Juego sarcástico
Se despertó sobresaltado deseando abrir los ojos y descubrir que todo había sido un sueño, la pesadilla más atroz imaginada.
La oscuridad aplastaba su entorno, los brazos abrazaban sus piernas que encogidas sobre el pecho parecían haberse fundidas durante la noche. Aquella noche había sido la más dura jamás vivida, apenas recordaba cómo había llegado a ese punto, cómo fue que cayó sin quererlo sobre aquella caja, y como ella podría haberlo olvidado allí. Siempre pensó que ella era asquerosamente cruel, ¿pero olvidarlo de esa manera? ¿dejarlo encerrado, solo, en medio de tanta oscuridad, he irse sin siquiera dar la vuelta? Jamàs. Nunca habría podido concebir tanto desprecio. Aún sentía sus manos sobre su cabeza, hundiéndolo, aplastando su cráneo hasta las profundidades de aquella caja.
Había comenzado como un juego, quizá el más riesgoso de todos los que año tras año habían plagado de locuras su relación. Más de una vez se habían quedado sobre la terraza del edificio, haciendo equilibrio sobre las barandas, jugando, empecinados en romper sus miedos, en atravesar los límites de sus cuerpos. Tardes y días enteros pasaron besándose, ay! Recordar esas tardes, el calor de su sexo, de su lengua siempre ardiente, de los juegos diabólicos, las cuchillas, el semen derramado, y ella, sonriente ante él, deseosa de poder, un poder que ahora era más palpable que en esas ocasiones, antes la dejaba ser, le hacía creer su dominio, acallaba cuando sus gritos enfurecidos querían someterlo, èl siempre le hacía creer su poder, su dulce y empalagosa manera de sentirse única. Pero esta noche los límites de su libertad se habían quebrado, no podía mover sus manos, sus piernas, escapar de allí. ¿Cuándo volverá a rescatarme? Maldita ramera ¿Cuándo volverás por mí?
Intentó cambiar de posición, pero era imposible, pasó las manos por su cabeza para así poder estirar los brazos, pero los límites de la caja le impedían el movimiento. El hambre crecía con un rugido estremecedor en su estómago. No distinguía las horas pasadas, los minutos agonizantes dentro de aquél lugar. Pegó como pudo su oreja al borde lateral de la caja, intentando oír lo que por fuera sucedía, pero un silencio estremecedor llenaba la habitación; tan sólo la gotera del baño caía una tras otra. Empezó a temer por su cordura, o lo que sería aún peor, temía por su vida. ¿Ella sería capaz de dejarlo morir allí? ¿Qué diría a la policía cuando exhiba mi cadáver? Maldita perra, no podés dejarme morir
Si consigo tener contacto con las cosas que pasan afuera no me volveré loco, ella no logrará que yo enloquezca, maldita, esta será la última humillación que viviré por tus juegos. La gotera seguía sonando, ploc, ploc, ploc.. Comenzó a contar, imaginando que cada gota era un segundo, así podía medir el tiempo y no desconectarse de su realidad. 1, 2, 3
.20, 21, 22
maldita, me las pagarás
36, 37, 38
por Dios, creo que me estoy volviendo loco. Cerró los ojos e intentó dormirse, imaginar que nada sucedía, pero no podía concentrarse, la rabia, el odio crecía en su cuerpo, parecía estallar dentro de aquél maldito lugar, desparramar su carne por la habitación. Otra vez volvió a contar 1, 2, 3, 4
y se quedó dormido.
Un ruido lo sobresaltó y abrió los ojos. Aún la oscuridad atravesaba el aire que bebía. Se quedó inmóvil, con la oreja sobre la fría caja y sintió los pasos de ella en el cuarto. Podía reconocer cada centímetro de su cuerpo sin mirarla, la sabía de memoria, su perfume impregnando todos los rincones por donde ella pasaba, sus pisadas con ritmo, sabía que era ella, que había llegado a buscarlo.
Iba y venía, como preparando algo, cada vez que se aproximaban hacia él su corazón latía con furia. No quería hablarle, quería que creyera su muerte, que se sienta culpable de haberlo dejado morir. La gotera a lo lejos sonaba y sonaba, ploc, ploc, mientras sus pasos en la madera no dejaban de andar. Por fin se acercó y rozó la caja con sus manos, tímidamente como acariciando su cuerpo, un frió lo estremeció por completo, comenzó a temblar sin poder controlarse, sentía que la caja se agitaba con su temblor, con las manos de ella, con la gotera que cantaba, con su corazón que latía desesperadamente.
Tomó los extremos de la caja y sacó la llave, abrió el candado que la mantenía cerrada, inviolable y tiró hacia arriba. La caja se abrió y él inmóvil, casi sin respirar se quedó esperando su reacción. Ella acarició su pelo con ternura, besó suavemente su cabeza y tocó su cuello con la punta de sus labios. Un fuego incontenible crecía en él, mezcla de pasión acribilladora y odio asesino. Quería levantarse, gritarle, humillarla ante él, tomar su cuello y estrangularlo hasta matarla.
Sus manos siguieron acariciando su cuello, su espalda encorvada, su pelo revuelto. Tomó entre sus manos su rostro y lo elevó hacia ella, quería que la mire cuando lo libere de su prisión, que vea en ella la salvación a su agonía.
Levantó su cara hacia ella y la luz cegó sus ojos, los cerró fuertemente mientras ella comenzó a besarlo apasionadamente, y él mansamente se dejó amar.
Eva