A través de las montañas, Junnunay en persecución del cerdo salvaje, atravesó las tierras salvajes de los Guardianes: antiguas criaturas que dominaban los elementos a su antojo, pero que estaban bajo el dominio de los Amalivá.
Abruptas montañas, profundos túneles, hondas y oscuras cuevas; tierras y dominios de lo misterioso y eterno. Junnunay llegó, tras un día entero de intensa carrera, siempre en ascenso, a
La noche cayó como cortina frente a él. Las pálidas estrellas se asomaron tímidamente sobre las montañas; coronadas por la eterna y difusa niebla grisácea. Junnunay comenzó a sentir el frío implacable de la noche; helando su pecho y entumeciendo sus dedos.
Junnunay sin fuerzas se dejó caer sobre sus pies. Su cuerpo entumecido por el frío y el cansancio se contorsionaba tembloroso; dando grandes bocanadas de aire, como asfixiado; escuchando la penosa respiración del cerdo entre las rocas y viendo ligeramente sus rojizos ojos en la oscuridad.
-¡Agua! gimió agonizante. Sin distinguir ya entre las estrellas y las borrosas figuras que el agotamiento le hacía ver ante sí- ¡agua! No quiero seguir Matapuru, no puedo continuar ¡quiero dormir, quiero descansar!
Tirado en el suelo, se revolcó de frustración extendiendo sus brazos con desesperación. De repente, una de sus sucias manos chapoteó en un charco frío. Sin pensar, movido por la sed agónica se abalanzó sobre la fuente.
¡Pobre Junnunay! Dispersó toda el agua, arañó el fondo viscoso de la roca con locura; pero ni una sola gota humedeció sus labios, ni una sola salpicó su cuerpo. Lloró amargamente sobre la hendidura del extinto pozo y comprendió entonces las palabras de Matapuru:
Apresúrate Ilustre Moricawa, aunque tu cuerpo no palpe la tierra, ni el agua, ni el fuego; si tendrás hambre y sueño, y cansancio. Mas no podrás comer, ni dormir, ni descansar, porque tu suerte fue echada con los desgraciados
Se levantó del barro. Ante él, el cielo despejado mostraba la luna creciente en toda su magnificencia. La luz blanca se colaba entre las hendiduras de la sierra y mostraba las débiles hojas de los frailejones movidas por la ventisca nocturna.
-La desgracia me alcanzó dijo- pero no dejaré que esta maldición me acompañe para siempre ni que destruya a mi pueblo. ¡El maldito Odo´Sha se tragará su propia flecha!
Una gutural carcajada desde las oscuras rocas estremeció a Junnunay.
-¡Su propia flecha! ¡Ahh! ¡¿Y que pensaste?! ¿Qué el Sublime Señor de
De la oscuridad de
-Mucho me has hecho correr, maldito moricawa ¡Mucho! gritó- Pero jamás encontrarás la morada del Sublime. Serás devorado por la marca antes del quinto día.
-A los Ancianos me encomiendo ante esta infernal aparición dijo Junnunay- ¡mucha maldad abunda en esta tierra que ha corrompido a los vivientes salvajes!
-¿Viviente? desdeñó el cerdo- ¡¿Acaso me comparas con esas criaturas despreciables que beben y comen, duermen y sueñan?! ¡Que el Regente de
-Si no eres un viviente, te ordeno por
-¡Argoda! el cerdo lanzó un quejido amenazante a Junnunay- Mi nombre es Bumrruba, genio de las pesadillas lascivas y de los sueños adúlteros; sirvo al Señor Odo´Sha desde el Segundo Principio cuando el Regente le otorgó el cetro de la noche.
-Responde nuevamente asqueroso espiritu inmundo increpó Junnunay- ¿Por qué eres tú el que me guia a la morada de tu señor? el cerdo miró a Junnunay con odio y no respondió- ¡Por
-¡¡Ahhhhh!! Arrrg anoche en tus sueños, tu mente se perdió en tus recuerdos en el tus viajes por el Valle de tu padre. Y recordaste a Caribay, la esposa de tu hermano; prohibida y hermosa. De amplia cintura y cabellera larga, de senos perfectos y sonrisa cautivante. Ella, a quien no puedes tocar, ni desear, ni hablar ni pensar.
-¡Y qué! estalló iracundo Junnunay- ¿acaso ni en mis sueños puedo desear?
-Lo que tú ignoras, es que tu padre lanzó una maldición sobre todos los que desearan tocar a su yerna; y ese edicto fue sellado con el soplo de un sacerdote.
-Matapuru -susurró Junnunay.
-Y en virtud de ese edicto, desgraciado moricawa, el Sublime tomó derechos sobre ti; rompió el sello de perfección que tu Casa levantó sobre sus descendientes y clavó una Melca en tu pecho.
- ¡Padre! ¿Ignoras el mal que has desatado sobre tu hijo y sobre tu casa? lamentó Junnunay.
-Y sobre los causantes de la maldición respondió el cerdo.
-¡¿A que te refieres?!
-¡Ahhh! Arrrg ¡¡¡jajaja!!! el hijo moribundo, el pueblo esclavizado, el padre destronado o la amada sacrificada cantó con sorna la horrible criatura.-¿sacrificada? Junnunay preguntó con revuelo.
-Al séptimo día de la maldición, el objeto de tu deseo deberá ser sacrificada para evitar que tu pueblo sea esclavizado por el Sublime.
-Caribay .
-Si, maldito; tu Caribay
El cerdo estalló en una carcajada explosiva y demente. Con la vista baja y apesadumbrada, Junnunay meditó en silencio.
-¡Sorprendido moricawa! ¿Esperabas que tu carrera fuera solo por tu alma? inquirió el inmundo- Patéticos vivientes, siempre envueltos en el egoísmo de su existencia; luego se preguntan como
Junnunay entendió entonces su verdadera misión. No era solo por su vida, sino por la vida de muchos, y a lo sumo, por la vida de ella: Caribay, la hermosa cuñada que conquistó su mente desde el primer día que la vio sobre las colinas de su tierra.
-Que la pálida Chía y el Ardiente Zuhé me acompañen en esta misión dijo Junnunay al cerdo- pero te juro por mi Casa, por
Con presteza, el joven se ciñó el vendaje de su frente y se limpió los talones. Bumrruba entendiendo la disposición del moricawa, se bajó de la roca.
-¡No lo lograrás desgraciado! ¡jamás!
Junnunay salió corriendo a su encuentro, y el cerdo huyó despavorido hacia las montañas.
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