


| Escritor: | Chente |
| Públicado: | 16/07/2008 |
¿Has visto a las pacificas e inofensivas arañas de los jardines?
Así es precisamente, me refiero a esas que en sus livianos cuerpos poseen colores radiantes y que son hábiles tejedoras. Pues, yo conocí a una de ellas, que solía hilar entre una caña de bambú y una azalea cercana, y que, con su trabajo, soñaba con alcanzar la fama.
Era tal su pasión, que durante las noches se olvidaba de dormir y se dedicaba con esmero a crear diseños especiales, para exponerlos por las mañanas ante nuestros sorprendidos ojos.
Un día nos presentaba una tela cubierta de diminutas gotas de rocío con la apariencia de pequeños y refulgentes diamantes, y con expectación esperaba el efecto de su labor. ¡Pero nada!
En otro amanecer, exhibía una red tapizada con olorosos azahares, y el mismo efecto.
Al alba siguiente, exponía a nuestra consideración un lienzo lleno del colorido polvo de alas de mariposas; y en otra oportunidad, un exquisito tejido cubierto con el polvo de las estrellas. Continuaba así, sin tregua, en su incansable labor, buscando la excelencia y la fama; cada muestra era un poema visual, pero por más que se esmeraba no lograba conquistar la satisfacción deseada y despertar el asombro de su público.
Todo esfuerzo tiene su recompensa, se decía, no le daba cabida al desencanto y proseguía bregando en las labores mágicas del tejido. Y una luminosa mañana, gracias a su invencible voluntad, al fin nos sorprendió.
La red había atrapado a una pequeña cría de cometa y entre sus hilos resplandecía, en un extremo, la cabeza y cruzando el resto del tejido la vistosa cola, como surcando un diminuto firmamento. Así logró la gloria, los periódicos le dedicaron extensas columnas, los noticieros le ofrecieron generosos espacios y lo mejor, su nombre fue registrado en el libro de los Records de Guiness.
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