ATRÁS se alejaban las montañas rojizas y el terreno desértico de Jordania, iluminados por los primeros rayos de luz. El colectivo avanzaba mientras yo terminaba mis vacaciones. ¡Ah, que días! Siete días donde fui libre, lejos de las personas, de las sociedades. Alejado de toda clase de civilización. Solo en el desierto. Solo yo y mi carpa. No vayas, no seas tonto, me dijeron. Vincent, cuando vuelvas nada va a ser igual. ¿Habrá sido una amenaza estúpida o una profecía? Porque, la verdad, no estaban para nada errados. Creí que era envidia, otra cosa que odio de esta sociedad. No entiendo porque la gente quiere lo que el otro tiene y lo único que hace es criticárselo. No entienden que la envidia los hace infelices, resentidos y llenos de odio. Y esa envidia es lo que convirtió al mundo en lo que es. Guerras por límites, guerras por religiones, guerras por alguien al que no vemos pero que le atribuimos todo lo que existe, guerras por fanáticos locos, rodeados de locos, que solo sirven para servir a un líder más loco aún. Pero estaba errado. Mi odio a la sociedad me tapó los ojos. No pude ver lo que me habían avisado. No pude entender lo que me estaban advirtiendo. Y entonces volví a Agra. Tenía que volver a mis obligaciones, a mi trabajo. Quería ver a Boris, a Nelson y a Lasha, los únicos que compartían algo de lo que yo pensaba. Aunque estaban muy influenciados por la MASA, como yo llamo a la gente mediocre. Tenían sus ideas, pero eran arrastrados por la MASA al centro de un mundo de ignorancia y estupidez, donde personas como yo eran mal vistas y acusadas de alterar el curso natural de las personas. Pero aun así me escuchaban y me entendían, o creían entenderme. Como verán no tengo familia. Mi vieja está muerta, mi viejo preso y yo con una quemadura en todo el cuerpo y terribles traumas. Será por eso que soy tan solitario. No tengo hermanos. Y creo que si tuviera no estarían vivos. Son las 9:30 de la mañana cuando bajo del colectivo en la vieja estación de Agra. Soy el único que no se amontona para buscar valijas. Llevo mi carpa colgada de la espalda. Camino algunas cuadras hasta el centro, lleno de gente haciendo nada y dejando de hacer muchas cosas. Veo los edificios y me acuerdo de mi niñez. La peluquería donde me escapé para hablar con el peluquero. Cuando el viejo me encontró me arrastró de los pelos hasta la casa, dos cuadras más allá, me ató de la viga con los pies para arriba y me pegó con el cinto hasta la noche. Todavía siento dos costillas rotas y la mandíbula un poco desviada. O cuando en un almuerzo le conté que quería ser mochilero y viajar a un desierto. Calentó la plancha y me quemó todo el cuerpo para mostrarme que en el desierto me iba a morir de calor. Yo tenía seis años y pasé tres semanas en el hospital, con graves quemaduras. Era muy chico y no entendí que mi viejo era un pirómano, que le gustaba hacer sufrir a otros quemándolos. Perdí dos perros por eso, los encontré en la chimenea donde creí que se habían caído. Perdí mucho más que dos perros. Perdí a mi vieja Camino y pienso hasta mi casa, un departamento en la zona baja de Agra. Saco la llave de mi bolsillo, la pongo en la cerradura. No abre. Pruebo y pruebo y nada. Llamo al portero, le pregunto que pasó con la puerta. Me dice: -¿Usted quien es?-Vivo en el 3º piso. No, hijo. En el 3º piso vive una pareja con su hijo. Te equivocaste de edificio. Y me cierra la puerta. Como me voy a equivocar de edificio si hace diez años que vivo acá y toda la vida que vivo en Agra. Totalmente desorientado, voy hasta la casa de Boris, para ver si el sabía algo. No podía ser que en siete días hayan vendido mi departamento a una familia. Llego a la casa de Boris. Solía ser una casa iluminada, llena de vida y de personas que entraban y salían. Ahora las ventanas estaban tapadas con maderas y en la puerta un cartel decía no entrar. El techo tenia un agujero de casi un metro de diámetro. Entro. Encuentro toda la casa destruida. Vidrios rotos, cuadros destrozados, las paredes con balazos en todos lados. Impresionado, me quede parado donde estaba. Como cambio todo. Me fui siete días no siete años. Ahí estaba cuando siento el frío y duro cañón de una escopeta en la nuca. Me doy vuelta y veo a Boris apuntándome. Lo reconocí solamente porque lo conocía de chico. Estaba sucio, barbudo, con un chaleco militar todo emparchado. El, que se destacaba por su prolijidad y buen aspecto. - Boris, le digo, ¿qué pasó? Soy yo, Vincent. - ¿Qué Vincent? El único que conocí se murió con su madre, cuando se le quemo la casa. Yo se quien sos. Sos de la banda de Billyboy. Quieren agarrarme. Pero no van a poder. Carga la pistola y la levanta. Yo sólo veía el agujero donde saldría la bala. - ¿Qué pasó? Vos lo tenés que saber. Anda y deciles a los otros que no me jodan más, porque van a terminar como Vincent. Y a empujones me echa de la casa. Me siento en la calle helado, sin entender nada. Primero mi casa, después Boris y ¿cómo era eso de que me morí quemado? Todavía podía ver a Nelson. Él va a saber. Llego a su casa, todavía con la carpa al hombro. Me dicen que está con unos amigos abajo del puente. Voy confiado. Siento una patada en la espalda y me rompo la nariz contra una piedra. Muy dolorido me doy vuelta y veo a Nelson con otros cuatro tipos que yo no conocía. Todos con grandes cicatrices, tatuajes y los ojos rojos. Mientras me pegan patadas me roban la carpa y algunos billetes que tenía. Espera Nelson, soy Vincent, tu amigo. No me hagas quedar como un loco. Yo mismo enterré a Vincent. Yo lo saqué de la casa en ruinas y en esa época todavía no me drogaba. No hables así de un amigo mío. Y me rompió una costilla de una patada. Sólo, mal herido, sin nada, desorientado, me arrastro por las calles sin saber adonde ir. Me sentía invisible, un fantasma, una persona sin identidad, sin pasado ni futuro, sin vida. Caminando como podía, escucho una voz conocida. Pero no decía lo que yo esperaba. Entonces veo a Lasha. Fue la peor imagen que vi, desde mi vuelta a Agra. Ahí estaba ella, con unos zapatos altos, una pollera muy corta, unas medias a cuadros, una remera atada, el pelo tenido de rosado y un cigarrillo en la boca. Pero aunque estaba en ese estado yo la reconocí, porque era mi amiga. ¿No querés divertirte esta noche?, me dice. Me acerco y le pregunto, - Conoces a un tal Vincent? Porque lo estoy buscando. El Vincent que yo conozco, ya no vive más. Se murió quemado. - ¿Éstas segura? Si, yo fui al velorio y al juicio del padre. ¿No querés una noche? Te hago un precio especial. Dale, les tengo que dar de comer a mis hijas. Me voy sin saludar y escucho un insulto de Lasha antes de seguir con otras personas. No podía ser. Yo me había escapado de la casa. Yo había saltado de la ventana y avisado a los bomberos. Yo me había salvado. Yo ESTOY vivo. Todavía me quede un lugar. Pero no quiero ir. No quiero revivir las imágenes de la casa en llamas, mi vieja tirada en el suelo, toda quemada. No quiero ver a la persona que arruinó mi niñez y mi vida. Pero aunque no quiero, es necesario. Voy hasta la cárcel a hablar con mi viejo. Espero sentado cuando entra. Prolijo como siempre. El bigote peinado, la raya del pelo perfecta, los lentes limpios, la corbata bien ajustada. Cualquiera que lo viera, creería que es inocente. Tan educado por fuera, tan diabólico y asesino por dentro. El único que parecía realmente disfrutar de la vida era él. Se sienta. - ¿Usted es mi abogado?, me dice. Sí, quiero que me hable de su hijo, Vincent. Está muerto, junto con mi esposa. Yo quemé la casa y no sabía que ellos estaban adentro. - ¿Porqué lo hizo? No sabía que estaban, le dije. Igual si hubiera sabido lo hubiera hecho, porque se lo merecían y porque disfruto haciendo sufrir a las personas. Los recuerdos llenaban mi cabeza, la rabia me consumía, la indignación era más fuerte que yo. Me paro, agarro con fuerza la lapicera que me habían dado y se la clavo en un ojo, mientras miles de imágenes se cruzaban por mi cabeza. Mi viejo muerto, tirada en el suelo, dos policías pegándome con los garrotes, los médicos limpiando la sangre del suelo, mi casa prendida fuego, mi vieja tirada en el suelo, yo saltando de milagro por la ventana, Boris, Nelson, Lasha, otra vez fuego, mi piel quemada cayéndose, mi viejo disfrutándolo, fuego, fuego UH! Otra vez me toca este loco. Cada vez que lo veo me corre un frío por la espalda. - ¿Porqué, quien es? Un tal Vincent. Un tipo medio raro. De chico sufrió mucho. El padre le pegaba, a él y a la madre. Ya desde chico demostraba signos de piromaniaco. Quemó dos perros en la chimenea. Vivía diciendo cosas sobre la sociedad, que la MASA lo quería agarrar, que todos eran estupidos. Está en el expediente. Se pasaba noches enteras durmiendo en una carpa en el patio. Creía que todos lo querían convertir en un estúpido y un dominado. Le pegó un tiro a un amigo, mató a palos a otro, violó a una amiga y quemó su casa con sus padres adentro. Tenía 17 años. Desde entonces está acá y no dice una palabra. Lo único que hace es escribir historias. Ahoratiene 37. Cuidate, porque con estos tipos nunca se sabe. Y los dos hombres, grandes como roperos, con delantales blancos, subieron las escaleras, hasta el tercer piso donde Vincent los esperaba, cruzando los oscuros pasillos del manicomio.