J Laurencio Dorin, no tiene existencia tangible. Vive en una casa de los alrededores de la ciudad y de vez en cuando se asoma al balcón para ver transcurrir el día y las vicisitudes humanas. No obstante, él no puede ser visto.
Esto no sería un asunto de trascendencia, si no fuera por la compañía de su mujer, que no logra percibir su presencia inmaterial.
Todas las mañanas al despuntar el día se levanta de la cama y mira a su compañera dormir serenamente, hecha un ovillo, mientras sus manos traslúcidas y sin sustancia intentan acariciarla.
A veces, repara en un rizo de sus cabellos sobre la almohada donde ha estado en reposo su cabeza. Lo toma con delicadeza y lo coloca con vaporoso movimiento, contaminado con el nerviosismo de despertarla.
Ha muerto hace tiempo y se niega, sin embargo, a reconocer que es un fantasma, una sombra difusa entre muebles y paredes, triste figura de viento y polvo de átomos que lentamente se dispersan tras el lienzo de la luz.
De vez en cuando, la mujer percibe un leve roce sobre sus manos o un suspiro cerca de sus oídos o su cuello, pero no le da importancia porque se sabe sola y sin compañía, agobiada por asuntos domésticos y por la desolación de la labor consuetudinaria.
Cuándo fue la última vez que estuvimos juntos. Se ha preguntado mientras el sonido de los vehículos le llega desde la calle. Tal vez no tenga importancia un contacto, si existe un vínculo indisoluble, si todavía existen los sentimientos, se contesta.
Dorin ha vivido la mayor parte de su vida y de su muerte, con un virtuosismo ascético. Se alimenta con cierta certidumbre de alcanzar el apogeo de su evolución, mientras todo en su ignota dimensión parece tener apariencia de desolado cubil de sombras. Nunca se ha imaginado ocupando otro emplazamiento, al menos desde su desaparición física, su mayor preocupación es el golpeteo de una rama contra la ventana cerrada. Tal vez, dice, la única forma de dormir sea sentarse a esperar la luna antes de la oscuridad total de la noche.
¿Dónde, piensa, estarán sus amigos? El día de los rituales y las exequias, algunos se mantuvieron a una prudente distancia del agujero por donde descenderían sus despojos, ataviados con nebulosas vestimentas, como si estuvieran preparados para asistir a una gala. Tal vez J. Laurencio Dorin sería recibido por un cúmulo gaseoso y sus órganos receptivos, inpensables en tal estado, percibirían apenas aureolas amarillas, nimbos azules en torno a una dimensión en parentela con la nada y el vacío.
Dorin se mantiene cerca de su mujer y de su casa. Es como si quien fuera su pareja, hubiera dejado a un lado todas sus obligaciones para dedicarle la eternidad a su mirada ausente. Si ella estaba en su oficina, Laurencio la veía en su habitación, si estaba en la calle, había un familiar ambiente de contigüidad, de cercanía.
Tiene deseos de comunicarse, de decir que continúa en contacto con el mundo de las cosas, que puede ver a todos en sus asuntos habituales, con sus cambios de humor y sus rutinas, pero las voces de los muertos son tan sólo como el crujir de una hoja que vuela entre las rachas de viento o como la evaporación de una gota de lluvia sobre un peñasco tendido bajo un sol canicular. Si alguien pudiera escuchar esa voz, no entendería sus acentos, sus inflexiones ni sus sílabas, mucho menos sus significados.
Por supuesto que ha intentado establecer una fórmula capaz de permitirle un acercamiento, sin embargo, apenas roza una cortina o los capullos de las flores en los jarrones, su viuda cambia la decoración y la posición de los objetos de la casa. El viento mueve las cortinas y desordena las rosas, dice mientras piensa en el dinero dispuesto para las reparaciones del sistema de drenaje.
Muchas veces, los diarios, usualmente colocados en la terraza aparecen de pronto entre los arbustos o sobre los maceteros o sobre el alero. Las astillas de los vasos rotos de imprevisto son encontradas por la mujer en el fondo del recipiente de los desperdicios, el televisor se enciende en el canal de los deportes y en el cenicero reposan sacrílegos residuos de mondadientes.
Un día escogió el momento en que la aurora derramaba sus matices naranja y púrpura sobre la tierra mojada por la lluvia. El silencio imperaba a esa hora. Su amada dormía. Dorin ya no tenía idea de fechas ni de horarios. Se acercó flotando sobre una racha de luz que se filtraba entre las cortinas. Sus manos eran de gasa, sus ojos eran eternidad de crepúsculos, sus labios eran fríos ámbitos.
Se detuvo frente al lecho y la vio sumergida en el océano secreto de sus sueños. De pronto, sin que se pudiera determinar cómo, apareció debajo de las sábanas una mano, en cuyo dedo anular había un aro, al parecer de oro macizo y luego un perfil duro, enmarcado por una gruesa capa de cabellos y la ondulación de unos bigotes. La mujer estaba de espaldas, pero cuando sintió el aliento en su cuello, se dio la vuelta, mientras terminaba de surgir de entre los oleajes de la tela de seda un rostro que depositaba sobre sus mejillas un beso.
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