El mar y el cielo se fundían en uno sólo, una dulce brisa golpeaba mi rostro mientras el atardecer hacíase notar en el lejano horizonte. Un perro pasó cerca y ladró a unas gaviotas que picoteaban sobre la blanca arena de playa. El agua fría y espumosa bañaba mis pies en mi paseo por la orilla.
A lo lejos, cerca del acantilado, creí divisar alguien montando en un hermoso caballo blanco, pronto nos cruzaríamos. Mientras tanto, observaba la vida tranquila y apaciguada que me rodeaba en mi retiro. Oíase el rumor de las olas rompiendo con fuerza sobre las rocas, sentía la humedad en mi piel.
Poco a poco pude apreciar la imagen del jinete que montaba tan brioso corcel, su aspecto era seductor, aunque apenas se le percibía el rostro porque vestía una capa negra con capucha; a unos metros de distancia se paró en seco y su caballo relinchó. Percibí como su mirada oscura me atravesaba y en cierto modo me sobrecogí, puesto que estaba sola en una playa casi desierta. Entonces decidí pararme también. El jinete bajó de su caballo, trazó un circulo en la arena y cavó un pequeño agujero de donde pudo extraer, ante mi admiración, una caracola de cristal que brillaba como si los rayos del sol la atravesaran de cerca. El caballero encapuchado, se acercó con paso lento hasta mí y me hizo entrega en silencio de tan preciado tesoro.
Desde entonces, cuando hay oscuridad o siento miedo, saco aquella caracola tan brillante y la pongo a descubierto; allí donde esté habrá luz, paz y tranquilidad. A veces, si la miras fijamente puedes ver un jinete encapuchado galopando sobre su blanco caballo, entonces sé que estoy soñando.
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