Dentro del taxi la temperatura supera fácilmente los cuarenta y ocho grados. El taxista local intenta una y otra vez entablar conversación pero lo evado con indiferencia. Partimos hace más de una hora del vulgar hotel donde me alojo, en Bagdad occidental.
Mientras atravesamos el puente sobre el rió Tigris, observo a la lejanía a algunos pescadores en botes. Éste río se extiende desde los Montes Tauros en Turquía, hasta el Golfo Pérsico. Si la refinadora de Yeltsin se instala, no me extrañaría que en pocos años el sustento de estos hombres desaparezca para siempre. Las aguas del Tigris son utilizadas también para la irrigación de toda la zona árida. Mucha gente deberá pagar por la imprudencia de unos pocos. Es necesario acabar con esto ahora. O tan pronto como éste taxi de escasas condiciones me lleve a destino.
El tráfico es terrible y de lo más surtido. Avanzamos muy lento, pero la aguja de mi reloj no. Y el calor lo empeora todo.
Seis horas pasan del mediodía y al fin nos acercamos al hotel donde Sergei ofrecerá una conferencia y cerrará el contrato. La zona es muy céntrica y pido al chofer que me deje a unas cuadras del hotel. Pago con propina y avanzo esquivando los puestos callejeros. El sol se rehúsa a bajar.
La fachada del hotel no resulta tan imponente. De arquitectura moderna, pero modesta. Subo los diez escalones requeridos e ingreso por la puerta giratoria. Por dentro todo es mucho más lujoso. El lobby es espacioso y una simpática fuente marca el centro. Me dirijo sin vacilar a los sanitarios, y espero a que algunos huéspedes se retiren. Entonces me visto con el esmoquin y escondo la ropa tras un cubículo. Ahora sí, salgo reluciente y apropiado a la ocasión.
Un botones se acerca a paso ligero al verme parado y sin atención.
-Buenas tardes señor ¿En qué puedo servirle?
-Sí, estoy buscando la conferencia de Sergei Yeltsin. –mi árabe suena como nativo.
-Sí señor. Sea tan amable de acompañarme por favor.
El muchacho me guió por un pasillo hasta la sala de reuniones del hotel. Le ofrezco un billete de cincuenta dólares y se retira; muy contento por cierto, considerando que el billete de Dinar más grande equivale a veinte dólares.
Dos altas puertas batientes reciben a los invitados, pero no sin antes pasar por dos enormes guardias de seguridad vestidos de negro elegante. En momentos así me vienen imágenes de mis primeras misiones, de los nervios apoderándose de mí, echando por tierra de todo el entrenamiento, y demostrándome que a la experiencia nada reemplaza. Pero eso es cosa del pasado, mi seguridad actual no tiene brechas. Me acerco convencido cuando el matón número uno me detiene apoyando las yemas de sus dedos en mi pecho.
-¿Si? –me pregunta altanero en inglés mirándome a través de sus lujosos lentes oscuros.
Le observo con atención imaginando que el tamaño de su ego corresponde seguramente al de sus pechos. Una presa fácil. Sería apropiado castigarles por apoyar a un monstruo como Sergei, pero eso me complicaría mucho las cosas y no tengo tanto tiempo. Oigo la música en el interior y el tumulto de gente cacareando. Me limito a entregarle la invitación, que me declara como Abdul Al Maliki. La analiza con su escasa habilidad y, sin siquiera pedirme que me quite las gafas o el turbante, me palpa rápido y me permite ingresar sin más palabras.
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