El pequeño Abir tocaba su violín bajo las estrellas. La calidez de la noche le arropaba sentado junto al estanque. Acariciaba las cuerdas con el arco haciendo brotar nota tras nota de una dulce melodía, capaz de transportar a cualquier oyente a mundos de paz y sosiego. La perfección con que ejecutaba la obra demostraba años de práctica constante para su corta edad. A su derredor, las fronteras de la estancia se perdían bajo el horizonte negro.
-La cena está lista. –anunció su padre Mohammed, de pie en la galería de la modesta casita marrón. Las frondosas barbas del hombre flameaban al son de la brisa tibia. La tranquilidad era dueña del lugar, y al dejar de tocar Abir, el silencio también lo fue. Sólo los grillos y las hojas del majestuoso ombú susurraban en la penumbra de la medianoche. La luna, gorda como pocas veces, observaba todo.
El niño guardó su instrumento en el estuche y se sentó junto a su padre alrededor de una pequeña mesa de madera. Comieron sin decir palabra mientras la brisa, que tornaba en viento, agitaba los postigos de las ventanas abiertas.
-Mañana no entrenarás. –comenzó diciendo Mohammed. Su voz era ronca y firme como un roble. –Iremos de paseo. –agregó.
-¿A dónde iremos?
-Ya lo sabrás. Paciencia, hijo. Saber esperar el momento es una virtud.
Acabaron de comer y el padre acercó a la mesa el tablero de ajedrez con una partida comenzada. Mientras tanto, Abir recogía los platos y cubiertos. De regreso del fregadero, y antes de sentarse, observó el tablero, se tomó el mentón, movió un alfil y dijo.
-Hoy miré el agua del estanque y vi mi imagen reflejada. También hallé un sapo, un pato, y una mosca negra ¿Qué vida es más importante padre?
El hombre acariciaba sus barbas y miraba fijamente el tablero. Entonces movió el caballo y contestó.
-¿Con qué regla lo mides, hijo mío?
El niño frunció el seño y se concentró. Volvió a colocar el alfil en su sitio original.
-¿Qué vida es más importante para la continuidad de todas las demás?
-En ese caso, el hombre es el peor enemigo del hombre. –agregó y movió una torre. –Jaque. –pronunció.
-¿Pero acaso el hombre no es un hijo más de la naturaleza? –indagó nuevamente Abir y protegió a su rey con un peón.
-Sí. Es tan natural como un accidente lo es. Tanto como lo es una catástrofe. –respondió el padre y atacó con su caballo. –Jaque mate. –concluyó.
Se quedaron sentados por unos minutos más analizando la partida en silencio.
-Es tiempo de descansar. Mañana nos espera un gran día. –dijo ahora Mohammed y dio un beso en la frente al niño. Éste asintió y se fundió entre las sombras del dormitorio.
Luego de lavar los cubiertos, el hombre se acercó a un lienzo a medio pintar y preparó los óleos dispuesto a acabar con la tarea. Horas más tarde, una fantástica tierra de ensueños, aún húmeda, descasaba sobre su atril. Sopló la última vela y se fue a dormir.
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