KURU KURUPAN KUPALI
(Allá en la tierra del Agua donde el pez revolotea)
En lo alto de la montaña estaba una gran churuata de lona, el chamán vestido de verde le revisó cada parte de su debilucho cuerpo, luego una mujer madura le hacía preguntas a las que nunca respondió, quizás porque no entendía el dialecto, por miedo, por impotencia
nunca lo supo. La mujer pasó el informe al superior de guardia reportando la novedad, tampoco comió el mezclote que le sirvieron por cena, ni la insípida avena del desayuno.
Estaba inmóvil, impávido, absorto en mutismo natural del indígena, ante esta actitud y considerando sus rasgos que lo delataban como indígena, fue llevado ante el gran jefe todo cubierto de soles de oro y estrellas, quien al fin logró sacarle alguna información. Al preguntar quien era, sacó del bolsillo de la camisa una tarjeta arrugada y sucia que identificaba su lugar de trabajo y el teléfono de quien era el dueño de la compañía.
De inmediato un soldado, se comunicó y transfirió la llamada al gran jefe, quien constató los detalles de su origen pemón. Al pedirle su nombre respondió Toribio, el único nombre que conocía, Toribio como el canino vigilante amigo. Toribio, apellidado por el gran Jefe como Pemón, fue por primera vez llamado en Castellano como Toribio Pemón, ya era un ciudadano venezolano.
Duros y dolorosos días de transculturación, lo que más anhelaba ya no era regresar a las farras o a las mujeres, quería fervientemente regresar a su hogar, a su etnia, a su río de alegres peces que revolotean, a su andar jugando con la vida, con el sol, con la tierra.
Aprendió que el hombre fue creado libre para convivir con los animales y con la naturaleza, es parte de la tierra que es su madre, con el sol y la luna sus hermanos, con el paisaje que le acuna y alimenta su espíritu, con la espléndida y misteriosa noche y el día con arcoíris y arrullos de cascadas, voces de bestias, y alegres indiecillos que juegan con los niños a las orillas del torrente.
Con tristeza y alegría siente como la chalana se detiene, Toribio mira hacia atrás, un atrás al que nunca quiere regresar. Ha vuelto a su tierra, a su Kuru kurupan kupali, a esa la tierra del agua donde el pez revolotea, de donde nunca debió salir.
Corre alegremente atropellando al viento, corre, corre con los brazos en alto, se sumerge en la orilla del río, grita no se cuantas cosas en pemón. Los peces chocan con su cuerpo, ya no tiene intenciones de comerlos, ahora quiere disfrutar del Don más sagrado que el Dios criollo ha dado al hombre, la palabra que cambió un nefasto viernes por una ilusión vana, el derecho más sublime
la magnánima esencia del hombre,
su LIBERTAD.
Tibisay América
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