El vuelo silente de la piedra se estrelló en añicos transparentes enervando el ánimo, disparando energías ocultas, despertando la cólera contenida, avisando de lo previsto, de lo temido, de lo necesario. Alaridos de guerra tronando cuerpos que avanzan la voluntad, lanzando la sangre a borbotones desesperados, incontenibles de golpes. No hay barreras (no duran, no sirven), no hay límites, no hay cauces. Ni la voluntad de Dios podría contener. Ni todo el poder humano tendría medios. No los hay. No existen. Cabalgando sobre monstruosos corceles negros. Ciegos ante la palabra, sordos ante la ley, indómitos, desbocados, acallando el silencio, arrasando montañas de historia, derrocando lo cotidiano (la falsa normalidad) hasta llegar al abobinable asesino ya indefenso, ya rendido, ya acurrucado ante la muerte, mirándola aterrado, temiéndola sumiso, expiando su culpa en el último segundo ante lo seco. Cuerpo saco sangrante, saco de huesos rotos, trapo de piel exhalante, calladamente herido, mudo del mayor dolor, recibiendo mártir su expiación del pecado. Él la mató tiene que morir. La masa quiere el final lento. Grotescas caras deformes colaboran en orden, uno a uno, con la seguridad compartida, con la firmeza de la ira, con el triunfo sagrado de la ancestral norma, la que todos saben de siempre. Trozos inmóviles se quedan solos después de la ansiada calma. Tristes restos humanos de la desigual batalla. Ira contra culpa informe. Ley sangre. Inquieta paz. Víctima sacrificada para el sosiego final. Calmar la ira. Era necesario.
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