Al borde del arroyo abundaba la vegetación. La primavera pintaba toda la zona con colores vivos. Verdes, amarillos, anaranjados. Junto con el cielo azul de esa tarde, el espectro estaba completo. Un grupo de gacelas bebía agua del arroyo. Minutos después, comenzaron a alejarse hacia tierras más elevadas. Una pequeña rezagada salió corriendo tras su madre, y de pronto un agujero se abrió atravesando su cráneo. Cayó sin vida en la mata. El plomo que acababa de traspasarla yacía enterrado unos metros más allá. A un kilómetro de distancia, tras matorrales, árboles, y canteras, el reflejo de una mira telescópica brilló bajo el sol.
El joven apuntó en un cuaderno algunos datos como, temperatura, velocidad del viento, altitud, y blanco.
-Buen disparo, Abir. –Mohammed observaba la presa caída con los binoculares. –Toma nota de los datos y guarda el fusil. La próxima aumentaremos la dificultad del objetivo. Vamos, esta semana comeremos carne.
Abir acabó de desarmar y guardar el arma en su estuche, y partieron en busca de la caza.
Una hora más tarde, el atardecer entintaba de anaranjado la estancia mientras ambos arribaban a su hogar.
-Deja las cosas y vamos a entrenar tu kung-fu hasta que acabe el día. –el padre habló, y con la subordinación y convencimiento característicos, Abir respondió a la orden.
Luego de indicarle su entrenamiento de rutina, Mohammed se dispuso entonces a despellejar y descuartizar la gacela. De tanto en tanto, revisaba las posturas y formas que Abir ejecutaba junto al estanque, y corregía. El jovencito fluía con el viento, haciendo carne el arte marcial milenario.
La noche cálida cayó con lentitud en el campo, y la cena estuvo lista. Padre e hijo comieron en completa tranquilidad, y otro día agotador llegó a su fin.
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