-Al baño. –le indico señalándole la puerta a la mujerzuela sin darle tiempo a vestirse. Corre asustada y se esconde. La mutación del rostro de Sergei es patente. Queda con sus cien kilos de inmundicia revolcados sobre la cama, y me mira fingiendo estar tranquilo. Pero no lo está, lo reconozco en cada gramo de sí. Me acerco lento a la cama, y al ver mi proximidad se desespera explosivamente por agarrar algo del cajón. Un arma, supongo, porque mi pie no le permite abrirlo.
-Calma, viejo amigo. –susurro mientras le aprieto suave del cuello, apoyándole la cabeza de nuevo sobre la almohada. -¿Sabes por qué estoy aquí?
-Mis hombres vienen en camino. –a pesar de hablar varios idiomas, insiste en utilizar su ruso natal para comunicarse conmigo. Quizá imagina que puede intimidarme.
-Me parece correcto, para eso les pagas. –le contesto con su mismo código. -Por cierto, deberías invertir un poco más en eso.
-Mátame si quieres, pero tu ya estás muerto, pedazo de mierda…
-De acuerdo. -respondo y le clavo el punzón en medio del abdomen con agresividad. Mi otra mano tapa su boca al mismo tiempo ahogando su grito. Pasan unos segundos y se calma.
-Bueno, no hay más tiempo para gastar en esto. Puedes vivir, o puedes morir. –digo mientras saco unos contratos especialmente preparados del bolsillo interno de mi saco. Los tiro sobre su pecho. -¿Cuánto vale tu miserable vida?
Sin siquiera mirarlos, lo rompe en pedazos y me escupe.
-Te libero de tu sufrimiento, Sergei Yeltsin. –pronuncio las ultimas palabras que sus oídos escucharán, y miro en lo profundo de sus ojos intentando evocar a cada alma inocente que pagó por su asquerosa vida.
-Idiota ¿Te crees Dio… -intenta decir.
Tapo su cara con la almohada y espero unos minutos que su vida acabe mientras lucha vanamente retorciéndose por liberarse. Su existencia se exprime segundo a segundo, y siento como las víctimas de su industria del mal descansan al fin en paz. Al menos este ser ya no causará más dolor.
Tiro los papeles rotos al cesto, los incendio, y tomo el dinero de la cartera de la muchacha escondida en el baño. Oigo el grito de una mujer al fondo del pasillo. Me asomo y veo el carro de la limpieza abandonado en medio del camino. De seguro la empleada descubrió a los caídos y ya baja a dar la alarma. Miro por un segundo atrás fotografiando la escena en mi cabeza. Sergei reposa desnudo en la cama con la almohada en su cara. El humo de los papeles ardiendo en el cesto activa la alarma contra incendios y los rociadores empapan la habitación.
Desciendo de a medio piso por salto por las escaleras. Me toma un minuto llegar hasta el lobby en donde la conmoción se apodera de a poco del sitio. Salgo caminando con tranquilidad en medio del caos. Bajo los diez escalones de la entrada, y tiro los billetes al mendigo sentado en el primero. Con las manos en los bolsillos me alejo del hotel; a dos cuadras, una ambulancia y la policía local pasan veloces a mi lado distorsionando el sonido de sus sirenas en la distancia.
Es una pena que Sergei no haya firmado. Miro el reloj, son las siete y media. El sol aún brilla con fuerza.
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