En su vida se había dedicado única y exclusivamente al trabajo arduo de ser azafata de un avión comercial, vivía sus mejores momentos entre cúmulos y nimbos, observada por un millar de personas que se desplazaban de un sitio a otro. Un día decidió despojarse de su uniforme y reiniciar un nuevo sendero que la mantuviese alejada de esos monstruos traficantes de cielos. Se sentía feliz y dichosa como si volara con aves emigrantes, el único problema era que no tenía paracaídas.