Juego de Miradas


Eran las 21:43, (o algo así, porque mi reloj marcaba algo parecido a las 21:48 y aunque fuera conciente de que estaba adelantado, nunca quise modificarlo. Me agradaba eso de ver una hora y calcular que en realidad fuera otra. Aunque solo difiriera en unos pocos minutos) estaba en la misma parada de siempre esperando el mismo colectivo de siempre que me devolvía a mi casa. En realidad, me llevaba hacia otra parada, donde tomaba otra colectivo, el cual este sí, me llevaba hasta mi casa (podría ser más especifica y decir que me llevaba a unas cuadras de mi casa, pero el relato se volvería demasiado específico, sin necesidad de serlo). El colectivo llegó a los pocos minutos, subimos un conjunto de mujeres que tuvimos la suerte de que en el segundo lugar de la fila de pasajeros hubiera un jovencito de buena actitud que nos dejó pasar primero. Subí después de una chica de mi edad, que estaba llena de bolsos y bolsas, y me puse a pensar en lo incómodo que es viajar con cosas en la mano, y encima tan pesadas y molestas como las que llevaba esta mujer. Tan molestas para ella, que me estaban molestando a mi, porque seguía subiendo gente y ella seguía buscando el monedero para meter en la maquina los 75 centavos que hacían falta para tener su boleto que la llevaba a dos paradas más. Me enfurecí por un momento porque pensé que hubiese sido mas fácil que caminara esas 6 cuadras en vez de viajar tan incómoda ella, y yo también, o al menos hubiese buscado las monedas antes de subir al colectivo ya que como siempre tarda en pasar eso le hubiera dado el tiempo de hacerlo. Pero no, decidió viajar en colectivo, y buscar sus monedas una vez subida, sabiendo que tras de ella en un espacio ocupable por no más de 4 personas (que va desde la maquina saca boletos a la puerta del colectivo) estábamos acumuladas alrededor de 6 o 7, o algo así, no sé, tampoco las conté. Me empecé a sentir un poco egoísta, pero cuando estaba empezando a surgir la autocrítica la máquina expendió su boleto, y llegó mi turno de meter la ya preparada moneda de un peso, para sacar mi boleto de 80.
Era un de esos colectivo viejos, que tienen la puerta para descender atrás de todo, con asientos cómodos y todos al mismo nivel. Busqué algún asiento vacío pero me empezaron a doler más los pies al ver que no había lugar a la vista, así que decidí pararme junto a alguno y esperar a tener la suerte de que quien lo ocupe se levante pronto. Como siempre que tiro a la suerte mi descanso en el colectivo, me pare al lado de los asientos de a dos, porque en vez de una, son dos las posibilidades de que se levante alguno y de que yo aproveche el fin de su recorrido para pasar más cómodo el mío. Pero por el momento, y por la cantidad de gente que estaba en la misma circunstancia que yo, dudé que tuviera esa suerte. Así que me paré donde pude.
En el asiento que estaba delante mío un señor mayor estaba sentando mitad dentro y mitad fuera del asiento, con una pierna muy molestamente colocada del lado del pasillo, impidiendo que pueda acomodar las mías de manera tal que una frenada violenta (tan amadas y buscadas por los chóferes) no me de un sacudón. Hasta aquí, el viaje era un insoportable trayecto ineludible.
Busqué con la mirada la ventanilla, para depositar en el correr de las calles, mi ya cansado pensamiento y me topé con el viajante que al lado de este viejo, mantenía sus ojos fijos en mí. Le sostuve la mirada un instante, y dio vuelta la suya.  Siempre me gustó realizar ese juego de cruce de miradas con las personas desconocidas que nos encontramos en el día. Yo también di vuelta la mirada, y encontrando la ventanilla, empecé a mirar las paredes y casas que ya conocía de memoria. Leí los graffiti, los carteles de negocios, las publicidades, que tantas veces leí, y que siempre releo en un vistazo. Cada tanto volvía al juego y miraba al muchacho, para encontrarme que ya me estaba mirando, o viceversa. Empezó a entretenerme el viaje.
Seguía subiendo gente, y poca era la que descendía, por lo que el colectivo se llenó. La gente apretujada, y yo ya estaba molesta. Aunque no por la gente que me tiraba para un lado y para otro cada vez que quería pasar a buscar un lugar (que no existía, y era evidente con echar un vistazo al resto del colectivo), sino porque comenzó a ponerme nerviosa ese juego de miradas, que desde hacía unos minutos estaba perdiendo. Conjeturaba en mis pensamientos: ¿por qué esta debilidad que tengo? ¿Por qué no puedo sostenerle la mirada? Claro, es su mirada… esa mirada es insolente. Me miraba como faltándome el respeto, desde abajo, porque estaba sentado, y encima para mirarme tenía que voltear la cara, encima eso, me sostenía la mirada, de costado. Yo mirándolo de arriba, no podía sostenérsela. ¡Qué cobarde! ¡Qué floja! ¡Qué…! ¡Basta! Me estás haciendo enojar. De repente en mis pensamientos, tomé cierta confianza muy extraña con el pasajero. Desee que el viejo metiera sus dos piernas en el pasillo y se bajara del colectivo, entonces no dudaría en sentarme al lado y quedaríamos a la misma altura. Luego pensé que se haría muy incómodo el juego desde tan cerca. Así que preferí dejar de jugar por si eso pasaba y anclé mi miraba en la pared. El colectivo estaba parado, porque seguía subiendo gente (pero también desciendo). “Siempre vas a ser lo mejor”, ese graffiti lo he leído tantísimas veces, pero siempre genera cosas distintas. Ese día estaba de fondo, al perfil de este personaje que también había dejado de jugar, y miraba pensativo hacia el otro lado del cristal. Miré el graffiti con la picardía de saber que antes de la pared estaba su boca… y también la miré. ¿Por qué no juega más? ¿Será que yo sola estaba jugando? ¿Por qué no me mira? ¿Por qué mira la calle?... ¿en qué estás pensando?… ¿estará de novio? ¡Qué me importa! Y como un soplo de viento su mirada se clavó en la mía, que incómoda porque no me había percatado de que lo estaba mirando, se escapó al instante hacia el asiento de adelante que se estaba desocupando. Pensé que si aprovechaba sentarme, que después de todo era lo que estaba deseando desde que subí, dejaría finalmente el juego. Ni siquiera podría ver cuando él descendiera. Así que pensé en que quizás el viejo se levantaría pronto y me cedería el lugar, y valía la pena esperar a la suerte. Además todavía había suficientes aspirantes al puesto, no iba a sentirme incómoda, quedaba bastante gente parada aún. El asiento vacío se ocupó rápido. Cuando volví la mirada hacia él (¿es que acaso tendrá algún tipo de inmanencia que hace terminar siempre el recorrido de mis ojos en los suyos?) él estaba mirándome, y yo miré a la ventana. Ya era muy obvio el juego, pero había cambiado, no era a ver quien sostenía más la mirada sino a ver para dónde yo disparaba la mía. Él, ahora conciente de esta aventura lúdica, se mostraba apasionado por taparme todas las puertas hacia donde pudiera huir. Así que en el momento que corrí la cara para el costado, el realizó un ademán y adelantó su cuerpo para verme a los ojos que se le habían escapado. Pude sentir como mis mejillas se ruborizaban al instante, y bajando la mirada, largué un suspiro de molestia con toda la intención de que comprendiera que el juego me había dejado de divertir, que estaba demasiado nerviosa, y que creía una impertinencia lo que estaba haciendo. Pero pareció haberle gustado ese nuevo personaje de instigador.
Se me hace difícil explicar la profundidad de la mirada, como cuando un niño ve algo nuevo y lo mira fijamente, por todos sus recovecos, para descubrirlo. Por más nerviosa que me ponía, no podía sin embargo, dejar de mirarlo, de querer que corriera la mirada de mis ojos para poder mirarlo sin ataduras, y mirar su perfil. Recorrí su rostro con mis pupilas, y hasta podría decir que con el deseo también. Temí seriamente que alguien tuviera la capacidad de leer mis pensamientos, no me atrevería a seguir en ese colectivo si alguien los escuchara.
Empecé a desear que se bajara conmigo, y al mismo tiempo recordé mi fatídica suerte. Seguramente descendería antes. Casi sin pensarlo, desee que me siguiera, locamente, que aguardara a mi parada para descender conmigo, aunque seguramente me haría sentir más incómoda. Imaginé una loca historia de amor comenzada en un colectivo: “…él eclipsado por el juego de miradas, decidió seguirla. Se conocieron y se amaron”. Pero eso no iba a pasar. De todas las veces que desee que algo similar pasara, nunca sucedió, y esta circunstancia no daba ninguna característica diferente como para que hoy funcionara la fortuna. Pero, realmente lo deseaba.
A pesar de eso, los cálculos fueron correctos. Él empezó a levantarse lentamente. Yo miraba sus piernas como de a poco lo iban movilizando hasta mí (porque para bajar tenia que pasar por al lado mío). Sólo esperaba que se animara a rozarme, con eso bastaba. ¡Mentira! No bastaba, pero valía la pena el vacío posterior si al menos pudiera rozarlo. Se levantó, pidió permiso al viejo para pasar, y sin apartar sus ojos de mi se acercó. Al estar lleno de gente el colectivo se hizo más fácil el acercamiento. Fue un instante de coalición perfecto, fugaz, pero inolvidable; una vez cerca mío, me animé a mirarlo a los ojos, y nos declaramos amor en silencio, no bastaba más que el final (como en toda relación). Así que perdí el juego, bajé la mirada, rozó mi espalda con exquisita delicadeza, y se fue hasta la parte trasera para descender escurriéndose entre la gente. Yo me senté en su mismo lugar y pegada a la ventanilla esperaba verlo bajar. Después de dos paradas, finalmente bajó y lo vi irse caminando rápido. Me pregunté por qué habría tardado tanto en descender, estaba deseosa de verlo.
Sentí pena porque se había terminado esta historia tan fortuita, y como en un desliz de ilusión, pensé que quizás, él también estaba esperando que me bajara y lo siguiera, locamente, y comenzáramos una increíble historia. Pero tal vez, su suerte era tan mala como la mía, y nosotros, dos cobardes.
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Comentarios:

Escrito por: arturo       30/01/08 17:26
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Es un relato fascinante, donde la cotidianidad y el entranpamiento del amor a primera vista convergen en este relato estupendo, ademas escrito con la sutileza y claridad de un arroyo de agua fresca. felicidades, amiga.
Escrito por: betob       28/01/08 18:04
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Las últimas dos palabras, convergen en un abismo. Extraños, unidos por la casualidad.

Un gusto para el lector.

betob
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