El muchacho y el hombre de barba prominente continuaban parados en medio del río de gente. El río arremetía, implacable, indiferente. Pero estos dos individuos allí permanecían, desde hacía media hora, inmutables, expectantes, e inamovibles. Observando desde el cielo se distinguía la pequeña brecha en la correntada humana, justo donde estos dos puntitos se habían plantado; algunos torpes apresurados incluso les impactaban con sus hombros y bolsos al paso veloz. Pero la actitud de estos dos no cambió. Continuaron observando, parados en medio de la acera de la avenida principal. Ciudad capital de la nación, núcleo de la urbe comercial y capitalista.
-Continúa observando, hijo. –la voz del hombre de las barbas se perdía entre el bullicio urbano de motores rugiendo, griteríos de vendedores ambulantes, y conversaciones al pasar. Pero el jovencito le oía con claridad y asimilaba cada palabra.
-Recuerda, el poder de observación y atención son dos grandes dones si sabes utilizarlos con pureza. No sólo mires, siéntelos; siente a la ciudad. Siente el rose de de cada individuo, pero al mismo tiempo no dejes de oír. Escucha cada palabra y analízala. Descarta los ruidos de los vehículos y las bocinas, recopila información pertinente. Siente cada bocanada de aire que exhalan, siente cómo viven. Y sobre todo, observa. No mires, observa cada movimiento, observa la naturaleza. Tienes ojos en la nuca y oídos selectivos. Supéralos, hijo mío, adelántate. –el hombre continuaba hablando y el joven oía reverberar su voz en el viento; y la acción frenética de la gran ciudad ocurría frente a sus infinitos ojos negros en cámara lenta. La información le bombardeaba por doquier mientras seleccionaba cada detalle, cada mirada, cada suspiro, cada letra pronunciada. El mundo transcurría con suave lentitud a su alrededor, y su corazón latía al doble de velocidad. Entonces, el jovencito pronunció estas palabras.
-No observamos la naturaleza, padre. Observamos la naturaleza a través de nuestras mentes. –la expresión en la cara del muchacho era indescifrable, bien podría tratarse de un millón de emociones en estado catalítico dando forma a su rostro de ángulos pronunciados.
El hombre le contestó ofreciéndole una mirada de soslayo, a la cual el joven no correspondió.
-Así es. Por eso debes perfeccionar tu mente. Debes evolucionar para que seas tan perfecto como la naturaleza misma. –la serenidad y pausa en el tono de su voz denotaban años de profunda reflexión y seguridad.
Ambos callaron y siguieron observando mientras el sol se ubicaba perpendicular al suelo.
Quince minutos más tarde, un sonido en la vereda cruzando la enorme avenida alertó sus sentidos. Dos hombres avanzaban escandalosamente al borde de la calzada montados en una motocicleta. Rodaban en contra del tráfico pero con habilidad magistral para evadirlo. Los bocinazos e insultos no se hacían rogar. El acompañante le arrebata entonces la cartera a una mujer descuidada que caminaba cerca del cordón. Esta imagen se congeló en los ojos del joven mientras sus músculos se tensionaban a punto de desgarrarse. Al mismo tiempo, el hombre de barba apretó su muñeca fuertemente intentando amarrarlo, pero fue en vano. La fuerza explosiva con que salió expulsado el muchacho fue inefable.
El embotellamiento en la avenida apenas permitía el paso de un perro pequeño por debajo de los paragolpes de los coches y camionetas. Pero el joven optó por precipitarse encima de los techos y capós de los mismos. El éxtasis que bombeada su corazón, y le hinchaba las venas llegando hasta sus músculos y tendones, le hacía avanzar con velocidad y pericia dignas de un acróbata. No era para menos lo maravillados que quedaban los transeúntes al notar cómo, cual extensión del viento, el joven saltaba endemoniado por encima de los automóviles. En pocos segundos atravesó los seis carriles de la avenida y se preparó para interceptar a los malvivientes. Éstos, al ver la situación, soltaron el vehículo y aprontaron sus navajas para enfrentar a la bestia indomable que les asechaba.
Los dos malhechores atinaron a actuar sólo por instinto intentando estocar a su objetivo. Aunque hubiesen podido repetir la toma cien veces de nada habría servido. El joven simplemente danzaba entre sus presas, como un gato jugando con un pequeño ratoncito indefenso. Tomó entonces el brazo del enemigo más próximo trabándole el codo, y mientras provocaba que el cúbito quebrado le saliera rasgando la carne, enterró la suela de su zapato derecho en el maxilar del otro, destrozándolo en tres partes. La escena era digna de fotografiar en ese preciso instante. Los ladrones nunca tuvieron una mínima chance.
Después de los merecidos halagos y felicitaciones de todo tipo, el hombre barbado le apartó bruscamente de la multitud. El rostro del joven dibujaba el arrepentimiento.
-Lo lamento, padre. No pude controlarme. En verdad lo lamento.
-No puedes hacerte esto, Abir. –las palabras del viejo pesaban por sí solas. –No debes exponerte así ¿Con qué mérito? Debes controlar tus emociones, recapacita ¿Qué haríamos si algo malo te ocurre? Todos estos años hubieran sido en vano ¿Comprendes Abir? Tú formas parte de un plan mayor. Recuérdalo siempre, obediencia y disciplina. Compromiso y determinación.
-Comprendo. En verdad lo siento y no se repetirá.
-Yo sé que no, hijo mío. –bajo las tupidas cejas, Mohammed dejó ver los ojos del perdón.
Sin más palabras ni demoras los dos se perdieron entre la multitud.
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