
LA CAÍDA (Parte I)
Cuando llegué eran aproximadamente las seis de la tarde, como una hora estuve buscando hospedaje en aquel pueblo pequeño; pero no encontré lugar alguno para quedarme o al menos pasar la noche. Desviándome por un sendero distante de aquel pueblo encontré una humilde casa, toqué la puerta y salió un señor a atender mi llamado.
¡Buenas tardes! le dije con voz amable.
¡Buenas tardes! ¿qué desea?
Estoy buscando un hospedaje o alguna pensión, donde pueda pasar la noche.
¡Joven aquí no va encontrar nada! Porque simplemente no hay nada.
¿Entonces
?
No se preocupe, si usted acepta yo le puedo ofrecer mi humilde, pero cálida casita.
No lo pensé mucho, y acepté de buena gana quedarme en la casa del señor Octavio. Me acondicionaron un cuarto al final del zaguán, el cuarto tenía una mesa y una cama, equipada de pellejos de ovejas bastante grandes; por lo que pude percibir esa noche, era bastante abrigado acomodé la poca pertenencia que llevaba y me eche a dormir.
Muy temprano me desperté al escuchar el ruido que hacía don Octavio, mientras se preparaba para salir al campo. Me levanté somnoliento y fui a darle las gracias por haberme acogido esa noche en su vivienda, a lo que él me respondió: «Joven todavía no me dé las gracias, porque se puede quedar aquí mientras dure su trabajo». Entonces no refuté nada y me quedé definitivamente en aquel lugar.
Era la hora del desayuno, y era también bastante temprano, me senté en la rústica mesa de madera, carcomida por el tiempo y la pobreza. Ahí estaban los cinco integrantes de la familia: Octavio sus cuatro pequeños hijos y su esposa de nombre Isabel. Todos ellos me acogieron con mucho calor humano, se podría decir como un miembro más de su hogar. Al terminar el desayuno los cuatro niños partieron a la escuela y don Octavio al campo, yo a mi primer día de trabajo y a conocer el lugar.
Por las noches ayudaba a los niños a realizar las tareas, y cuando acababan les contaba algunos cuentos, me escuchaban con mucha atención, pero más les gustaban los cuentos que infundían miedo en el fragor de la noche. También les empecé a contar sobre mitologías y cuentos fantásticos, para mi sorpresa quedaron encantados con mis relatos. Una noche el pequeño Roberto, que era el tercero de los hijos llegó a decirme:
¡Joven, Eduardo!
¿qué pasa?
-Adivine que
¿Qué te sucede?dije.
Hoy hice una pregunta en la formación, antes de pasar al salón y nadie respondió mi pregunta. Les pregunte acerca de lo que usted nos contó anoche de la mitología. Y en el momento de la clase mi profesor me felicitó por la pregunta.
¡Qué bueno, te felicito!le dije.
¡Gracias! Usted sabe muchas cosas.
No, solo sé lo que todos saben.
Cuando tú seas grande, si sigues así sabrás muchas cosas más.
Entonces seguiré así Eduardo.
¡Hasta mañana!dijo con una voz somnolienta. Y partió a dormir.
Comentarios:
Ederick, el principio puede ser más contundente, quizá si lo comienzas desde: Cuando llegué eran aproximadamente las seis de la tarde, como una hora estuve buscando hospedaje en aquel pueblo pequeño.
Me gustaría que demostraras en vez de decir cómo es la casa, por qué es "humilde".
¿El relato en qué año se desarrolla?
Saludos.
La riqueza reside en la solidaridad no? Esta de manifiesto en tu relato una humilde aldea donde el umbral se abrió de par en par para brindarte lo mucho que tenían en sus corazones lo demás son solo ambages propagandistas sin ningún tipo de sentimiento empático. Bello comienzo. Un abrazo che.
Escrito por:
coral26
08/12/10 01:25
Que bello relato; y que hermosos sentimiento los de los humildes, repartiendo pan y techo al desconocido que llamo a su puerta ¡yo me pregunto! cuantos de nosotros seriamos capaces de dar algo de lo poco que tenemos, a los que tienen menos,
por que en eso momentos querido Eduar,tu solo tenias la tierra y el cielo para refugiarte; pienso, en lo que pasaria Maria, en ha quella noche,para dar aluz a su bien amado hijo. Mas siempre la mano de Dios esta cerca de algun corazón noble seguire con entusiamo las parte de esta histori tan bella..... muchos besos y abrazos para tí ..... Coral 26.
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