Siendo aún muy niño Pablo aprendió a quererlo, compartía nuestra preocupación al verlo envejecer notando que sus fuerzas flaqueaban, que sus extremidades no soportaban como antes el peso de su enorme estructura.
Setiembre de 1983 la brisa primaveral como aquietada, mientras el país renacía después de horrorosa violencia con clima de democracia que permitía volver a creer. Próximo a cumplir seis años Pablo se manifestaba como un niño inquieto, sensible y con la curiosidad lógica de su edad; esa tarde a nuestro lado experimentó el impacto por la noticia de la violenta caída del viejo tan querido con parte de su cuerpo carcomido en estado de coma pero negándose a morir.
Pero existen los milagros, o la tarea de los duendes del afecto, que han permitido que dos décadas después de la caída, muchos Pablos en la plenitud de sus veintiséis años vuelvan a enorgullecerse al ver reverdecer la gallarda figura, estampa y símbolo de nuestra amada ciudad capital de
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