El sol ardiente se levantó por sobre las tinieblas de la noche, calentando silenciosamente la tierra; despertando la vida aletargada.
Junnunay se levantó como de costumbre de su lecho con la gruesa manta de algodón que le cubría todo el cuerpo durante la noche. La choza estaba en silencio; aún nadie había despertado.
Se dirigió con cautela a la fuente ubicada en el centro de la habitación; hundió su mano en el agua para tomar de ella cuando su mano penetró sin que la superficie se alterara en lo más mínimo.
Sorprendido se quitó la manta y diose cuenta que su pecho atravesado por una Melca (flecha oscura) no palpitaba, ni se expandía para respirar. Y sobre la piel de sus manos una figura oscura como de telaraña se extendía por cada palmo de carne.
-¡¡Matagepchi!! Gritó desesperado- ¡La muerte me ha reclamado!
Iracundo y desesperado comenzó a batir todo lo que encontraba a su paso sin lograr mover un solo objeto; ni siquiera las débiles hojas de palma del techo de la habitación.
Junnunay volvió a mirar su pecho atravesado y sus manos oscurecidas y supo entonces su destino. Supo en ese instante que su alma había sido robada a través de una flecha oscura y que la marca de
La cólera se desbordó en horripilantes gritos de frustración que se perdieron en el silencio de la muerte. Cayó al suelo como dormido.
Un viento recio penetró en la habitación, levantando una densa nube de polvo y despertando a los soñolientos Familiares. De la penumbra del umbral emergió la figura de un anciano, ataviado con los ropajes del sacerdocio y llevando en su mano el hacha ceremonial.
-¡Matapuru! Exclamaron todos al verlo entrar Matapuru nos honra con su visita.
Los Familiares hicieron reverencia ante el Ilustre, ofreciéndole una silla y un tazón de agua para beber.
-Un moricawa camina entre vosotros irrumpió con gravidez- un moricawa, un muerto vivo, atado a una Flecha Oscura.
- ¡¿Un moricawa?! ¡Un muerto vivo! se dijeron entre ellos con sorpresa y terror- ¡La muerte vendrá sobre nuestras cabezas; la peste de un moricawa nos ha alcanzado!
Un gran aullido de lamento se escuchó en toda la choza. Junnunay se levantó del suelo y traspasó los cuerpos de sus familiares, en dirección a la silla del Ilustre. El anciano levantó la vista y lo miró a los ojos.
-Moricawa, ¿Cuál es tu nombre?- dijo con solemnidad.
-Junnunay, hijo de Tulbuscán, señor del valle del río Chama.
-Junnunay repitió el Ilustre- hijo de Tulbuscán.
La multitud retrocedió con asombro.
-¡El Unigénito de Tulbuscán ha caído en maldición!- corearon aterrorizados- ¡La muerte nos espera a los siervos del Señor del Valle!
El Anciano tomó el hacha ceremonial; repitió una oración en voz baja, casi en susurros, y se laceró el brazo.
-¡Matapuru! Exclamaron todos.
Con el hacha sangrante se levantó dirigiéndose hacia Junnunay.
-Odo´Sha (señor de las montañas oscuras y de los sueños) atacó tus pesadillas durante la noche y clavo una Melca en tu pecho dijo el Anciano frunciendo el entrecejo y alzando su voz con solemnidad- Si aún deseas vivir deberás correr por tu alma hasta donde el Señor de los sueños la haya ocultado. Pero deberás alcanzarla antes del séptimo día, pues si no lo haces la marca de
Los asistentes se arrodillaron ante el Anciano entendiendo que hablaba con un Espíritu.
Aquí estaré con los siervos de tu padre intercediendo ante los Antiguos por tu salvación. La señal de Odo´Sha es el jabalí negro; si persigues a uno de ellos te llevará a su morada. Pero debes apresurarte, el día avanza y las Montañas Oscuras se levantan detrás de la línea del Oriente el Anciano se dirigió hacia Junnunay y cortó con el hacha ensangrentada el brazo del Moricawa- Esto te dará unos días; la sangre de un viviente detendrá el avance de
Si fracasas, tu alma alimentará a los demonios de Odo´Sha y serás proverbio entre tu gente. Tu casa caerá en maldición, y el Señor de los sueños reclamará derechos sobre la herencia de tu padre
Junnunay miró el horizonte y entendió el desafío. Correr, correr lo mas rápido posible hasta encontrar su alma.
Apresúrate Ilustre Moricawa, aunque tu cuerpo no palpe la tierra, ni el agua, ni el fuego; si tendrá hambre y sueño, y cansancio. Mas no podrás comer, ni dormir, ni descansar, porque tu suerte fue echada con los desgraciados
El sol ardiente ya se elevaba y calentaba con furia las áridas tierras de la montaña; Junnunay se ciñó las ropas y se recogió el cabello. Un alarido salvaje surgió de los matorrales detrás de la oscura figura de un cerdo salvaje.
-Por mi alma y por mi pueblo- se dijo.
Gritó, y salió de la choza en estrepitosa carrera hacia el monte.
-Moricawa ilustre, en verdad es- susurró el Anciano.
Continuará .
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