La Dyson, Ciclon-DC08

 
La Dyson, Ciclón, DC08  Rev.


      Pilar del Rosario está cerrando la puerta del armario. Allí acaba de esconder la aspiradora Dyson Ciclón, sorpresa de regalo que ha comprado para Juan José, su marido, que sufre de alergia al polvo y a los pelos de gato. Cimbreando la cintura con paso de gata cruza la sala de estar. Mira en dirección al sofá donde la noche anterior hacían el amor con Nilo, su profesor de Kárate y sonríe para sí misma, como si todavía sintiera sus caricias. Va, sacude los cojines y revisa si ha quedado alguna mancha. Luego se dirige a la cocina a preparar el té. Llena la tetera eléctrica y pone a hervir el agua. Una vez más vuelve a mirar la hora en el reloj de la muralla. Son pasadas las cuatro de un día viernes fuera de lo corriente: hoy es el día de pago y del aguinaldo semestral de su marido.

       Al llegar de las compras se había encontrado con un mensaje en la grabadora:
--¡Sorpresa! ¡Sorpresa! -Le decía su esposo, eufórico. -¡Acabo de ser promovido! ¡Despidieron al cholo Gonzáles!...Espéreme con una sorpresa sabrosona para celebrarlo y recuperar el sueño atrasado…

      --Carmelita -le había dicho a la empleada-; voy a salir y no vuelvo hasta la noche. Así que puede irse más temprano si quiere. Pero antes, vaya a la panadería, se compra unas marraquetas doraditas y deje preparada esa ensalada de cebolla con tomates y el chancho en piedra bien picante que a Juan José tanto le gusta.

       --¿Y para usted señora, qué le compro?

       --Tráigame unos pastelitos, de esos con escamas de chocolate.

       Y mientras la empleada hacía las compras y preparaba el plato favorito de su patrón -‘comida de rotos; mala influencia de la ‘Nana’ de mi marido’, acostumbra decir-, Pilar del Rosario ha subido a darse un baño de sales.  Frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio y perfumada con lavanda, examina cómo le sienta la tenida playera que acaba de comprar. Es como un velo de colores cálidos que dejando ver la delicadeza de sus curvas la hace verse más esbelta y que se complementa con el color tostado de su piel, del azul turquesa de sus ojos, y de su pelo castaño oscuro despeinado y húmedo que le refresca el cuello y los hombros. Sin revelar demasiado, la tela le delinea las piernas, se le comprime contra el vientre y a la vellosidad del pubis, destaca la flexibilidad de su cintura, se ajusta al ritmo de sus caderas y al goloso juego sensual que sabe darle a las nalgas.

       Cuando Carmelita se retira, Pilar saca la Dyson de la caja y siguiendo las instrucciones la ensambla. Después de comprobar que funciona, vuelve a esconderla.

         Son las seis menos cuarto en el reloj cuando escucha el motor del auto que entra al garaje. Se da la última mirada en el espejo del pasillo, se despeina un poco y se ajusta el escote antes de abrirle la puerta.

       Y allí viene Juan José. Se acerca a ella pegado a la muralla, imitando los movimientos de un puma presto a saltar sobre su presa. Y con un ¡Zaas!, dando un salto, le pasa un ramo de flores que traía escondido detrás de la espalda.

        La abraza sonriente, eufórico: está rejuvenecido. Sus ojos opacos, las arrugas prematuras del rostro, la calva incipiente al igual que ese gesto de asco tan suyo que denuncian a gritos su crónico estado anímico de mierda, parecieran haberse esfumado de su persona. Como fruto de un milagro, José Luis parece quince años más joven.  Sorprendida de verlo de tan buen talante y trayendo tales buenas nuevas, Pilar del Rosario le da un beso en la mejilla y se deja abrazar, -un abrazo quizás demasiado efusivo para su gusto.

         --Cariño, de aquí, voy derecho camino a la Gerencia de Ventas. -le dice, observándola mientras se pasea por la cocina pelando una mandarina. -Todo depende que ahora logremos sacar del medio a German Prieto.

          Ella está dándole la espalda, ocupada con las flores y su marido la observa. La tela delgada, fina, sensual, suave como la seda, resalta más bien que oculta la dureza de sus pezones erectos por el roce y destaca el vaivén provocativo de sus senos sueltos que hasta horas de la madrugada habían sido acariciados, besados y mordidos. Juan José deja la mandarina a medio pelar, se acerca por detrás, le acaricia las nalgas, la abraza con todo el cuerpo, le besa el cuello, le susurra al oído:

         --¿Acaso tiene preparada una sorpresa especial para su amorcito que se me puso tan linda?…  Cuénteme, que me muero por saber. -Trata de besarla de nuevo, ahora en los labios. La mujer se cubre los labios con dos dedos.
 
          --Le tengo dos sorpresas a cambio de una, mi amor: unas onces para chuparse los dedos, como a usted le gustan… Y además, ¡le tengo una sorpresa-regalo! Pero dejémoslo para después del te’, -dice, sin responderle al intento de besarla. --Ahora, termine con esa fruta y suba a darse una ducha. Mientras come me cuenta aquello del ascenso.

          Juan José, con sus sentidos alterados por la falta de sueño, ha descubierto el cuerpo desnudo de su mujer bajo el vestido. Con la mente cargada de expectativas eróticas sube de a dos en dos las escaleras. Deja su ropa sobre una de las camas pareadas del dormitorio donde por dos años, frustrado y con espasmos alérgicos ha perdido el sueño viéndose suplantado por la gata angora que duerme a los pies del lecho matrimonial.

           El agua tibia, la espuma del shampoo corriéndole por el cuerpo, su propia desnudez y la dilatada privación de sexo, lo impulsan a salir de la ducha y llamarla.

          --¡Cariño; descanse! ¡Suba!... ¡Venga a bañarse conmigo!...

          Sólo escucha el eco de su voz en la escalera como respuesta...

           Pilar del Rosario frunce la frente, y en punta de pies cuidando de no hacer ruido cierra la puerta de la cocina. Enciende la radio a volumen moderado y se sienta, atenta al ruido de la ducha. Escucha sus pasos. Se pone de pié. Cuando Juan José entra, la encuentra llenando la tetera con agua.

          --¡Por Dios, mi amor! ¡No me diga que se va sentar a la mesa en esa facha! ¡Piense que dirían los vecinos si lo vieran!-. Cierra las mamparas de vidrio que dan al jardín y baja las persianas para ocultar a su marido que en bata de baño se ha sentado con las piernas abiertas sin cuidarse de esconder sus cosas ni las varices. --¡No me diga que ahora le dio por copiar a los desvergonzados exhibicionistas del departamento de enfrente!...

          --¡Si me ven en pelotas, que piensen sucio! ¡Que se imaginen lo que se les dé la gana! -le contesta, molesto por el tono del comentario. Se amarra el cinturón de la bata... -- ¿Acaso ellos piensan en nosotros cuando hacen el amor sin cerrar las cortinas, ni apagar las luces? ¡Pero qué va! Con mi nuevo sueldo vamos a poder comprar un bungalow como Dios manda. A la estatura de un futuro Gerente: con jardín, piscina y sin vecinos escandalosos ni fisgones.

           --¿Gerente? ¿Lo ascendieron a Gerente, mi amor? –Por vez primera se le ilumina el rostro. --¿Por eso anoche tuvo esa reunión hasta la madrugada, y esta mañana me llamó tan misterioso?

            --No, cariño. Todavía no. ¡No hay que apresurarse tanto! Cuando la llame’ estábamos reunidos con Montesinos para planear de qué forma sacamos del camino a German Prieto, quien, erróneamente, todos suponen es la persona que hizo caer a Gonzáles en desgracia.  Con el resentimiento que Gonzáles tiene contra Prieto y con la información confidencial que manejaba de la gerencia, es el aliado ideal para nuestro plan. Y lo que ahora urge es ponerlo en acción sin despertar sospechas. Bastarán con darle esperanzas que va a ser recontratado. Y de eso me encargo yo. Simple: sin Prieto, ni Gonzáles de por medio, Montesinos quedará de Gerente General, y yo…, -se apunta con el dedo índice, le cierra un ojo cargado de complicidad triunfalista:-- De Sub, doy el salto a… ¡Gerente de Ventas! Y de allí… ¡A la Gerencia General!

             --¡Pero usted mismo me ha dicho que Prieto es irremplazable en la Empresa!  

              --En este mundo nadie es irreemplazable, cariño. Prieto, siendo un estratega consumado para los negocios, es un ingenuo con pies de barro. En cambio, Montesinos tiene los pies embarrados hasta la rodilla y está empecinado en deshacerse de él. ¿Conclusión?: Déme un año más de tiempo. Y usted, señora -la apunta con el dedo-, ¡será la esposa del Gerente! Sin embargo, ahora es cuando debo ser más cauteloso que nunca. Como bien se dice: que en la guerra, ‘No bajar la guardia ni descansar el ojo’…, -se pone el dedo índice en la frente a modo de pistola que a su mujer, no sabe por qué, le produce escalofríos. Tiene que apoyarse en el fregadero.   

               --Juan José se levanta de la mesa, se suelta el cinturón de la bata, se acerca a darle un beso en la mejilla. --A propósito, tenemos que invitar a cenar a Gonzáles con su esposa. Pero dejemos... -Se inclina para besarle el cuello. --Ahora, cuénteme, ¡Cuál es el regalito que me tiene de sobremesa! ¿Es algo sabroso? ¿Como esos gustitos que se dan los vecinos escandalosos?...

               Conteniendo la respiración se deja besar. --No se ponga cargoso, mi amor. Si no va tomar el té todavía, vaya, espéreme en el living. Póngase cómodo, cierre los ojos y no los habra hasta cuando yo le diga.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

               Cuando Pilar del Rosario se asoma a la puerta del living, ve que las cortinas han sido cerradas y la habitación ha quedado en la semi penumbra. Para ella, la tenue oscuridad no tiene la carga erótica que había tenido la noche anterior. Sin la presencia de su amante son sólo cuatro paredes, un techo, repisas, libros, una mesa de centro transparente, sillones confortables, el equipo de sonido, el televisor de plasma, un par de plantas rinconeras y cuadros abstractos colgados en la muralla. Allí, ahora están ausentes la atmósfera amatoria clandestina, la pasión, la locura de los sentidos el deseo de fundirse en aquel sofá. Si en lugar de su marido fuera su amante a quien ve tendido, expectante, los ojos cerrados, sonriendo, con la bata entreabierta dejando entrever el ombligo, la negrura del pubis y su miembro palpitando debajo de la ropa, ella, perdida la cabeza, metida entre sus piernas, succionando, buscando el no sabe qué de su hombría, borraría de su mente la sombra de su marido y de los riesgos que corre para hundirse en el delirio hasta perder la memoria de sí misma... Tal como se había dado al sexo prohibido la noche anterior.

                Con un tirón involuntario entra arrastrando el regalo-sorpresa: la Dyson, Ciclón, DC08 -aspiradora con tecnología de punta, con el poder de un potente Ciclón, capaz de aspirar partículas microscópicas del medio ambiente, incluido el polen y células del cuerpo, que remueve basuras, elimina pelos humanos, de animales, y mucho más.   

                 Juan José escucha que su mujer entra a la habitación acompañada del traca-traca de un sonar de ruedas en el piso cerámico que le parecen familiares. Aprieta los párpados. Se imagina que Pilar va a sorprenderlo con aquel equipo móvil de bastones de Golf, que son su sueño, y que ahora pasarían a ser un complemento apropiado para mostrar su nuevo estatus… –‘Le tengo dos sorpresas’-; recuerda que le había dicho. Entonces su imaginación vuelve a engañarlo. La imagina que se le acerca desnuda. Que le coge los testículos, se los acaricia y que una mano busca su miembro debajo de la bata. Y seguro de su pulso, de la potencia de su golpe y precisión de cálculo, imagina lo que hará con su flamante equipo de Golf. Con un suspiro expectante acomoda el cuerpo para recibirla.

                   --¡Qué le parece, mi amor! ¡Con esta aspiradora se le acabaron los problemas con los pelos de la gata! -le dice Pilar, tratando de demostrarle con que efectividad, la Dyson Ciclón va acumulando una mezcla de basuras y pelos que se ven girar violentamente dentro del depósito transparente de la aspiradora.

                    Juan José la observa hacer. Alucinado. Confundido. No sabiendo que pensar ni que decir. Sin ánimo de tapar su desnudes, incapaz de mostrar la dolorosa desilusión que siente, observa como a Pilar se le agitan los senos, las nalgas y el cimbrear de la cintura. Nada le dice el color encarnado que le cubre las mejillas por el esfuerzo de arrastrar hacia adelante y hacia atrás el cepillo de la aspiradora sobre el piso.
                
                     --¡La propaganda Dyson tiene toda la razón! -escucha que le grita por sobre el ruido del motor. ¡Una cosa es aspirar la basura con un Ciclón y otra es barrerla con una salchicha Hoover! --¡Levante sus piernas, mijito!, -le dice mientras se agacha para limpiar debajo del sillón y de paso, como por casualidad, con la punta de los dedos le da un leve toquetón estimulante en el miembro que ha quedado reducido a un montoncito de piel arrugada y sin energía.

                      En el contenedor transparente se han ido depositando migas de galletas, un botón de camisa, un chocolate seco a medio masticar, polvo, pelos, pelusas. Es una masa gris que no para de crecer… --¡Vamos a tener que cambiar de empleada!-, le decía, cuando se produce un ruido de motor forzado y la Dyson deja de aspirar. Pilar apaga la aspiradora para extraer el objeto que la bloquea.

                     Al sacudir el cepillo cae un sobre pequeño, reconocible, que se destaca impúdicamente sobre el color rojo intenso del pisa pié de centro.  En las letras blancas recortadas contra un fondo azul, marido y mujer reconocen el logo que les fuera tan familiar durante su noviazgo, pero que ahora, a ambos les horripila: Durex.

                                                
                                       FIN

                                              Sergio Bustamante

                                                                     


 


                      

                          





 

 

 

 

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