La Tierra se acomodó permitiendo el amanecer en la estancia. Con los primeros minutos de luz rosando su cara, Mohammed se despertó. Miró por la ventana hacia la huerta. Como desde cada alba, Abir empuñaba su oz y seleccionaba vegetales tiernos para el almuerzo.
El padre se refrescó y vistió. Buscó dos mochilas que tenía preparadas y salió de la casa.
-Vamos Abir, deja eso. Toma. –alcanzó una de las mochilas a su hijo y continuó camino hacia la entrada de la estancia. Abir se secó la frente, dejó sus herramientas y trotó tras su padre. El cielo de la mañana estaba tan claro como le era posible, ni una nube se detectaba sobre la línea del horizonte, y el sol se preparaba para azotar con dureza en pocas horas. Ambos cruzaron la tranquera y se perdieron a lo lejos por el camino de tierra blanda.
Caminaron a paso constante durante dos horas hasta alcanzar unos viejos pinos negros a la vera del camino. Mohammed se sentó en una roca y sacó su cantimplora.
-Continuaremos hacia allí. –dijo entre sorbos y señaló hacia las sierras nevadas, erguidas kilómetros al sur. Abir no dijo palabra, pero sus facciones demostraban la sorpresa. Calculó que tardarían días en llegar a pie. Y sin más descanso, su padre se paró y avanzó hacia nuevo destino. El niño bebió un sorbo y le siguió, volviendo a colgarse la mochila que albergaba casi la mitad de su peso.
Al correr de las horas, el agotamiento del pequeño era notorio. Mohammed no miró atrás ni por un segundo. Sin decir nada, Abir se esforzaba por avanzar sin arrastrar los pies, esquivando las rocas del bosque que atravesaban. Las lechuzas les chistaban desde la altura.
Al caer la noche colina arriba, el frío era punzante. El bosque despertó y sonidos de todo tipo asechaban por entre la espesa niebla. El niño desistió y se sentó en el piso cubierto de hojas muertas. Su padre se detuvo más adelante, casi perdido en la niebla, y le habló sin voltear.
-Aún no es momento de descansar. –advirtió.
-Pero ya no puedo más.
-Abir, antes de siquiera pensar en cuántas fuerzas te quedan, tienes un deber mayor que cumplir. Tu deber supremo es la obediencia. Y ya lo sabes. Obediencia hacia la causa mayor, hijo mío ¿Cómo lograrás mantenerte fiel a la causa si ni siquiera puedes obedecerme a mí?
-Yo entiendo padre, pero…
-No Abir. No comprendes. –interrumpió el hombre levantando la voz. -Si entendieras no te hubieras detenido. Puedes evaluar las opciones que desees mientras avanzamos; hay mucho en qué ocupar la mente. Pero desobedecerme no es una opción posible. Cuando asimiles el significado de esta obediencia, sólo allí podrás entrenar tu determinación y tu compromiso, pequeño. Nuestras vidas carecerían de sentido sin estos valores máximos que respetar ¿Quieres ser igual que todos los hombres de allá afuera? Inseguros, desobedientes, incompetentes ¿Quieres echar a perder todo el esfuerzo sólo porque crees que no puedes continuar caminando?
Con las piernas temblorosas Abir volvió a incorporarse despacio. Sus infinitos ojos negros brillaron en un llanto ahogado. Las emociones se arremolinaban en su pecho mientras se preguntaba si lo que lo mantenía en pie era ese compromiso del que hablaba su padre, o pura cólera. Mordió su labio y volvió a caminar con la mochila a cuestas.
Dos horas después, la medianoche se acercaba y la luna desapareció entre los densos pinos que cubrían el cielo. El ambiente era siniestro. Pero la tortura física y mental que atravesaba Abir era mucho peor.
Mohammed se desvió entonces del camino compenetrándose en una caverna rocosa, metros más allá. El niño aceleró el paso para no perderlo de vista y lo encontró finalmente acomodando unos abrigos en el suelo de piedra a modo de cama; luego bebió agua y se durmió sin más reverencia. Abir quedó en pie un momento con la mente en blanco, y se desplomó.
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