


| Escritor: | animalson |
| Públicado: | 08/06/2008 |
En el amanecer del nuevo día, las nubes oscuras impedían el paso de la luz solar. Diez horas después de desmayarse, el chico se levantó e hizo memoria. Buscó a su alrededor pero su padre ya no estaba. Una nota reposaba sobre su mochila.
“Hijo, consigue alcanzar la cumbre de la sierra, en donde acaba el camino. Confío plenamente en ti, te estaré esperando. Con amor, tu padre.”
El estómago del niño rugió feroz. Bebió un poco de agua de su cantimplora, y se sentó con las piernas cruzadas. Se relajó, y comenzó a meditar. Logró al fin alcanzar el estado que buscaba cuando su mente se despojó de todo pensamiento vano, y se enfocó en el objetivo.
Su estado de conciencia se vio sumergido entonces en el inconsciente mismo, y se halló parado en medio de un infinito blanco. A la distancia, un niño más pequeño que él le esperaba. Se acercó corriendo y reconoció al pequeñito al acercarse. Era él mismo unos años atrás. Pudo ver el llanto en su rostro.
-¿Qué te sucede? –se preguntó colocándose en cuclillas.
-Mi papá me ha abandonado. –respondió sollozando el niñito.
-¿Por qué habrá hecho eso?
-No lo sé. –se percató de que la voz de su copia pequeña era igual que la de su padre. –Supongo que lo hizo porque me ama.
-Pero eso no tiene sentido. –Abir estaba confundido.
El niño se desvaneció ante sus ojos y todo oscureció.
Cuando despertó de su trance, varias horas habían transcurrido en el interior de la caverna. Afuera, una tormenta de enormes proporciones castigaba inclemente la foresta. El sonido de la lluvia rompiendo se hacía eco entre la rocosa cueva. Sin siquiera pestañar, Abir tomó su mochila y salió a su encuentro.
En su interior, el fuego de la voluntad ardía colosal. Su determinación haría avergonzar hasta al más obstinado hombre del globo. Y a pesar de la congelante temperatura, su cuerpo hervía la columna de agua que le azotaba la piel. Avanzó por el imponente bosque, enterrándose en el barro durante diez horas, que bien podrían parecer días, venciendo cada reto de la enfurecida naturaleza. Su corazón bombeada fuerte con cada paso que daba impulsándolo hacia su objetivo. Y así, en horas de la siguiente madrugada, el camino llegaba a su fin.
Desde la cumbre de la sierra podía apreciarse la vastedad del ancestral bosque. Mohammed, que aguardaba pacientemente sobre la loma, vio a lo lejos un punto abriéndose paso por la nieve. Su hijo se acercaba, empujando la nieve que alcanzaba sus rodillas. Durante los cinco minutos que le tomó alcanzarlo, su padre lo observó con atención.
A dos metros de distancia, Abir detuvo la marcha por primera vez desde el refugio, quince horas atrás. Su expresión no se dejaba adivinar, y el vapor espeso emanaba de sus fauces ardientes. La mirada que el pequeño dedicó a su padre era fulminante. Mohammed se acercó y abrazó con fuerza al niño que seguía inmóvil.
-Sabía que lo lograrías, hijo mío. –las lagrimas comenzaron a emanar de sus ojos. –Estoy orgulloso de ti.
El rostro de Abir tornó al fin en cansancio y desconsuelo. Su padre le apretó fuertemente.
-Si el amor que siento por ti, y por cada condenado ser de este mundo, no fuera tamaño, jamás hubiera podido resistir el dejarte solo. –agregó bañado en llanto.
El gélido viento les golpeaba fuerte en medio de la blancura. Mohammed tomó a su hijo en brazos y lo llevó hasta la tienda montada tras unos arbustos. El pequeño Abir descansó al fin protegido en el interior de la carpa, mientras su padre le observaba dormir. El nuevo día llegó, y volvió a irse. Las estrellas de la noche naciente brillaron blancas en la negrura del universo, y Abir abrió los ojos, tan oscuros y profundos como éste.
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