La Cueva de los Murciélgos (Cuento Regional)

LA CUEVA DE LOS MURCIÉLAGOS
(Cuento)

 

 

N
o sé por qué motivo habíamos dejado esta excursión para el sábado Santo.
Las razones que hayan sido no operaron a nuestro favor, con toda seguridad,  pues  hasta un que otro sermón habían pagado nuestros progenitores para que los religiosos, con su autoridad, nos desalentaran  -sin éxito- de aquel “vagabundeo”. Así es que estábamos bien advertidos de que no deberíamos volver a ese lugar, al menos en ese día. Todos los años íbamos a La Cueva entre los meses de junio y julio, aprovechando vacaciones de medio periodo y el Veranillo de San Juan  o tiempo de las canículas. Las últimas lecciones que habíamos recibido fueron las de Físico-Química. Todo versaba sobre la materia y sus propiedades: metales, no metales, gases nobles…
Los pequeños mamíferos  voladores que íbamos a visitar se habrían multiplicado durante meses sin ninguna limitación, ya que de lo único que carecían era de espacio en su guarida.  Millones de animalejos que durante la noche abandonaban  aquel antro oscuro y frío se dispersaban entre matorrales y bosques, a la caza de insectos,  jugo de frutas y sangre de quién sabe qué animales.
Bajamos por potreros planos y ondulados, así como por laderas desiertas, a ratos caminando, a ratos rodando en tropel  como piedras volcánicas.  Éramos  alegres, amistosos, respetuosos y  atentos con las personas mayores; un grupo indisoluble,  más de treinta, aventureros todos, de reconocidas sanas costumbres. La mayoría, devotos de algún santo o de alguna virgen y nunca faltábamos a los oficios religiosos, que casi siempre se realizaban en fines de semana. Sin embargo durante el trayecto los más grandes disfrutaban haciéndonos morir de miedo con sus alardes de ateos principiantes. Los que les seguían en edad contaban fantásticas historias imaginarias de chicas hermosas. En esta ocasión estábamos decididos a profundizar hasta el último rincón de la cueva y a no dejar un sólo vampiro colgando de  techos y paredes.  
Llegamos a la entrada de la gruta provistos de linternas, bastones, ballestas y objetos con qué hacer ruido.   Adentro se escuchaba como chasquido de tijeras; pero la oscuridad no permitía ver  a más de cinco metros de profundidad. Nos dimos  a armar escándalo  con manos, gritos y objetos que llevábamos. Luego empezamos a sentir un fuerte olor a ceniza, parecido al que se produce cuando se incineran huesos mezclados con azufre. Era costumbre en esos días llevar puesto un escapulario color café relleno de cuentas benditas. Todos lo teníamos. Lo que no supimos fue en qué momento ni quien colocó en nuestros bolsillos un pequeñísimo paquete de sal y unos pámpanos secos de palma benditos el Domingo de Ramos.
Apenas si fue que hicimos luz  con las linternas para poner los pies dentro de aquella tenebrosa garganta gigante, y aún no habíamos empezado a hacer barullo, cuando empezaron a salir, en qué cantidad y con qué fuerza, unos enormes pájaros negros. Animales malolientes y chillones. Parecían llevar un palo largo entre las patas flacas, que terminaba en forma de Y griega, mientras el otro extremo puntiagudo sobresalía del largo pico. Durante una hora sin parar, continuaron saliendo bicharracos, en una cantidad jamás igual o inferior a cien mil. Las copas de los árboles, cuando pasaban, se sacudían formando remolinos y crujiendo como queriéndose desgajar.
           
        Vimos cómo se elevaban esos animalejos, para dejarse caer luego en el enorme cañón del río que recogía las aguas de todas aquellas laderas.
Cuando dejaron de salir los misteriosos bichos nos levantamos del zacatal donde estábamos  echados formando cruz con los brazos. Nos metimos a la cueva y lo que vimos, no lo podíamos creer. El piso, el techo y las paredes relucían de amarillo metálico. ¡Era oro puro! Llenamos las alforjas y bolsillos a más no poder.
Sin espacio interior para más contento regresamos al sitio de salida, ya de noche; cansados. No de la caminata, sino por el peso del precioso metal. Nos dormimos como piedras.
¡Cuál no fue la sorpresa al despertar, y cuál podría ser mayor castigo a nuestra desobediencia: una masa negra, pegajosa, y pestilente, que no podíamos arrancar de la piel, de manos y brazos ni de la ropa, eso era lo que habíamos traído en  lugar de oro!
 Corrimos  directo al confesionario. Nos bañaron con agua bendita y nos impusieron durísimas penitencias, a cada cual según su grado de maldad. Y a todos, volver uno por uno hasta el barranco aquel donde habían ido a caer los animalejos. Fue  así como cada uno de nosotros fuimos confirmando que en el sitio lo que hay es una enorme montaña de esqueletos  que emiten horribles quejidos cuando sienten la presencia de muchachos traviesos y asustadizos.
Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: Loreto_Silva       22/08/08 03:56
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Simpática historia.

Loreto.
Escrito por: Agonia       17/06/08 21:01
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
mas bien, sencillo.
Escrito por: ricardo48       10/06/08 23:20
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Muy bueno Osvaldo entretenido relato.
Un abrazo
Escrito por: Vilma       10/06/08 21:47
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
muy buena historia, me has hecho recordar mis travesuras, jijijiji,
Un beso. Vi.
Escrito por: mariarosa       10/06/08 13:23
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
¡QUE BONITA HISTORIA!!
Esos momentos de miedo de la infancia, hoy te alegran con sus travesuras.
Escrito por: KARYNNA       10/06/08 03:18
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Uffffff....quien de niño no hizo algo que se le prohibia,que gusto da eso,pero siempre,siempre,algo pasa que hace que nos sintamos culpables,...este relato es muy bueno,divertido,trae recuerdos,bastante bueno Osvaldo...felicitaciones.

dos besos
Escrito por: AndresMiranda       10/06/08 02:28
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Muy bueno Osvaldo, un asquete al final.
Un abrazo
Andrés
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar poesía