


| Escritor: | EITILEDA |
| Públicado: | 10/04/2008 |
Por favor llora, no rías nunca, pues reír es sano y por eso es en vano, llora, justifica el ya y reza por que tus lágrimas santifiquen cada uno de tus pasos.
El hielo era de suelo bajo mis pies de patines que en un vaivén que no vendrá me lograba tropezar en cada respiro. Intentando rascar el cabello rubio atado a mi cuello y techo, moría mi garganta gritando y gritando te amo. El magma escalaba mis piernas, rodillas, caderas, hasta el corazón que se parte en dos, sonando como el cristal de un vaso estrellado en el suelo. El chillido fue tal que abrió mis ojos.
Los rayos de sol ingresaban oblicuos entre las persianas de la ventana y las pestañas de mis ojos. El iris se comía de a poco las pupilas hasta que la mano se hizo visera apoyándose en mis cejas fruncidas.
Franco dormía aún en su cómoda cama a treinta centímetros de mí. El muy forro me dejó tirado sobre una colcha que pasadas nueve horas desde que me acosté ha logrado zigzaguear entre mis vértebras escurridizas. La espalda, una ese pidiendo auxilio o la droga suficiente para callar ese chiflido que rodaba sobre los nervios.
La garganta sangraba. En honor a la verdad, no creo que lo haga, aunque eso parecía hacer. Solicitaba algo urgente con que diluir tanto líquido rojo que pedía fluir sobre mi lengua, faringe y no quería saber nada con los pulmones, corazones o estómagos.
El equipo de música no ha parado de sonar desde anoche. Parece que estos locos no les preocupa pagar luz. Que hermosura volver a la consciencia con una Cantata de Puentes Amarillos acariciando los oídos.
Aunque me fuercen yo nunca voy a decir
que todo tiempo por pasado fue mejor
mañana es mejor
Aquellas sombras del camino azul
¿dónde están?
yo las comparo con cipreses que vi
sólo en sueños
y las muñecas tan sangrantes
están de llorar
y te amo tanto que no puedo
despertarme sin amar
Me levanto con toda la fuerza nula que uno tiene cuando se acaba despertar. Todo se vuelve negro. Me sostengo en la mesa a mi derecha. Un simple mareo, sangre que no llegó a tiempo a la cabeza. Sigo con mi indefectible camino hacia el agua.
Cae el hambre, poniendo mantel, pan, tazas, dulce de leche, manteca, té, limón. No hay azúcar. Nunca hay azúcar. Menos sin vos aquí. Gol de Macherano. Partido ya emitido el domingo. Nadie juega al fútbol a esta hora de la mañana.
Corro delirante hacia un teléfono que me recibe con un la y canta al compás de las teclas que mi digitación alcanza a presionar a alta velocidad sin enterarme jamás de los números que tocan a mis dedos índice, medio y anular.
Entre sonrisas charlaban tenuemente nuestras voces estereotipos pre-formulados e hipótesis de conversaciones dadaísta.
- ¿Qué significa que un tipo compre un auto blanco?
- ¿De qué hablas?
- Fijate que el ochenta por ciento de los autos que cruzan la avenida son blancos.
- ¿Siempre sos tan observador?
Y tus labios carnosos vibran y yo que digo ahora te digo, ahora es donde te beso y feliz para siempre, mejor ahora, no, ahora, y la idea fija gira y mis palabras transcurren inconscientemente de forma mecánica haciendo charla para hacer pista donde mi lance rodará rozando las rodillas sobre el asfalto, que no me animo, que ahí voy, que te moviste, que me encogí, puta, ¿porqué te moviste?, si no te hubieras movido te hubiera besado, pero cómo te voy a besar, tengo que hablar, decir que te quiero, que te amo, no, que te quiero, que te amo es peligroso, y el pelotudo sigue diciendo huevadas.
-Mirá el perro ahí tirado, ese que parece un siberiano, sin preocupaciones de lo que vendrá.
-No todos podemos ser perros.
-Pero si podemos ser gatos.
-Eso ya es otro tema.
¡Las ocho!, dale cagón hacé algo, en un par de horas juega Argentina, ¿cómo pensás en eso en esta situación?, perdón se me escapó, claro y nunca se te escapa un beso, qué te crees qué es fácil, que tan complicado puede ser, labio contra labio y nos vamos para otro lado, y después la cachetada te la bancas vos, mirá boludo, te está tomando de las manos, no puede ser tan puta, te está diciendo algo pero el chico está muy ocupado pensando en la selección, bueno ya te dije que se me escapó, tampoco me hiciste tan perfecto.
-No puede ser, otro auto blanco.
-No me había dado cuenta que eran tal mayoría.
-Creo que me voy a volver loco.
-Para volverse loco hay que estar cuerdo en primer lugar.
Ojala que juegue Sabiola, callate pelotudo, bueno perdón, aparte Tevez le da tres vuelta, claro y el loco soy yo bostero pecho frío, mirá ya guardó el libro, mala señal, parece que resultaste flor de caracol mi hijo, bueno, sabés que no funco bajo presión, decile algo que se nos va.
-¿En qué estás pensando? (tuc tuc)
-¿Qué?
-Te pregunté qué pensás. (tuc tuc)
-¿Por?
-Porque es más fácil que me lo digas a que lo averigüe. (tuc tuc)
-No sé, no me acuerdo.
-Claro, todas dicen lo mismo. (tuc tuc)
-Así que me comparás con cualquiera, ya vas a ver vos.
-Y, así es la vida. (tuc tuc)
-Así querés vos que sea la vida.
-Claro que sí, o no. (tuc tuc)
-No digas o no, qué significa, nada.
-Me saliste delicada eh. (tuc tuc)
-O no, que absurdo, es como es un viaje, no se vos pero yo la paso bien en los viajes.
-Pero es un viaje organizar un viaje. (tuc tuc)
-No se, yo hago la maletas en dos patadas, y si de seguro me olvido algo, allá fue.
La garganta sigue girando, los pulmones se achican y percuten al corazón con by pass que de pedo le alcanzan los glóbulos para el acelerado galope por el que corre, el estómago escupe ácido malgastando la panza que funciona de cortina de humo para las piernas que hormiguean después de tres horas en la cruz.
-Puta madre, son las once me tengo que ir yendo.
-La noche es joven.
-Pero yo lo soy más y en casa me cagan a pedo.
-Bueno te acompaño.
Les juro que fue un reflejo. No me di cuenta ni del cíclope de Cortazar. No pensé. Sólo fue un instante de acción, de bamboleo hacia tu posición y mis labios no te dieron opción de escapatoria. La intuición se hace soberana junto a un subconsciente que harto de tantas máscaras se revela brindando una felicidad que cientos de razones en fila india formando trenzas y quitándole los piojos al del frente podrían nunca establecer. Te ataqué fugaz y efímeramente, a pesar de durar los siglos que perduran en minutos de brasa. Mi lengua ágil perforó tus dientes indefensos que con la suerte echada no hicieron más que rendirse a las circunstancias. Los músculos linguales, los más fuertes de todo el cuerpo, salieron de la trinchera enfrentándose cuchilla con cuchilla. La mente en blanco como auto de calle dejaba entrever vagas líneas color púrpura que marchaban sin rumbo ni forma definida. Es una gran victoria sin derrota más que en los cercos del triunfo. La palabras de Aznar se agolpan en mi cabeza y cantan cuando estamos juntos ya no pregunto porqué luchar, todo asunto serios es menos que el misterio de tu mirar. No hay mañana ni once de la noche ni Venezuela ni semi final de copa américa ni guerrillas en Colombia ni tiranismo yanqui. No hay nada, ni siquiera hay nada, el devenir se concentra en papilas gustando papilas y pupilas viendo a través de los parpados cerrados, parpados que alfombran el tambaleo de mi conciencia entre cisnes fucsias, unicornios amarillos, dragones con seis cuernos y un duende riendo irónico al conocer todo lo fatal que puede ocurrir en una hora de segundos.
El asedio duró veintitrés minutos, taciturnos se separaban muy tenuemente los dos rostros. El caramelo de tus ojos brillaba en tonos pasteles, tus labios húmedos, secos y rojos no podían cerrarse del todo. Tu nariz fría, que fue fría desde el instante que la tocó mi nariz. La magia estaba hecha, las preocupaciones quedaron en un pretérito muy anterior. Entonces dijiste.
-Desaparecé de mi vista.
Estaba a un instante de sonreírte, pero la llamarada helada que proyectaban tus ojos empapaba de cemento todo mi rostro. ¡Puta!, ¡trola! y derivados. Todos ellos a la vez. Los párpados de bolsa retuvieron las lágrimas. Corrí, salí corriendo, atravesé todo el cemento y asfalto que ni mil hornallas lograrían contrarrestar su frialdad con la que rasguñaban mis pies y uñas. La garganta no pudo cicatrizar del todo y empezó a fluir su sangre por toda mi lengua, pómulo y cuello. Los edificios de arena caían tras de mi y metamorfoseándose en nylon permeabilizaba todo lo que pisé y todo lo que me formó. En mi carrera cruzo por un puente que me ve caer por su borda hacia el clavado en el río que empiezo a nadar. Nada mi cuerpo en las putrefactas aguas de ciudad, a contra corriente para alejarme lo más posible. No recuerdo el cansancio, lo que me permite continuar sin respiros. Mis ojos no soportan la presión y se dejan vencer por las lágrimas que diluyen al río que hoy será salado para intensificar mi dolor de garganta ensangrentada. Lentamente la lija de mis glándulas lagrimales van limpiando mi cuello, pómulo y lengua. Ingresa por mi boca y vuelve todo blanco. La triste va desapareciendo poco a poco, es más, nunca estuvo allí, mis lágrimas no son de tristeza, no lo comprendo muy bien, son un golpe, un estar allí, nadando en un río, que la putrefacción no es más que un cuento bonito que fuera de él estoy yo, estoy. Años de risas nunca se comparará con este mar de lágrimas, mi sed no eras vos, era yo, tenía sed de mi mismo.
Me detengo, veo a mi rededor. Nado hacia la orilla y cuando me voy acercando consigo divisar un auto blanco, un maldito auto blanco que en una curva no ve al perro que cruzaba la esquina para seguir en su carrera de ladridos y lo empuja por fuera de la calle dejándolo tirada en la vereda.
Corro, como hice en todo el día, hasta la posición del siberiano de ojos marrones. Todavía respira con normalidad, fue sólo un pequeño roce. Me abre sus parpados y brillantes muestran sus iris azules. Azules como la llama de un encendedor o el mar caribe. Toda la ternura del siglo se resumía en esas esféricas porciones de cielo. Un abrazo incalculable se estrechaba entre nosotros. Besos y rezos reventaban los cabellos claros de ese animal que mi sentido común no podía aceptar, puesto que su limpieza no correspondía con la corruptible calle en tinieblas.
Lo alce y empecé a caminar calle abajo para la parada del colectivo. En eso cruzo por un bar donde en un pequeño televisor se veía a la defensa de Mexico rechazar, a media hora del final del partido, el balón. Verón tomándolo de bolea en el medio de la cancha la tira al extremo izquierdo de la misma. Heinze toma la redonda, se la pasa a Cambiasso que se la devuelve luego de ser encimado por cuatro del tricolor. Es entonces donde el lateral del Manchester lanza un pelotazo dejándola veinte metros delante de la boca del área donde Tevez la para con el pecho y pateando a su derecha ve entrar el balón al área. Messi en soledad llega hasta él, y cuando es alcanzado por los zagueros mexicanos, besa con la zurda el blanco que empieza a rodar sobre el aire pasando dos metros por encima del arquero y descendiendo elegantemente por detrás del manotazo estéril de un Sanchez desesperado por evitar la magia del pendejo sinvergüenza.
Comienzo a estallar de risa. Grito y mi garganta se parte en dos. Grito como nunca recordé haber gritado antes. Un desconocido a mi diestra empieza a llorar y lo abrazo porque compartimos las mismas lágrimas. Todo el bar se desespera al unísono con una o que se escucha hasta el Venezuela.
Luego de tanta belleza junta, no podría soportar seguir el partido y continue en mí caminando a casa, con el siberiano de ojos azules entre los brazos.
-Hoy te llamaremos Dios, bella mirada de mar, y no te preocupes por nada mañana es mejor
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