La Bicicleta Roja

Categoría(s): Cuentos

  Eran las tres de la tarde y salíamos del colegio. Veíamos los cerros que nos dieron sombra por tantos años y recordábamos vagamente las veces que lo subíamos y nos dejábamos rodar cuesta abajo…

  Uno de mis dos amigos traía su bicicleta, tal como yo, y me aviento por la colina sin importarme nada. Él me sigue, y el tercero, sin creerlo, a pie parecía tan rápido como nosotros.

  Abajo comenzó el dilema de dejarlo solo o irnos con él, pero ¿qué pasaría con las bicicletas? Fue demasiado tarde para pensar en eso cuando ya me encontraba bajando de un microbús, no en mi casa, sino a mitad de trayecto junto a ellos.

  Nos adentramos en un camino de tierra que creía nunca haber visto antes, había harta gente, y entre ésta estaba Constanza, una chica con la que habían pasado cosas, que con el tiempo me resultaron desagradables.

  Se me ocurrió hablar angustiosamente de mi bicicleta roja. ¿Dónde la había dejado? Parecía como si hubiera tenido un minuto amnésico. Sabía que había salido del liceo con ella, pero no exactamente cuándo y dónde la dejé. Constanza sólo me calmaba diciendo que la bicicleta estaba donde tenía que estar y nadie la iba a robar. Al oír eso, supe que sabía dónde estaba mi bicicleta, pero era un lugar que no podía traer a mi conciencia; yo tenía que ir a él para que existiese en mi memoria, es decir, el lugar aún no existía, porque aún no llegaba a él.

  Las horas no avanzaron, el tiempo tampoco, y me encontraba nuevamente caminando cerca del lugar, pero esta vez de vuelta, como en dirección al liceo. Era de noche, estaba con ropa de calle y ni siquiera me cuestioné por qué todo había cambiado así. Sólo sabía que tenía que encontrar mi bicicleta.

 

  Llegué a una plaza en la que me parecía haber estado antes, pero al mismo tiempo la desconocía. Había tierra, escalones de cemento cubiertos de ella, y pasto y árboles en los alrededores. Eché un vistazo general y no vi mi bicicleta roja, entonces sospeché que estaba en la otra plaza. ¡La otra plaza! Qué raro era pensar en eso si ni siquiera sabía con exactitud si conocía ésta como para pensar en que podía haber otra, y encima conocerla o saber de ella.

  Seguía mirando y vi a una joven pelirroja, delgada, y de piel blanca. Junto a ella había un coche con una bebé en él, y de inmediato supe que era su hija. Luego me dio la impresión de que a esta joven la había visto antes, y al saberla ahí confirmé mis dudas y tuve por seguro que mi bicicleta se encontraba en “la otra plaza”. Esto fue más raro aún, pues ni siquiera estaba seguro de conocer a la joven, pero algo me decía que ella vivía cerca y de ser así, mi bicicleta no podría estar ahí.

  Me acerqué y le pregunté de todas formas si es que había visto una bicicleta roja, y me respondió que no de una manera trasparente y solemne. Podía ver que se traba de una chica algo tímida e introvertida, -de las que no suelo ver por estos días-.

  Me llevó unos escalones abajo, saliendo de la plaza. Llegamos al pasaje, que estaba lleno de automóviles estacionados a los lados y señala un auto negro que reconocí de inmediato. Extrañamente se me vinieron recuerdos nítidos a la cabeza: Yo, sentado frente al auto, recordando peleas con mi madre, recordando que todo estaba mal; viendo las ventanas de aquel automóvil como una pizarra, como una hoja en blanco, lista para escribir sobre ella, listo para dibujar con los dedos, pasándolos por el polvo impregnado de los días sin lavar.

  -¿Tú hiciste esto?-. Me preguntó la joven casi desconocida para mí.

  -No-. Mentí pensando que había hecho una maldad, no por escribir con los dedos en un auto ajeno, sino por lo que había escrito y dibujado.

  Ya no sabía exactamente qué atrocidades había dejado en aquella ventana, estaba oculto en mi conciencia. Sabía que tenía que leerlo para recordar la exactitud de mis dibujos y palabras. Por el momento sólo veía números, bajo dibujos atroces e inhumanos y palabras escondidas bajo todo ese desorden; ese bosque de garabatos. Pasé mi mano para borrar la evidencia, pero no se pudo, estaba impregnado, como si hubiera raspado la ventana de aquel automóvil.

  La joven siguió insistiendo casi sin ánimos, y lo sentí como si estuviera poniéndome a prueba; como si ella ya supiera que había sido yo; como si ya me hubiera visto y esperase sólo que lo admitiera. Entonces se me vinieron a la cabeza imágenes de mí, viéndome desde afuera, sentado frente al auto, desesperado, angustiado, y aquella joven desde su ventana mirando. Frente a esta presión no quería seguir mintiendo y pensaba en por qué me importaba tanto que ella no se enterara de que había sido yo quién hizo todo eso, era más extraño y estúpido aún: Era como si con ella nos conociésemos, tuviéramos compromisos y en esas letras y dibujos yo estaría faltando a nuestra lealtad. Como si en con esas letras hablara mal de ella o, de ser mi novia, con esos dibujos figurara una infidelidad.

  “De acuerdo, esto de aquí lo hice yo” fue lo que pude decir frente a tanta presión, señalando sólo los números, y era para mí justo un término medio, puesto que si realmente ella me vio como lo imaginé, no sabría exactamente qué cosa escribí o dibuje yo.

  A todo esto, sentía que entre nosotros nacía una gran amistad o quizás algo más que eso: para mí, quizás, sólo un sentimiento de aventura, pero sentía que ella quería algo más.

  Era como si el destino nos hubiera unido y estaba conciente de que ella no era todo lo que yo quería o buscaba, pero de todas formas era hermosa y podía sentir en ella los pedales de un eje que le darían un nuevo rumbo a mi vida, que me llevarían a algún buen lugar conmigo mismo conduciendo.

 

  Subimos de nuevo, y vi a la bebé, que habíamos dejado arriba, y la madre, sin preocuparse la llevó en el coche hasta su casa que quedaba en frente. Comprendía que aquí nadie se llevaría algo que no es suyo, tal como Constanza me lo había dicho de mi bicicleta.

  La joven volvió de su casa, con aires de compromiso por acompañarme a buscar la bicicleta. Bajamos abrazados hasta el pasaje en el que estaba el auto negro y seguimos rumbo a “la otra plaza”. Luego las calles dejaron de estar deshabitadas y la gente que pasaba no me causaba temor ni preocupación, me sentía demasiado seguro con mi nueva compañera.

  Llegamos hasta tal punto en que parecíamos no avanzar más, de hecho parecía que no había una próxima plaza y cuestioné el hecho de que esta joven no tuviera nombre, al menos para mí. Fue entonces cuando me di cuenta de lo equivocado que había estado todo el tiempo desde que llegué a aquella plaza, era tiempo de montarla y emprender mi nuevo rumbo, ella era mi cambio y yo el conductor, ella había sido mi joven bicicleta roja.

 

 

 

 

Diego Robles
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Comentarios:

Escrito por: Rina       21/11/07 20:06
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Que buena metafora has utilizado, un final realmente muy bueno...la trama es muy intersante
Nos estamos leyendo
Besos
PD: Ya comenzo la campaña comentario recibido dos por hacer
Páginas: 1

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