervantes sería apodado por siempre: Manco de Lepanto, después de participar en esa famosa guerra; haciéndole un honor a su lesión irreversible con el nombre de armadura que bautizó a su protagonista: quijote(21-22), y a la vez creándole una memoria a la caballería conquistadora que se lanzó al ristre por el expansionismo de coronas y bancos europeos, porque –seguramente- ya habían pasado los tiempos de otros cruzados que creyeron en recuperar la sangre azul de los dioses que precedieron a la especie humana(l8).

Por razones de tal envergadura, este punto inicial de la cultura hispanoamericana ha sido tratado por un investigador idóneo (1) hace más de medio siglo y sirve para comprender el origen de nuestras idiosincrasias, basándose en lo que hicieron y sintieron los contemporáneos de Gonzalo Jiménez de Quesada en América, junto a los demás caballeros que expandieron el dominio ibérico y de su pariente Miguel de Cervantes Saavedra. Facilita además ésta obra (El Caballero de el Dorado) un parangón muy curioso cuatro siglos después en la realidad del siglo XX con su persona(1), en una capital latinoamericana muy importante, a quien curiosamente, casi de la misma manera le ocurre un destino similar que a su investigado, quien fue envidiado por sus contemporáneos, que le hubieran condenado a morir en la miseria por su falta de valoración del trabajo ajeno –de acuerdo con lo que cuentan sus hermanas en el presente-, sin poder sacar a la luz tan estimable labor intelectual –aunque disguste a cierta opinión tal verdad-. Por ello, para sonrojarnos un poco, no sobra aclarar por añadidura que más de medio siglo después del año l942 en que fue editada esta obra aclaratoria sobre el simbólico personaje caballeresco, todavía no ha recibido la difusión merecida, talvez, porque sirve para desligar todo colonialismo del pensamiento actual, dejándose a lo largo de las décadas en silencio, incluso, mucho después que la nueva Constitución Política irradiara luz sobre los trasfondos de la dictadura impuesta por el Concordato hasta 1991. O a lo mejor, porque nuestro país cuenta con un reducido público lector -de acuerdo con estadísticas editoriales en ferias del libro-, propiciando tal estado de ignorancia al igual que en muchos otros casos, mixtificaciones como las de este “caballero de la triste figura”, porque “como dicen por ahí” Sancho al fin y al cabo no representa más que al pueblo inculto de esa Edad Media con ganaderías y cultivos de terratenientes y aristócratas.
 
Obra maravillosamente aclaratoria(1) que hace brillar la verdad sobre las circunstancialidades que determinaron el carácter de la cultura latinoamericana, fundamentada en quienes el autor denomina “padres de nuestra historia”, que sirve asimismo para comprender a los personajes representativos de la llamada edad de oro español, quienes echaron raíces en nuestra alma desde cuando sus figuras pasaron por el Río Grande de la Magdalena embarcados en carabelas erizadas de flechas disparadas por los nativos, enfermedades de selva que diezmaron ejércitos enteros y felinos que raptaban a los debilitados de sus hamacas, llevándoselos selva adentro, y que, al cabo de los meses, al entrar en la sabana cundiboyacense los sobrevivientes de sus ejércitos, en harapos y con rostros demacrados(2-3-4-5-6-7-9-18). Además, por pura accidentalidad, este punto geográfico simultáneamente propició el encuentro de tres caballeros europeos muy conocidos (Belalcázar, Federman y nuestro muy recordado fundador de Santa fe), quienes al conversar con el paso de los días, aclararon las falsas ideas que tenían sobre los territorios explorados en el continente suramericano, al haberlo concebido como una suma de islas: uno proveniente del reino inca, otro que representaba los bancos alemanes procedente de los llanos orientales y nuestro personaje central don Gonzalo, de la desembocadura de las fragorosas aguas del río que le indujo a seguir el curso de su corriente; iniciándose de inmediato entre ellos una disputa por el título sobre las regiones conquistadas. 

Las aventuras del caballero don Gonzalo en las elevadas planicies de la Cordillera Oriental -similares a la llanura de La Mancha- descritas por los familiares del notable autor –Cervantes-, le sirvieron para modelar la figura de don Quijote con poses de tristeza, soledad, locura y arrepentimiento que han logrado conmover incluso a poetas del siglo XX como León Felipe, a quien hizo desbordar La gran Aventura, dedicada exclusivamente al español, talvez desde cuando nació el dicho: “de poetas y locos todos tenemos un poco”. De esta manera queda demostrado que Miguel rodó con La fortuna de adquirir de primera mano este material literario lleno de emoción, al escucharlo tan de cerca en labios de su esposa y familia, sobre las tierras occidentales que se creyeron hasta tiempos de Simón Bolívar(13) habitadas por criaturas de formas extravagantes y monstruosas, nunca antes concebidas por la imaginería teratológica de la época, sumándole cuanto el “adelantado” pudo narrarle a sus admiradores para orgullo patrio, cuando regresó tiempo después por esa Andalucía que le vio nacer, para quedarse durante largos años, esperando que el rey –quien parece no haber querido atenderlo- le diera un alto cargo y un título nobiliario. Mientras tanto iba gastándose el oro acumulado durante los saqueos y exterminios de pueblos enteros en los territorios de la delimitación política conocida hoy bajo el nombre de Colombia -aunque parece que este punto no se trataba en las conversaciones de familia-, enriqueciendo incluso a la que había sido su carcelera por cierto tiempo en Portugal, que exclamó alborozada por puro agradecimiento a él y a Dios, al recibir tan buena dote, ya que, no necesitaría “ser por más tiempo carcelera de nadie”.

Abundaba también material literario para Miguel en las noticias llegadas a través de los corresponsales de ultramar, con leyendas que en conjunto iban modelando lentamente personajes humanoides en la fantasía de los marineros, de igual manera que al caballero andante que brilló con la parte más cristiana de la dicotomía espiritual padecida por el fundador de Bogotá -y por muchos otros de sus compatriotas dedicados a rebuscar dorados- que salía a relucir cada tanto, por lo general después de haber sido el feroz e inclemente conquistador casi hasta la hora de su muerte. Trances durante los cuales –seguramente- parecía haber querido desde el fondo de su alma ser el mismo Jesús, al mostrar compasión hacia los indios, ante las injusticias que continuaron cometiéndose tras la ejemplaridad de sus ejércitos, o talvez, tratando de negarse el fracaso total del amor en aquel espíritu imperial de su entorno abanderado de cristiano(1 al 20).

Al famoso fundador de La Nueva Granada le ocurrió –lo que a la mayoría de la gente- que su tiempo personal sólo alcanzaba para cumplir compromisos políticos con copartidarios o colegas al servicio de sus altezas reales, dejando atrás los mandatos de la ley Dios que desde el fondo de su conciencia moral le incriminaba por sus desmanes, por esa fe que había encontrado en lecturas sobre el origen de las leyes y la Inquisición como fuerza mayúscula. Lo mismo que ocurría a los frailes recitadores de catecismos, entre quienes hubo los que arremetieron de alguna manera cruel contra los considerados animales (ibídem) -en su fanatismo- por no profesar su doctrina de rezos y golpes de pecho, como lo expresan los cronistas -en palabras ya caídas en desuso- al referirse a ellos y en otras circunstancias en las cuales llegaron incluso a matar sin compasión a cuchilladas, abusando de desventajas en las que no podían reaccionar por encontrarse indefensos.

Esa misma circunstancialidad ideológico-política llevó a múltiples batallas sanguinarias, trampas, traiciones y pérdidas horribles para don Gonzalo, haciendo que pasara de pronto a defensor, talvez, tratando de darse alguna ínfula de compasión y amor ante los suyos, o a lo mejor intentando hasta lo imposible por remediar las culpas que cargaba por su codicia irrefrenable y desbordada que le llevó a cometer envilecimientos innombrables, porque además debía cumplir órdenes al igual que sus marineros y jinetes, ya que  en caso contrario, deberían haber pasado a engrosar las filas de desertores que produjeron rebeldes como Aguirre, quien “pedía a su alteza real las Escrituras que Dios le había dado sobre estas tierras”. Razones tan transparentes de los tiempos  dan luz sobre los intrincados temas que se ciernen entorno a la formación del carácter de este conquistador y de este escritor, acerca de las actitudes que tuvieron por norma a lo largo de sus vidas, que paulatinamente fueron modelando con la figura de Alonso -el último de los Quesada hijo de Gonzalo y nieto de Gaspar- a don Quijote de la Mancha, a cuyo nombre en la España de hoy se le rinde honores al estamparlo en una ONG muy importante.

De tal manera se representaron los caballeros conquistadores con la imagen del Quijote alucinado, rebelde y arrepentido, el que ha sido transmitido con veneración en las instituciones educativas, otorgándole con el paso de los siglos la estatura irrefutable que conserva hasta hoy, desde el establecimiento de la colonia en América, adonde es necesario detenerse a observar un poco siquiera, para comprender al mismo tiempo a los desplazados subsiguientes hasta el siglo XXI, junto a la violencia instaurada desde entonces(19), origen del movimiento guerrillero existente que manifiesta el descontento de las gentes mezcladas de una región a otra, década tras década, en estas latitudes donde -como en las tragedias de la literatura más antigua- las familias llamadas de clase alta han sido capaces de hacer cualquier cosa por sus patrimonios, de la misma manera que aquellas tiranías de griegos, latinos y troyanos en su devenir mediterráneo, tal cual los hermanos del antiguo testamento judeocristiano, y, al parecer como una constante del poderío humano sobre la tierra, al encontrarlo en civilizaciones precolombinas como la azteca -usurpadora de la identidad de otros- en aquel fértil y hermoso valle de Anáhuac(6), o en el gran imperio incaico de “los hijos del sol” con Huáscar y Atahualpa a la llegada de Pizarro o en tantos otros vecinos de vastas regiones como Calarcá e Ibagué

En conclusión, temas como este se vuelven espinosos porque han sido transmitidos con intereses ideológicos muy precisos, en este caso la máxima representación literaria de los caballeros españoles -impositores de su lengua y credo-, con la misma veneración desde 1605 durante la colonia cruel, y año tras año  de dominación castellana, pasando de largo por el siglo XIX -pese a la Independencia-, logrando prevalecer la “triste figura” que llevaba por yelmo una vasija de barbero y murió arrepentido de haber librado su lucha contra los molinos de viento, símbolo del poderío feudal; inspirándose su autor en libros de caballería citados por él, quien debió haber conocido también a los cruzados cátaros, templarios, druídas o los nórdicos de la mesa redonda y el santo grial, a parte del manuscrito “de un morillo” destacado en su obra  que le sirvió para caracterizar al personaje insigne, posiblemente de su patria chica -Andalucía- recientemente convertida al cristianismo por los ejércitos de su corona imperial católica-apostólica-romana.                   
Esta obra ya legendaria se forjó en la imaginación de pueblos que temían a Dios con todo su fervor, pero que, aunque no olvidaban el libro sagrado donde dice: “Yo soy la palabra”, faltaron a ella con tanta facilidad, incluso en los tratados de paz -en momentos difíciles de su causa imperial como la revolución de los Comuneros del Socorro-, para acometer cobardemente, asumiendo estas actitudes con desenvoltura a la vez que imponían a los sometidos sus teorías sobre los mandamientos de la ley divina, dándose así esa dicotomía espiritual en cada uno de los caballeros y sus comitivas –todavía existente entre quienes asumen oficios y profesiones diversas-, con sus huestes formadas por presidiarios condenados al exilio y algunas honrosas excepciones de bondad entre los frailes –así como actualmente en cualquier institución pública o privada- que dadas las circunstancias debían acolitar excesos.

Es necesario en este contexto histórico-político detenerse a observar aquellos que se desempeñaban en la aduana inquisitorial y dieron luz verde –digamos- a la reconocida obra de este personaje caballeresco paradigma de lo virtuoso. El intrépido que termina arrepentido de sus transgresiones al Estado clerical, asistido por  las autoridades del pueblo. Libro que –seguramente- los poderosos de entonces al leer, debieron haber aclamado por unanimidad, al tener bien claro su alcance en la dominación ideológica castellana, siendo por eso exportado a las colonias en carabela, porque nada más a Cartagena llegaron cien ejemplares, dándose la necesidad de hacer proporciones con los demás que llenaban las dos cajas en que se empacaron, por tratarse de obras relacionadas con la fe en cantidades muy inferiores y, de paso prestar atención a la sorpresa que se llevaron los familiares de Quesada al leer las páginas escritas por su pariente, ya que se disgustaron muchísimo al encontrar “intimidades de la familia”.
Jaime Restrepo Chavarriaga                 julio de 2007



DOCUMENTOS



  1-  El caballero de el Dorado - Germán Arciniegas.
  2-  Historia Universal t. I. Introducción - Jacques Pirenne.
  3-  Crónicas de historiadores de Indias -  Colección Grolier Quillet.
  4-  Brevísima relación de la destrucción de Indias - Bartolomé de las Casas.
  5-  Atabi –  Tesis de grado de un profesor de Uniquindio.
  6-  Mitos y leyendas de los chibchas – Jesús Arango Cano.
  7-  Yurupary – Héctor H. Orjuela.
  8-  Azteca – Gary Jennings.
  9-  Huasipungo – Jorge Icaza.
10-  Psicoanálisis de la Sociedad Contemporáneay El Arte de Amar – Erick Fromm.
11-  El asesinato de Cristo – Wilhelm Reich.
12-  La Rama Dorada – Frazer.
13-  El general en su laberinto – G. García Márquez.
15-  En busca de los dioses- Jacques Lacarriere.
16-  Historia del Teatro en Colombia – Colcultura.
17-  Las Cuatro Estaciones – Ann Osborn.
18-  Revistas y periódicos de universidades e instituciones oficiales  
        de antropología, literatura, psicoanálisis, Ambiente y otros
        relacionados con la época. Se sugiere remitirse a la bibliografía             
        de Los hijos de los Astros.
19-  La violencia en Colombia – Germán Guzmán.
20-  Historia Económica de Colombia- Alvaro Tirado Mejía
21-  Diccionario de la real academia de la lengua.
22-  Diccionario enciclopédico Quillet.
23-  Diccionario Encarta de Internet.
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Comentarios:

Escrito por: palabraimagen       02/01/08 16:21
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Se trata del ensayo sobre un personaje que pone los pelos de punta a muchos, investigado en su esencialidad histórica por parte de un conocido colombiano fallecido recientemente (Germán Arciniegas), casi a sus cien años, y bien feliz de haberlos vivido, como le escuché decir en una entrevista con sus hermanas hace algún tiempo, ligado éste en sus connotaciones a otros teóricos necesarios para hacerse una idea más precisa acerca de los alcances que ha desarrollado la cultura occidental en el ambiente planetario, sin perder de vista claro está, lo pertinente a los del Oriente, de quienes bien se sabe sus consecuencias en el gran océano, y, sin perder de vista los caminos en busca de Dorados que condujeron los pasos de conquistadores europeos hasta el altiplano cundiboyacense, para transformarle su paisaje urbano a semejanza de una nueva Andalucía, de donde era oriundo Jimenez de Quesada.
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