


| Escritor: | FranciscoARC |
| Públicado: | 07/08/2008 |
La Azotea.
A la sombra fresca de la vieja parra un mozo moreno rasguea la guitarra. Cantares: algo que acaricia y algo que desgarra. Esto lo dijo Manuel Machado en uno de sus poemas. Yo por mi parte en uno de mis relatos he llegado a comparar a mi ordenador con una arpa, y en esta ocasión debería de compararlo con una guitarra. Y aunque no soy un buen mozo, sino más bien una excrecencia o un gnomo contrahecho, hubo un tiempo en que yo fui un ángel. Así que situaros bajo la vieja parra porque voy a intentar escribir algo que acaricie y algo que desgarre. No creo que pueda pero la guitarra está preparada, así que pulsaré sus teclas para que un ronroneo de gatitos, y un cascabeleo de siringes de canarios os acompañe. Cuando pulse la primera cuerda, Manuela se desnudará, sobre el viejo baño de cinc estará el agua caliente del verano. Había dejado puesta la bañera al sol para que éste calentase el agua. En su cuerpo desnudo dos redondas magnolias blancas se pelearán con un azabache recóndito y triangular. Sobre la azotea, desnuda, será como una promesa de hurí para un guerrero musulmán. Los geranios, fucsias y rosas, alzarán sus coloreadas corolas como timbres metálicos, sonará un diamante en el agua, que dibujará arabescos y transparencias sobre la pared encalada, y la templanza de la misma hará de mano suave sobre los magníficos y redondos pechos. Ella se mojará el cabello endrino primero con el agua del barreño y luego se irá echando agua, agua caliente, dulcísima, templadísima, sobre la cara, el rostro de un ángel, los dos ojos verdes, cual esmeraldas brillantísimas, sobre los hombros, rectos, orangutanianos, perfectos, de belleza sirenoide, sobre el vientre, el holluelo del ombligo acogerá la gota de rocío como la concha marina su perla predilecta. Se descubrirá un culo redondo, unas nalgas de hembra soldada, de moza guerrera, veloz gacela de la sabana, y unos muslos como ampulosas palomas de nácar, verterá el agua sobre si, como si el agua se vertiese el agua a si misma, la fuente será ella, una fuente de carne blanca, de rojos labios sensuales, como corales magníficos, una fuente de nácares blanquísimos, el nacimiento de un arroyo. La azotea verá que al lado de las macetas de los geranios, la moza, sirena de un mar de Zargazos calientes, tórridos, alcanza un brillo de fulgente perla, y se cubre de un rocío caliente, de una escarcha transparentísima, celosa de las curvas de la exuberancia. La exuberante doncella será la fuente inagotable de la belleza y el agua el líquido elemento, el galán de cristal que la acompaña. Aldonza Lorenzo se asomará al espejo de la fuente de oro, será una ninfa de mármol que se cubre de un chorreón de cristales de plata, un clavel reventón blanco y rosa que sobre un vaso de plata brilla al sol. Los gekos de piel verrucosa verán un cisne en un ánfora de cinc perlarse con la suavidad de la humedad de mil arroyos, depositar en la cabellera y hasta el cuello el líquido elemento con una concha marina, y llenarse de un vino dulce y transparentísimo hasta un emborrachamiento de fulgor. De pronto, desde las azoteas de los apartamentos vecinos se oirán las risotadas, y la hermosura se oscurecerá en pleno mediodía, dejando en el ambiente un aroma a rosa cortada. Pero no será así en verdad. La verdadera historia, la verdadera canción es la siguiente: tenía yo catorce años, y subí a la azotea, tenía una calentura de mil demonios, el verano picaba como los alacranes y, en plena adolescencia, una lectura me había provocado una tremenda erección. La azotea estaba desierta. No había nadie en los pisos de enfrente, el convento de monjas no había sido aún construido, y mi sexo palpitaba encerrado en las calzonas como una serpiente de piedra, como un tigre en celo que quiere salir de la cárcel. Tenía en mi pubis un batallón de guerreros bengalíes, con sus lanzas de punta de acero, preparados para la emboscada de los cafres de la Cachemira. Tenía en mi sexo, trempante como una legión de leones, un duro acorazado o un rotundo obelisco de piedra, deseoso de mil agujeros. Era yo un Apolo que pide fecundaciones en cualquier lugar del mar. Sentía los espasmos del dolor de la piedra encerrada, del pájaro que quiere escapar de la jaula o del loco que se da de cabezazos contra las paredes acolchadas de su prisión. El sudor en mi frente era como una capa de escarcha, pero caliente y marasmática. Y solté mi culebra, me bajé los calzones al sol, y del largo, aunque no demasiado, Leviathan sexual de mi polla, salió un chorro de orina caliente que fue hacia la pared encalada. Mi polla era una estaca de madera, mi polla era el palo de una fregona, mi polla era las tres pirámides de Egipto, mi polla era las siete tribus de Judea, mi polla era una anaconda de granito, mi polla era un Belcebú echando chispas, mi polla era la polla de las pollas, mi polla era indisimuladamente placentera, mi polla era un dolor y era la leche, mi polla era el cuello de los cisnes, mi polla era la ortiga y la gardenia. Y entonces, sí, de pronto, sentí unas dantescas risotadas desde la azotea de los pisos superiores, unos chavales habían visto mi desnudez desde las esferas del cielo. Como la sorpresa que se desvela en un sueño interrumpido un pingüino de color escarlata y dorado emergió de un mar de nieve caliente en el que un profundo dragón escupía por la boca chorreones de fuego. Y fue a morir el dragón y fue a morir el pingüino en una playa de arena dolorísima, cuyos granos fueran cuchillos y cristales. Y no me morí de vergüenza, y no me caí muerto en aquel mismo instante porque quizás esté hecho a prueba de bombas, pero una sensación de terror me golpeó, macabra y feroz. Como un guante de pinchos. Hasta la micción se quedó suspensa, y el rabo de la lagartija sintió la visión castradora de los cielos. Había sido capturado en un momento de placer intensísimo, y había sido al mismo tiempo golpeado por la indiscreción. Sentí la muerte. Manuela dejó de tocar la guitarra a mitad de la canción.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.|
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