Kathie

Kathie    

    I  

Y recordarlo y asumir aquel estado delirante en que se  ha enclaustrado mi esencia en todo este tiempo. Era como si todo hubiese pasado entre miradas errantes de fantasmas, suspiros temblorosos de adolescentes apasionados. Saliendo una tarde como hoy, de mi cuartucho de tercer piso, aburrido y con la misión de matar el día con  una actuación innoble.

 

Y entrar a la cafetería, y verla allí, sentada, apostada en una silla. Y cómo llora, cómo suspira triste y desvelada, cómo escribe cada línea en esa servilleta entre gemidos y dificultades  para respirar, para escribir por la intensidad de sus suspiros.Me acerco, nunca lo hago en estos casos; y sin embargo es el impulso, la intuición, el presentimiento de algo maravilloso; acaricio sus cabellos, son ondulados, claros, brillantes, abundantes. No me dice nada. Sólo alza el rostro y descubre una expresión que mataría de pena al hombre más optimista del mundo.

En el café sólo está el mozo mirando hacia otro lado, como si absolutamente nada inquietara la tranquilidad del lugar, me dirijo hacia ella y le dijo calma, calma, y cómo me besa la mano y cómo me atrae a su cuerpo, cómo me instalo a su costado y cómo me cuenta despacio al oído, la razón de su tristeza.

—Sabes porqué lloro cariño –me dijo, con el tono de voz más triste que he escuchado.

—Mira— ahora señala el almanaque de la pared. Este tiene la foto de una mujer desnuda con unos senos enormes, es rubia y muy bronceada, por un instante me distraigo.

—Ya sé, es viernes diecisiete.

—¡Los viernes diecisiete lloro por todos los hijos de puta del mundo! –grita ahora, con suma desesperación.

Pero aquella frase, lejos de sonarme tosca, me sonó inmensamente sentimental. Lo dijo con un rencor y ternura inusitados, con un gemido y un grito entremezclados en balbuceos incomprensibles.Ahora me ha soltado de la mano y corre apresurada a la salida del café. Quiero salir tras ella,  pero no lo hago. La escena me ha dejado anonadado, tonto, pensativo. Pido una botella y cojo  la servilleta garabateada  y humedecida por sus lágrimas:

Señor, perdónalos, porque no saben lo que sufren, no sienten el peso del día ni su condición humana. No ven más allá de su egoísmo, ni de su eterna tristeza, perdónalos por ofenderme, herirme, matarme cada día. Perdóname a mí porque...

 

Ahí terminaba. Bebí el vino más amargo que de costumbre y por alguna razón me sentí aliviado. Yo, por ese entonces, vivía sumido en una profunda soledad que me había apartado de la gente. Sufría de aburrimiento y miseria, de soledad y cólera, de egoísmo y ganas de terminar con el  absurdo de la vida. Y aquella muchacha que minutos antes había corrido de mí, había despertado lo insospechado,  heterogéneo, irrazonable; pasión.    

 

 II 

Frecuente el bar cada tarde, desde aquel viernes, bebiendo vino y esperando su imagen. Me convertí en el primer cliente de la tarde y el último de la noche. Nunca había sido mi costumbre beber de esa manera, pero una semana, en que nuevamente había recurrido a los fumaderos de los barrios marginales de la ciudad, me di cuenta de que había regresado a la etapa adolescéntica llena de vicios y ensimismamiento, que motivaron mi exilio de la casa familiar.

Los primeros días me senté en el lugar en que la vi, aquella vez,  y para esperarla tenía  que pedir algo; por ejemplo una copa de vino, luego dos, porque estaba demorando mucho en llegar, luego una botella entera y así me convertí con las semanas en el primer y último cliente, el que se sienta solo, que mira a cada rato como loco a la puerta de entrada, y que se marcha cada noche terriblemente borracho, con dirección al lado oscuro de la ciudad , donde casi no existe luz, sólo la complicidad del crimen y el vicio.  Salía completamente ebrio y confundido: Los viernes diecisiete lloro por todos los  hijos de puta del mundo,  ¿A quién o a qué se refería con aquella frase?¿Su madre fue puta?, ¿Alguien la discriminó por eso?, ¿Algún viejo amor la había despreciado?, ¿Sería ella una puta y estaría embarazada?

 

 Esas tardes me planteaba nuevas alternativas, conservando y releyendo en su servilleta los mensajes de su rencor.La muchacha me había impresionado, lo reconozco; su imagen, su voz, me venían a cada instante y es que lo cierto es que nunca había amado. A mis diecinueve años y dos de independencia paternal, jamás me había sentido como mis grandes amigos; heridos y llorosos por algún amor, desesperados por analizar cada frase, actitud; locos por verla algún instante.

 No, yo sólo tomaba la ilusión superficialmente y utilizaba a las mujeres, su belleza, su osadía, para calmar, por solo instantes, los fuegos de pasión que mi edad reclamaba.

 Pero ella, quién me dice se era ella, la mujer esperada, mi presente y mi futuro, la musa de mis demonios creativos. Y esperé, como nunca he esperado, esperé.

Y llegó con  un atardecer delicioso (porque ella lo hacía delicioso), con el aire más juvenil y coqueto del mundo. Y cómo reía, cómo gozaba cada momento, qué antítesis, cómo se puede estar en dos estados de ánimo con tanto sentido. Parecía que nunca hubiese llorado.

 

Me reconoció, conversamos. No encontré a la chica de las lágrimas, ésta era la hija de la dicha, su rostro irradiaba tal éxtasis, tal alegría de vivir, que ni siquiera se me ocurrió preguntarle por lo de aquella tarde. No quise romper la magia, el momento, su belleza. 

 

III 

De pronto, un día no nos  separábamos más, y sin darme, cuenta caminaba por las calles sólo de su mano, ¡Qué besos!, rogaba que cada uno durara una eternidad. En todos los sitios: cafeterías, centros comerciales, en cada esquina donde el viento corra más fuerte, en cada rincón nuevo descubierto, en las iglesias semidestruidas.

Sólo nos faltaba la presencia del mar, porque nuestro amor fue como aquella guerra indefinida entre las olas y las rocas en las peñas y las playas, como su retirada besando suavemente las arenas, suavemente las piedras.

 

Cuánto, cómo y por qué. No terminaría nunca de responder, porque ni siquiera tengo la certeza que nuestro amor duró meses, o un año. Recuerdo sí que fui muy feliz, excesivamente feliz, que incluso andaba en un estado de éxtasis, de excitación. Todo parecía maravilloso, de sublimación encantada, emotiva; de perder la sensación del mundo en sus pupilas oscuras.

 

Nuestra relación estaba basada en una confianza formidable y en las increíbles bromas que hacíamos a la gente cualquiera.

 

La recuerdo en un bus, haciendo gestos eróticos con la lengua a un caballero que podría ser su padre. Recuerdo sus besos y su cuerpo, bañados por el agua de un riachuelo y luego por el sol; yo a su costado; pero  más podía el deseo.

Recuerdo que le dije que la amaba, mientras la besaba una noche en una casa abandonada y el frío hacía temblar nuestros cuerpos desnudos.

Pero un día asumió el peso del día y reconocí a la muchacha de la primera vez.

Lloraba, lloraba tanto, sufría tanto.

Yo quería consolarla, le hablaba, le contaba gracias; le proponía las nuevas locuras que haríamos, lo mucho que nos reiríamos del mundo, pero ella ni siquiera me escuchaba y yo desesperado y entramos a una galería de pinturas, el sitio era frío y oscuro y yo contemplando un retrato titulado “Kathie”   y diciéndole :

“Mira, tiene tu sonrisa de niña y tu mirada penetrante y seca”, pero no estaba.Sí, no estaba. ¡La busqué!, ¡les juro que la busqué! En cada esquina, cada lugar frecuentado de los centros comerciales, cada rincón donde el viento corra más fuerte, pero ella, ya no estaba en ningún lugar. Finalmente, no sé por qué al llegar a mi habitación se me ocurrió ir al café de enfrente, el lugar que sabe Dios, hacía  cuánto la conocí.Ingresé y me senté derrotado a beber vino.

Me duele aquí, me dije, tocándome el pecho. De pronto algo me hizo voltear, un impulso irracional y fijé la mirada en el almanaque ¡Era viernes diecisiete! Y desde entonces vivo gritando al mundo que ella me amó y cuando llegan los viernes diecisiete la recuerdo y asumo todo el peso del día y lloró, por todos los hijos de puta del mundo... lloro...

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