:: La cuna del mal V ::

 

 

En el gran salón de arañas colgantes, debo esforzarme para disimular mi repulsión ante tanto lujo e hipocresía. La fiesta, previa a la conferencia de Sergei, está en pleno auge. El derroche de dinero sucio se presenta en cada detalle que analizo. Servicio abundante, tragos caros, trajes de miles de dólares, joyas de tamaños inusitados, decoración de alta categoría. Intento no pensar en cuántos niños podrían ser salvados con ese dinero, pero Sergei no parece tener problemas para dormir. Me acerco a una barra y pido un Martini mientras ubico a mi objetivo. La banda ejecuta una buena pieza de Jazz.

De inmediato se me acerca una busca vidas. La reconozco sólo con el aroma. Al observarla, lo leo escrito en cada rincón de su cuerpo impuro y embustero.

-¿Me invita un trago caballero? –me pregunta en un francés seductor.

-¿Qué desea? –el mío no es tan bueno como el de ella pero me hago entender.

-Uno como el suyo estaría bien. –y se me acerca más.

Le hago un gesto al cantinero mientras mis ojos continúan rastrando al ruso.

-¿Y usted es amiga de Sergei? –intento encontrarle algún uso.

-Yo tengo muchos amigos aquí ¿No le gustaría convertirse en uno de ellos? –su tono hechicero es tan barato como inútil.

La observo un segundo de arriba abajo. Concluyo que, para un hombre con ojos de hombre, su figura sería tentadoramente irresistible, e irrechazable. Pero también imagino que su precio le añade la cualidad de inalcanzable para cualquier don nadie. Incluso para Sergei, cuya inmunda avaricia jamás le permitiría pagarse una mujer así, por más que la desee.

Los aplausos inundan el salón, y Sergei aparece por un costado saludando a todo su perímetro. Se lo ve tan repugnante como siempre, incluso un poco más. La banda comienza a tocar un blues, cuando mi reloj marca las siete. Se me ocurre que quizá pueda hacerle un regalo al viejo ruso.

Me acerco a la mujer, que ya desistía de sus intentos conmigo y busca una víctima más fiable. Le susurro al oído mi idea mientras coloco en su cartera una pila de billetes verdes. Me aseguro de ser lo suficientemente generoso para incentivar al máximo a esta víbora de vestido rojo. Me ofrece una sonrisa de escalofríos, y ahora sólo me resta sentarme y observar. No confío en las personas, pero sí en su putrefacta codicia.

 

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