
Constanza deambulaba por las frías calles de Altdorf, con paso lento y arrastrando sus pies. La lluvia había cesado, sin embargo aún se refugiaba bajo su viejo paraguas. Sus ojos negros, nublados por el llanto, apenas adivinaron los carromatos gitanos que cruzaron la calle en dirección al mercado o las tiendas que comenzaban a levantarse aún de noche para ofrecer su mercancía desde la primer hora de la mañana.
La ciudad daba a luz a un nuevo día mientras los faroles extinguían su brillo en delgadas fumarolas. La dama del paraguas continuaba, empero, aferrada a la oscura protección de aquella noche sin estrellas apresada entre varillas de madera. Como si negara la visión del sol o rechazara el bullicio de la vida citadina, empecinada en permanecer en el silencio de las sombras en el recuerdo de aquel aguacero de antaño.
Se paseaba en vigilia, con su cuidadas ropas y los labios expectantes. Su espera era larga como su falda abotonada, triste como la lluvia añorada, solitaria como la protección a la que se aferraba.
Su amor no volvería a pesar de las promesas. La fría tierra era ahora su amante eterna, aunque Constanza se negaba a aceptarlo. Ella salía a buscarlo cada noche, como aquella en la que se dijeron adiós. Aquella en la que la tormenta ahogaba sus gritos de dolor y el agua de lluvia borraba sus lágrimas saladas.
La guerra, la mil veces maldita guerra, había separado sus dos corazones hiriéndole el alma con su filo. Bajo sus pies, la misma tierra que hoy era cielo y cobijo para su amado, era para ella su único contacto con el mundo. El universo entero se había partido en dos y la humanidad toda continuaba ingenua, como si la eternidad y el amor pudieran comprarse por unas monedas en ese pequeño mercado cuando en realidad se escondían de la muerte, seguros, bajo la débil tela de un paraguas.