INVIERNO TRAS INVIERNO

                                              

                                                                                    A Lili, que me pidió
                                                                                    que contara su historia

 

 


Tenía diez años de edad cuando su tía le regalo una perrita color negro de patas cortas, que apenas había cumplido dos meses desde que la mamá la parió. Hace tiempo que deseaba una mascota, y esta se le dio como regalo del cielo. Su padre, cumplió con su trabajo; renegó, cuestionó y condicionó la permanencia del animal en la casa. Se había negado rotundamente a un gato, pero esta especie le pareció una mejor opción.

 

La “negra”, así la llamó, paso a ser su compañera de juegos después de la escuela, se sentaba a sus pies mientras hacía la tarea y la acompañaba a todos lados. Se convirtió en la ama de llaves de su casa de muñecas y por las tardes aprendió a nadar en el (1)estero que estaba junto al (2)tendal. Comenzó bien, sería una buena perrita.

 

De vez en cuando la subía a su cama, cuando sus padres no estaban, se acostaban juntas , Teresita rascándole la panza, y la negra lamiéndole las mejillas. Contándose secretos, consolándose las penas, a la hora de la merienda la negra se ocultaba bajo la mesa y se comía la porción de hígado que su mamá le daba. Su madre siempre supo que quien disfrutaba del hígado era la negra no Teresita.

 

A Teresita y a la negra le gustaban las flores; a Teresita porque desde que nació siempre estuvo rodeada de ellas, y a la negra, porque entre las flores encontraba mariposas que seguía dando ladridos y brincos que no llegaban más allá de la cintura.


El sol se oculto y salió muchas veces por las tardes en la finca desde que la negra llego a la casa; el amor entre ambas se volvió sólido, un amor que no necesitaba palabras. El invierno de ese año fue mas largo que otros, su papá estaba feliz, hasta se olvido de las cagadas de la negra en la (3)galería y las visitas a la cama de Teresita. La cosecha de arroz fue buena y Teresita compartía la tarea diaria de cuidar que las gallinas no se comieran el arroz mientras se secaba en el tendal. Debía secarse de la humedad que la lluvia había dejado en cada grano. La negra, aprendió a espantar a las gallinas solo con la orden de su dueña; ladraba y las correteaba, mientras que ella con los pies descalzos hacía surcos en el arroz aún con cáscara, para removerlo y secarlo al sol. Cuando no había arroz secándose en el tendal, patinaba, andaba en bicicleta o jugaba pelota. La negra la miraba, y también jugaba.

 

Para Teresita los días nunca fueron iguales; siempre hubo algo que hacer aprender o tal vez enseñar, y siempre algo nuevo que descubrir, siempre. Cuando su hermano menor empezó a ir a la escuela, ella lo acompañaba por un camino largo que pasaba por una bananera llena de zanjas, por donde la negra no podía cruzar por sus patas cortas, tomaba a su hermano de la mano y a la negra en los brazos y de un brinco pasaba por las zanjas. En ocasiones sus primas la acompañaban recogiendo por el camino flores, y mangos maduros que perfumaban el camino. Un tío les construyó un carrito hecho con un tablón de madera que colgaba del cable por donde se transportan los racimos de banano, ahí se subía con sus primas, y la negra con la lengua afuera en los brazos de su dueña, disfrutaba del viaje hasta que algún perro le salía al paso y le coqueteaba desde el carrito de madera.

 

Asomada en la ventana, dibujaba los pensamientos en el aire, mirando el espacio con atención de principiante, viendo venir un enjambre de (4)chapuletes que volaban bajo en dirección del viento, escapando de la lluvia que se acercaba en el horizonte de árboles, haciendo sonar las hojas como soldados marchando, avanzando en dirección a la casa. Los relámpagos y truenos iluminaban la tarde que caía, asustando a la negra que se refugiaba bajo la cama. Teresita veía como las gotas mojaban el tendal y golpeaban el techo de (5)zinc, con tanta fuerza que no se podía escuchar nada dentro de la casa. A la mañana siguiente, los árboles la hierba y las flores del jardín, amanecían con un verde que solo la lluvia dejaba, y un concierto de ranas tenía su fiesta primera, festejando los nuevos charcos para nadar mientras croaban por cientos.

        

Teresita y la negra crecían como el arroz; invierno tras invierno. A la negra le llego la hora de la luna plateada brillante en el cielo de los perros, y Teresita le consiguió un novio peludo de nariz y patas color café; se llamaba “cafú”. Tenía un caminar aburguesado y con clase, muy guapo el perro. Fue amor a primera vista. Los encerró dos días en la bodega de arroz con comida y agua. Después de dos mes y medio nació la única cría de la negra. Heredó de su madre el gusto por las mariposas, y de su padre la clase y lo aburguesado. La negra ya no jugaba como antes, debes en cuando recordaba los juegos que juntas inventaron, pero nada mas. Lo que nunca dejaron de compartir fueron las reuniones secretas en la cama, para contarse las penas la una a la otra, con ese amor de acero. Teresita rascándole la oreja peluda y la negra lamiéndole las mejillas.

 

Teresita crecía; una mañana encontró una mancha en la sabana de la que ya le había hablado su mamá y que la acompañaría parte de su vida. La primera en enterarse fue la negra, aquel día bajo las sabanas ella le lamió una lágrima. Sus primas con ella también crecían, y Teresita ya no jugaba a cazar mariposas con la negra, ni patinaba en las tardes en el tendal, ni jugaba pelota, y ya no se bañaban siempre en el estero. Los patines fueron dando paso al maquillaje y jeans a la cadera, las conversaciones secretas con sus primas envolvían el ambiente de carmín y perfume de rosas recién cortadas. Los chicos del colegió les parecían mas guapos que cuando estaban en la escuela. La negra formó parte del grupo, escuchando con atención y vigilando que nadie viniera.
 

Antes de que su mama viajara a España, Teresita, sus primas y su abuela, adornaron el tendal con flores y papel crepe de color rosado; serpentinas enroscadas y globos que decían “Bienvenidos a mis quince”. Las sillas acomodadas alrededor de una gran mesa con bocaditos de dulce y sal, y una gran torta que su tía le hizo. Un amigo del colegio fue el disk Jockey, y otro, su caballero, sus amigas fueron sus damas de honor. Cuando sopló las velas le hicieron morder la torta. La negra la miraba y la seguía desde abajo, en medio del bosque de piernas que esa noche bailaban bajo las estrellas. Fueron sus quince; el día más feliz de su vida. Y la negra, ahí, con ella.


Terminado los quince, la adolescencia le cayo como una maldición; su madre emigro a España por los motivos que todos lo hacen, se quedo a cargo de su casa y de sus hermanos antes de terminar el colegio. El tendal seguía recibiendo año a año las cosechas que su padre recogía. Teresita se hizo responsable a punta de golpes que tenía que compartir con sus obligaciones de estudiante. Muchas noches lloró junto a la negra, que era la única que entendía que detrás de ese rostro de niña fuerte y responsable que ponía cada cosa en su lugar, estaba la imagen de una niña frágil que lloraba como si le hubieran quitado su muñeca favorita, en silencio, cuando nadie la veía. Solo la negra le lamía las lágrimas y el corazón, y entendía que ella lloraba porque la necesidad le había arrancado a su madre. Su novio le rompió el corazón por primera vez. Y su padre no le dejaba ir a los bailes del colegio.

 

Pasaron dos navidades sin su madre, y la negra entrada ya en años perrunos, caminaba más despacio. Conoció a otro perro no tan aburguesado ni con tanta clase como el primero. Este era joven, arrancador y vivaracho, al que le gustaban las perritas maduras con experiencia. Le llevó un hueso de chancho como regalo, pero la negra lo ignoro, no podía olvidar su primer amor; cafú, y lo despacho con un mordisco en la trompa. Ese año Teresita termino el colegio con el honor de cargar la bandera en los desfiles, y una medalla de oro por ser la mejor bachiller.

 

Trabajo como profesora en su colegio dando clases de contabilidad, y luego en un jardín de infantes. La negra por fin y después de tantos huesos de chancho y uno que otro de pollo, acepto a su nuevo pretendiente, y fueron a procrear a la bodega de arroz, ahí, en donde le entrego por primera vez su amor a cafú -el aburguesado- . La negra se dejo querer, dispuesta puso el rabo de lado, y ya no le mordió el hocico. Después de dos meses y medio Teresita la asistió en el parto: Echada en una caja de cartón, el cachorro aún si nacer se le atravesó, y la negra sin parir murió. Murió viendo a Teresita, y recordando cuando jugaban cerca del árbol que tenia unas flores de tres hojas en forma de hélice, que con el viento de la tarde se desprendían y caían dando vueltas como si fueran “helicópteros”, eran cientos las que caían, Teresita alzaba las manos para cogerlas y la negra ladraba y saltaba, y daban vueltas y vueltas, eran felices.

 

A la mañana siguiente la devolvió a la tierra, envuelta en una sabana junto a su cachorro, y la enterró cerca del árbol de helicópteros.

 

  

Su madre regreso; Las cosas no salieron tan bien, a pesar del trabajo los euros y el cambio de vida, el corazón derramaba lágrimas amargas de nostalgia. Llego una mañana con sol, y al día siguiente, le tomó la posta a Teresita en la vida y las responsabilidades cotidianas de la finca.


Diecinueve cosechas recogió su padre cuando Teresita decidió marcharse; un poco de ropa en una mochila, unos dólares para el pasaje de ida y el corazón lleno de sueños y lágrimas. Fue a estudiar y trabajar en una ciudad cerca del mar. Debes en cuando regresa a su casa, con los ojos brillosos de amor. Y si busca bien, por ahí le parece ver a la negra desde el árbol de los helicópteros, con la lengua afuera, cazando mariposas, ladrando y corriendo con ganas de meterse debajo de las sabanas con ella, a lamerle las lágrimas y el corazón. 

 

 

*Términos utilizados en el campo de la costa ecuatoriana. Independientemente de lo que diga el diccionario de la R.A.E

(1) Estero: Riachuelo que se llena con la lluvia en el invierno, se llena de peses y caracoles.

(2) Tendal: Superficie grande, plana de cemento, de forma rectangular – como una cancha de basket- donde se riegan los granos para que se sequen (arroz, cacao, café, etc.)

(3) Galería: Nombre con el que se conoce – dependiendo de la región- a una especie de balcón que se construye típicamente frente a las casas de campo en la costa ecuatoriana.

(4) Chapuletes: Nombre con el que se le conoce a las libélulas.

(5) Zinc (techo): Son planchas de más o menos unos cuatro metros de largo por uno de ancho, con los que se cubre el techo de las casas. Son hechas de Zinc.

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Comentarios:

Escrito por: Silvy       13/02/08 22:59
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Uf! conmovedora hasta las lágrimas.
Escribís de manera ágil y muy sentida.

Besito
Escrito por: Oscarhugo       30/11/07 04:35
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Comprendo el sentimiento de Teresita, más allá de la muerte de la Negra.Hace poco lloramos la muerte de Dick, un enorme perro que se imponía por presencia, pero educado y sociable como ninguno; nunca amenazó a persona alguna, excepto a delincuentes que trataron de robar; aprendió con rapidez trucos y se hizo amar hasta por los vecinos. Aún siento su poderoso ladrido, avisando que alguien llegaba. Entiendo ese amor a la mascota, compañera durante toda su vida. Hermoso trabajo, donde la ternura y el amor son los personajes centrales.
Escrito por: kaylita       30/11/07 03:37
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Una narración excelente, muy bien por los términos soy de México y cambian las palabras.
Cuanto sentimiento, el amor hacia los animales es de disfrutarse.
Te sigo leyendo…
Escrito por: Buenlector       29/11/07 22:35
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Que buen relato, le das a tu relato un toque nostalgia y recorres laberintos de nuestra mente donde tenemos almacenados recuerdos de nuestras mascotas, con un gran toque de realidad y humanidad, un gusto leerte Pajarote. Saludos
Escrito por: Rina       29/11/07 21:39
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Ay amigo, una historia realmente hermosa, me sacaste unas lagrimas...Bella la forma en la que describes esa amistad que perdura y madura...cuanto amor sintieron esas dos amigas...la niña que crece y ve a su mascota con otros ojos...
Un placer leerte
Besos
Escrito por: ricardo48       29/11/07 19:55
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Esta historia ha cobrado en tu pluma una calidez que la hace hermosa, llega al corazón sin prisa pero sin pausa. Lograste conmoverme por la ternura que logras transmitir. Un abrazo
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