En el minúsculo circulo que había trazado para sobrevivir. En el oscuro agujero en que la desconfianza y el miedo lo habían atrincherado, su corazón latía, su alma gritaba por salvación.
Desde que Marción le arrebatara la cancillería, Caleb veía en cada secretaria, mesera o mensajero, un potencial sicario, un verdugo asalariado por la cutre mano del Oriental. Sabia que aquel desvarío del Presidente, aquella decisión locuaz en medio de los delirios que el cáncer pulmonar le causaba, era tan solo un anticipo de lo que le esperaba luego de la muerte de este.
- Debes cuidar del Circulo, Caleb- le decía con una frecuencia desesperante- el poder corrompe y desvirtúa los grandes propósitos; y el tuyo es uno grande, universal. Marción sabe llevarse mejor con la gente, moverse entre los lobos. Tu, cuida de él.
Quedaban solo tres de los quince hombres que juraron defender
Luego del suicidio de Pío, Montenegro pidió a Marción y a Caleb mudarse a Palacio. Pensaba quizá, que su autoridad, casi paterna, los protegería. Aquella noche, Caleb en su oficina garabateaba círculos en un papel mientras pensaba en Maribel y Claudio, sus hijos; internados en un institutos británico, y custodiados por una veintena de guardaespaldas. De vez en vez, era interrumpido en sus meditaciones por la terrible tos de Montenegro, seguida de susurros funestos de médicos y enfermeras.
- Todo esta perdido, Susana- hablaba para sí, mientras dibujaba- mas temprano que tarde Montenegro morirá, y de seguro el infeliz del oriental se hará con
Caleb dejando el lápiz, tomó el periódico que sobre el escritorio dejaba ver su inmenso titular: COMUNIDAD INTERNACIONAL DEBE INTERVENIR EN VENEZUELA. Unión Europea y Estados Unidos rompen relaciones con el país.
- Una administración con dieciséis años en el poder, es demasiado sospechosa para considerarla democrática- susurró- Y mas aun, si la denuncian de masacrar jóvenes y campesinos.
De pronto, una explosiva tos seguida de guturales ruidos de nauseas, estremecieron el Palacio. Luego, toscos sonidos de tacones, corriendo en el piso de mármol.
Caleb suspiró con pesadez.
- Ahora vomitas los gritos de aquellos inocentes, Montenegro; y su sangre bañará todas nuestras cabezas- inclinándose sobre el escritorio continuo llorando- Todo está perdido. Todo.
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