“La ecuanimidad en los tiempos del conflicto y de cómo se evitó la guerra de los sexos”

 
Había una vez dos clases de personas, llamadas hombres y mujeres. Eran diferentes en muchos aspectos, aunque se estimaban mutuamente. Por lo menos no se les ocurría matarse entre ellas. Pero a veces tenían dificultades y, habitualmente, las causas eran provocadas por las mujeres, según los hombres; y por los hombres, según las mujeres. ¿Y cuáles eran esas dificultades?: Por de pronto, y por muchísimos años, los hombres eran más inteligentes (según los hombres). Por de pronto, y desde no hace muchísimos años, las mujeres eran más inteligentes (según las mujeres). Por lo tanto           –llegado a este punto–, los hombres y las mujeres no se pusieron de acuerdo en quién debía mandar a quién. En ocasiones, unos u otras, tenían más sentido común; y cuando se pusieron a comparar la mayor inteligencia de uno, con el más elevado sentido común del otro, la discusión fue acalorada.
Asimismo, es cierto que las mujeres –a veces también los hombres– hablaban demasiado y con poco fundamento, quedándose en palabras. Entonces sucedía que el verdadero trabajo lo realizaban los más diligentes y menos habladores, que decían ser los hombres... y decían ser las mujeres.
Después de cambiarse palabras duras y golpes que no lo fueron tanto, finalmente uno de los bandos concluía por ceder. Casi siempre ese bando era el de las mujeres (¿sexo débil?), o, al menos, eso hicieron creer a los hombres (¿sexo fuerte?); resultando así que los grupos terminaban por reconciliarse, haciéndose caricias y todo eso, razón por la cual estamos nosotros y están nuestros hijos y nietos hoy en este mundo.
Pero hay hombres que no muestran interés en las mujeres y mujeres que no muestran interés en los hombres, para hacerlo entre sí de manera natural, con el juicio de incomprensión y curiosidad del resto; tanta curiosidad, que a veces se pasan al bando de los objetos del desconcierto, y siempre les ocurre a los más inquisidores.
Lo cierto es que las mujeres (eso creyeron los hombres) tenían demasiada sensibilidad; y también parecía evidente que los hombres (eso creyeron las mujeres) eran demasiado torpes. Cada sexo llegó a creer que el nivel cerebral del otro era el de un mosquito.
Hubo un momento en que pareció que se declaraban la guerra. La disputa esta vez era de carácter fundamental, ya que afectaba a los hijos de ambos, que no sabían cuál de sus progenitores era el jefe de la familia. En vista de ello, fue necesario aplicar un cambio (grupo feminista) en pos de las futuras generaciones; punto de vista que, naturalmente, no les pareció bien a los hombres (grupo machista). Pero enseguida lo olvidaron y la guerra no estalló.
Surgió una moda y muchas parejas dejaron de serlo, viviendo separadas. Pero a pesar del orgullo que sentían por cuanto habían logrado individualmente, empezaron a experimentar en distintas formas su dependencia no asumida. Sintieron necesidad de compañía y el resultado fue el fracaso del experimento, para bien de las almas que buscaban encarnarse.
Decidieron entonces que podían resolver la disputa, admitiendo ambos la superioridad del otro; y el otro pasó a ser tanto el hombre como la mujer, quien creyó tener que tomar la responsabilidad de las decisiones.
Finalmente, acordaron vivir otra vez en pareja, a prueba y poco a poco. Claro está, ambos se atribuyeron el mérito de la decisión. Pero hoy vuelven a vivir juntos; y es importante. ¿Felices?, algunos hombres y algunas mujeres no lo creen tan así, porque, al decir de cada uno, deben perder más libertades que el otro».
Este cuento no ha terminado. Continuará y continuará y continuará...

Moraleja: La manera práctica de tratar a los miembros del sexo opuesto es aceptarlos como individuos semejantes a uno mismo... pero lo suficientemente diferentes como para excitar nuestro interés en ellos.
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Comentarios:

Escrito por: Norberto       12/11/07 00:07
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betob (no sé tu nombre) y Ethel, gracias a ambos por visitar mi rincón literario. "La ecuanimidad en los tiempos..." fue escrito hace muchos años, diría que en mi primera juventud; y lo hice entonces como amena diversión. Nunca (luego de su corrección) volví a tocarlo. Apareció ahora entre mis hojas sueltas sin publicar y con cierta nostalgia por mis tiempos de lecturas y experiencias juveniles, decidí mostrarlo a ustedes. Hay kilómetros hechos de escritura y un estilo que distancia de aquél que me impulsara a poner tan grande como pretencioso título.
Escrito por: etelsaga       11/11/07 20:41
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Coincido totalmente con la moraleja...
Me parece muy bueno tu texto, hace tiempos no leía algo así, siempre recargado hacia los hombres, otras veces hacia las mujeres. Igualdad...
Escrito por: betob       11/11/07 18:06
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Perdón.
corresponde la palabra: excitarlos

betob
Escrito por: betob       11/11/07 18:04
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El ensayo/planteo, desarrollado en una no complicada versión, no hace demasiado incapié en sentimientos, necesidades y demás anhelos propios de los seres humanos, como tampoco hace referencia, quizás por olvido, tal vez por comodidad, sobre la "aparición" del erroneamente llamado "tercer sexo".
Pero...de acuerdo a la moraleja, debemos tratar a los miembros opuestos, sin olvidar la consigna: exictarlos.

Interesante.

betob
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