La feroz patada que recibió en las costillas lo envió de boca al suelo, la que al estrellarse en el piedrerio se completó con tierra. Era suficiente escarnio para quedarse quieto bajo dos corpulentos mocetones semidesnudos. Vestidos apenas con un taparrabos y algunas resplandecientes plumas de colores, le sujetaban fuertemente uno por las botas y el otro por el cuello. Aún así se defendía salvajemente, pataleando entre los mazazos que seguía recibiendo.
Un grupo de estos captores se encontraba a poca distancia de allí, avivando fuego, conducido a una cuenca de hierro que contenía oro derretido al punto mayor. Con rápido gesto, se sumió una tazona para extraer del liquido una buena porción; uno de ellos corrió con ella por el sendero abierto en la selva hasta dar con estos dos que apañaban al soldado en el suelo. Por sobre la copa de los árboles y más allá del monte se escuchaban griteríos dementes, de dolor y de ira; allá abajo, en el valle, se luchaba a muerte.
Uno de ellos lo agarró firmemente del pelo y la barbilla y apretó también la nariz. El barbudo y albo castellano mugía y pateaba el aire; el sudor le brotaba en chorros por todas partes, gritaba extraños sonidos en lengua desconocida por los guerreros del jaguar. Un rosario de cuentas reventó en el forcejeo, trató de contener la respiración, meneándose igual a un cordero al palenque. Algunas gotas de oro le tocaron el rostro y gritó por el dolor, los emplumados le lanzaron un chorro que entró entero por las fauces, hubo una gran conmoción, se escuchó un chirrido algo parecido a un gato, eran las entrañas que se derretían con un gorgeo horrible y maldito.
El rostro y la boca del soldado eran ya una mueca temblorosa y humeante , su cuerpo fue presa de un rígido estertor. Los fuertes habitantes de la jungla danzaban y saltaban gritando al aire, alrededor de la informe cabeza abierta. La cabeza del esplendoroso enviado de dios, el inmortal estandarte, yacía podrido y desecho.
Los hombres de los árboles fragantes se mudaron rápidamente a lo profundo del monte, desapareciendo con sus capas de tapir.
Las hormigas comenzaban a minar ya, los desinflados ojos.
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