Sigo con mis cosas traicionando mi subconsciente alegremente. Y por fin le grito a la luna, -¡Nena blanca!- regálame un bostezo empolvado de alegrías galácticas,y estrellitas pintureras para hacer una sopa de letras con un caldo repleto de huesos de jamón y zanahoria.
Y así formar palabras con gustito de antigua cocina. Recetas de las abuelas hechas con la sabiduría que da la edad.
Y coger con la cuchara la pasta recién cocida, deleitarme con juegos de niños.
Formar la vía láctea en mi boca, y mientras paladeo el jugoso manjar cargado de tropezones. Recuerdo que podría ser también una ola del mar cazada científicamente, por los profesores de bata blanca que son mis dientes.
Y espiar su contenido repleto de estrellitas de mar.
-Por si tienen plancton y medusillas juguetonas-.
Recuerdo mi cuchara de la niñez. Era un avión de carga donde la sopa se metía en un depósito preparado para tal caso. El líquido se vertía en el contenedor para bajar luego lo introducido en el gran hangar.
Así entre juego y juego la comida se hacía más llevadera.
En ocasiones se me hacia la mítica bola de la doble cucharada, que mi madre me metía y no me daba tiempo de tragar.
Entonces las estrellas se abrazaban con sus hermanas de la cuchara primera y se pegaban como imanes de pasta de trigo. Suerte que un gran vaso de agua , era como una gran gota fría y se lleva todo lo que pilla por delante.
Otras veces la sopa era de letras mezcladas con pistones -decía mi madre,- Que eran unas piezas pequeñitas de pasta parecidas a balines de escopeta de feria .
-¿Será por eso el nombre?.-
Y entonces jugaba a inventar nombres de animales, de personas y buscar el mío, cada día lo mismo a la hora de la comida.
Con los guisantes, las judías, el pescado. -¡Jo!- Con este bicho era la pera. Le daba de comer la guarnición que mamá ponía en el plato, y también le apretaba los ojos con el tenedor para ver cómo eran de duros .
Y la carne eso si me hacia bola, -¡La gran bola extrema!- Así le llamaba yo. Donde una gran masa se iba acumulando y mezclada con trozos de pan, se iba formando la gran roca imposible de deslizarse por mi gaznate. -¡Pero amigo!-
Luego venían los postres, esos si eran los reyes de mis comidas. Con sus jugos repletos de vitaminas dulzonas y alegres. Y los lácteos esos yogures de sabrosos gustos y de colores vivos.
-¡Que casualidad!-
Se tenían que comer con cucharilla, mi gran aliada de metal. Todo niño que se precie tiene que tener una. Como esos guerreros que luchaban en las terribles guerras entre dragones y señores a caballo.
Ellos con sus pesadas espadas, yo con mi cucharilla mágica que se desplazaba solo con mis dos dedos. Regalándome pequeñas montañitas de cremoso yogur. Y por la tarde, aun recuerdo de niño ese placer goloso del pan con chocolate. Donde las onzas eran como carboncillo para dibujar y te pintaba los morros de marrón oscuro. También me ponían bocadillos de chorizo, de jamón, sobrasada y muchos más. -¡Jo!- Recuerdo que mi abuela me ponía rebanadas de pan remojadas en vino tinto, bien empapado y por encima una lluvia de azúcar para matar el gusto fuerte de la bebida. Al rato las siestas eran tranquilizadoras y profundas gracias a la receta........- Media cogorcia de embriaguez total-...
Qué tiempos aquellos, la niñez con sus fantasías me trae recuerdos tan mágicos.
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