-Señor Pawlowsky. Pase por aquí por favor. –anuncia una de las asistentes del lugar. El hombre, que lleva esperando media hora en la sala de espera, se levanta y sigue los pasos de la mujer.
Ingresan en una sala repleta de cunas, y la asistente le señala una de color celeste.
-Él es Gregorio. Puede alzarlo si lo desea, yo le esperaré afuera unos minutos. –informa en voz baja mientras el hombre se acerca. –Luego podrá completar los últimos papeles, y en cuanto realice el último depósito para finalizar los trámites, podrá llevarse a su hijo. –dicho esto, la mujer sale y cierra la puerta con suavidad.
El hombre se acerca más a la cuna y se inclina por debajo del manto cobertor. El bebé duerme. Su pureza e inocencia le impiden comprender lo que su nuevo padre tuvo que atravesar para poder adoptarlo. Pero el momento al fin ha llegado. Lo toma en brazos, y el pequeño milagro abre sus ojos, redondos y brillantes. No emitie sonido más que su agitada respiración. El hombre le mira fijo a los ojos y se ve reflejado en la profundidad clara.
Levanto la mirada y veo mi reflejo en el espejo del baño. Me sorprendió, por lo general intento evitarlo. Espero que él no tenga que cargar con las almas que yo debo. Me seco la cara y voy directo a la cama, el viaje en avión fue largo y estoy agotado.
Una vez más, y gracias a quien sea, no sueño.
Abro los ojos y lo primero que descubro es el trece, seguido de un treinta, en el reloj sobre la mesa de noche. Me siento un momento en el borde de la cama para recuperar la conciencia plena. Miro sobre mi hombro con sosiego; por las rendijas de la persiana se filtran los rayos achatados del sol. Veo volar las partículas de polvo. El 80% del polvo en las habitaciones suele ser piel humana. Es verano, y aquí en Bagdad la temperatura es muy alta. Calculo que en este momento asciende a los cuarenta y cinco grados Celsius. Es una de las ciudades más calurosas del mundo, y las lluvias son muy raras en esta estación. Presiento que será un día largo, espero acabar lo antes posible y desaparecer de aquí.
Camino al baño, es reducido y apenas quepo dentro maniobrando bien. Mientras orino, espío por la diminuta ventila los patios traseros de las primitivas casitas pegadas al hotel. Debo reconocer el gran trabajo que hicieron con tan poco espacio. Un padre le grita algo a su hijo adolescente en un árabe bastante rústico. Me lavo la cara y me seco. Esta vez evito el espejo.
Abro el portafolio y busco el itinerario. Hay dos carpetas amarillas. Tomo la de arriba.
La foto de la primera página muestra a Sergei Yeltsin. Un reconocido empresario ruso, radicado en los Estados Unidos. Sergei es dueño de más de la mitad de las refinadoras de petróleo del planeta. Ninguna cumple con los estándares mínimos de protección medioambiental. Los organismos encargados de controlarlo sucumben una y otra vez ante sus sobornos y extorsiones. Esta tarde firmará otro contrato multimillonario para instalar una nueva planta en Iraq, a orillas del río Tigris. La más grande y dañina construida hasta el momento. Según la tercera página, mi objetivo principal consiste en impedir el cierre de este contrato. Como objetivo secundario e ideal, obligar a Sergei a entregarnos la propiedad de sus demás industrias. En cualquier caso, acabar con su vida.
Según el mapa, los contratos serán firmados a las veinte horas en un importante hotel de Rusafa, en Bagdad oriental.
Sergei estará fuertemente custodiado, sobre todo desde nuestro último encuentro hace dos años en Marsella. Tuve la esperanza de que recapacite, y le perdoné la vida aquella vez. No cometo dos veces el mismo error.
Busco en el portafolio una identificación local y una invitación. Son perfectas, incluso mejores que las originales. Una vez más, los muchachos hicieron un gran trabajo. También tomo una buena cantidad de billetes. Si quiero llegar a tiempo será mejor que me apresure. El hotel está cruzando el río y no queda demasiado tiempo.
Cuelgo el esmoquin nuevo al hombro, me coloco el turbante y las gafas de sol, y me largo de aquí. El calor es infernal.
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