Cinco minutos cronometrados le tomó a la dama de rojo, por llamarla de algún modo, convencer al viejo Sergei de que no lo cobrará nada por su compañía. Ya seguro de que el festín le será gratis, el ruso chequea la hora, y se retira de la mano de la vividora hacia un pasillo interno. Les sigo con prudencia exacta y descubro que ingresan en un ascensor. Se cierran las puertas y me acerco más hasta ver el indicador del piso que se detiene en el número seis.
Mi reloj marca las siete y quince. Llamo al elevador y me concentro. Controlo mi respiración y la tensión de mis músculos, les informo que pronto entrarán en acción. Las puertas metálicas se abren, ingreso y marco el seis. El mecanismo se pone en marcha y una suave música acompaña mi ascenso. El letrero indica un máximo de carga de diez personas. Sonrío al recordar que los fabrican en verdad para soportar hasta cinco veces ese peso recomendado, y sin embargo mucha gente evita subir cuando se llena, por miedo. Algunos incluso cuando esta vacío. Antes de llegar al sexto, levanto mi pie derecho y retiro la tapa del talón de mi zapato. Tomo un pequeño punzón afilado y vuelvo a colocar la tapa. Las puertas se abren.
Salgo al pasillo alfombrado y me agacho de inmediato para atar mis cordones, que de hecho no están desatados. Miro con delicadeza a mi derecha. Al final del pasillo, dos bravucones trajeados, incluso más imponentes que los de abajo, me clavan la mirada mientras descansan sus manos en la ingle. Protegen la entrada de la habitación treinta y seis, una de las suites. Me paro con decisión y avanzo hacia ellos, metro a metro. Me restan sólo diez. Mi corazón se acelera. Mi respiración se agita. Mis tendones se preparan. Ellos me observan, y cada vez más alertas.
Ya casi sobre el primero, pronuncio un “Disculpe”, mientras éste gira acomodándose de frente a mí. Llevo oculto el punzón en mi mano derecha. Alcanza a contestarme con un “Sí”.
En este instante, el cuadro se frisa en mi mente. El guarda más cercano, que acaba de responderme, ya tiene su mano izquierda tomando el borde de su saco, dispuesto a descubrir su arma. El de atrás parece un poco menos atento y confiado, de seguro un novato, y continúa parado mirándome. El resto del pasillo en soledad y silencio.
Antes del primer segundo, mi mano vuela, y entierra el punzón en la garganta del primer hombre. Completamente pasmado, el segundo matón se arrebata e intenta desenfundar su pistola. Pero elevo la punta de acero de mi zapato derecho, y la incrusto bajo su mandíbula, destrozándole varios dientes y huesos con el impacto. Caen al piso al unísono.
Con lamentos mudos, la sangre brota a borbotones de la yugular de uno, mientras el otro pierde la conciencia ante el dolor extremo. Los cinco segundos acaban.
Hasta que no lo hace por primera vez, uno no se imagina lo sencillo que es matar. Por lo general, el cine lo muestra todo mucho más aparatoso y complicado. Con el tiempo, la práctica hace a la perfección.
Busco en los bolsillos del moribundo hasta encontrar la tarjeta que abre la puerta. Entro en la habitación.
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