A mi hija Por todos aquellos cuentos que le leía de pequeña y por todos los que ella leerá a sus hijos. Antes de nacer, los dioses me preguntaron qué animal quería ser. Yo, que no sabía nada de la vida, decidí darme una vuelta en forma de espíritu para ver cómo eran los animales. Primero me encontré con la serpiente, la cual me contó que su vida era muy buena, pues no le costaba mucho alimentarse y, cada cierto tiempo, mudaba su piel, teniendo siempre un aspecto magnífico. Pero vi que se arrastraba para desplazarse, por lo que deseché la idea de ser serpiente. Más tarde, me topé con el águila, la cual me contó que su vida era apasionante, pues volaba tan alto, que desde el cielo podía verlo todo. Pero a mí me daba miedo no poder pisar la tierra, por lo que tampoco quise ser un águila. Paseando por el mar, se me acercó el delfín, el cual me dijo que su vida era maravillosa, siempre nadando, viviendo en compañía de los suyos y comiendo pececillos. Pero yo no quería mojarme todo el tiempo, pues un rato estaba bien, pero toda una vida en el agua, me parecía demasiado húmeda. Decidí no ser delfín tampoco. Iba a volver al cielo, cuando un lobo vino a buscarme. Me preguntó por qué un alma andaba errante por el mundo. Yo le hablé de mi búsqueda, por lo que el animal me llevó a su manada y me mostró cómo vivían. De día dormitaban. Por la noche, salían de caza. Tenían normas sociales para convivir mejor, se querían y respetaban todos y, en las noches de luna llena, se subían a lo alto del monte y entonaban una canción al blanco astro. Entonces le pregunté al lobo cómo era su vida, a lo él me contestó que vivir era libertad. Me gustó tanto cómo vivía el lobo, que decidí ser uno de ellos. Pero en el camino de vuelta al paraíso de las almas, me encontré con el perro, el cual me llevó con él a su casa. Allí vivían humanos con él. Los humanos eran feos, pues no tenían pelo, ni escamas, ni plumas, se ponían pieles de otros animales encima y, para comer, tenían que utilizar el fuego y guisar los alimentos. Pero el perro, animal inteligente donde los haya, dominaba a los humanos. Él dormía donde le apetecía, para comer sólo tenía que mover el rabo, si estaba aburrido, llevaba un juguete a sus esclavos humanos y ellos se lo tiraban una y otra vez, además, recibía todas las alabanzas, mimos y cariños de los humanos, por lo que deduje que, para ellos, era un ser realmente especial. Pensé que también podría ser un perro, aunque un humano, nunca. Ya por fin junto a los dioses, les dije que, si podía elegir, quería ser un lobo, pues la libertad de este animal era lo que yo deseaba. Pero los dioses me dijeron que no podía ser, pues otras almas habían optado por ser lobos y ya no había cupo. Entonces les rogué encarnarme en un perro, pues este inteligente animal dominaba y hacía su voluntad en la tierra, pero los dioses me dijeron que había llegado tarde, pues muchas eran las almas que esperaban para ser perros. Pedí después ser delfín, águila y serpiente, siendo la negativa de los dioses la respuesta, pues estos animales ya estaban cogidos por otras almas. Entonces pregunté qué animal quedaba libre, a lo que los dioses me respondieron que el ser humano, pues ningún alma quería encarnarse en este animal. Con gran pesar y sin haber podido decidir, tuve que convertirme en humano, condición que hoy día conservo, aunque no pierdo la esperanza de que, tras mi muerte, los dioses me dejen reencarnarme en lobo o perro. Por eso vivo al servicio del perro, dándole todo lo quiere, loándole siempre, agradeciendo que me acompañe y, en las noches de luna llena, miro al cielo, sonrío y entono mentalmente mi particular canto a la luna, en el que pido poder ser algún día tan libre como el lobo y tan inteligente como el perro.
me gusto, yo tambien, hubiese elegido ser lobo, todo menos humano, espero que el personaje del cuento algun dia, sea lo que el quiere, si no se extingen antes, los lobos digo, bueno, me gusto, animo y a seguir creando.